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John Charlestein

Obsolescencia Programada

Había pasado tanto tiempo buscándolo y por fin lo encontró. No podía contener su emoción por lo salió corriendo de ahí lo más rápido posible. Sin duda era un descubrimiento ideal para su investigación. 

Cuando llegó a su laboratorio lo examinó con mucho cuidado. Sus frágiles manos parecían batallar con la indumentaria, pero estaba seguro de que era lo mejor. No quería echarlo a perder o lastimarlo. Paso horas intentando descifrar la manera de encenderlo. Había registros nulos de esta tecnología tan antigua y lo que se sabía era por tradición oral, la cual se fue perdiendo al descubrir que no había muchos celulares útiles. 

Ahora en sus manos tenía el espécimen más completo. Lo había guardado con completo recelo. No permitiría que algún otro científico u organización se hiciera de esta tecnología que podría ser tan beneficiosa, como perjudicial. 

Tras mucho analizarlo, por fin logró hacerlo encender. Una extraña combinación de ruidos raros y muy poco audibles salian de aquel aparato y de la impresión lo dejo caer. En el suelo, comenzó a vibrar y en cada agitación producía un sonido muy particular. Lo levantó y observó detenidamente. En un instante, casi de manera intuitiva paso su suave mano por la pantalla y el diseño colorido paso a verse un paisaje. 

Ese lugar de la imagen era muy familiar para sus ojos. Claro. Ahora estaba en completas ruinas y lleno de maleza y animales, pero era el mismo lugar. Incluso las nubes eran distintas. Se veían con vida. Por su cabeza pasaron las ideas de que no solo cambio el humano, sino el planeta y no para bien. 

Pasó sus dedos nuevamente y un sistema de comunicación desconocido se desplegaba sobre la imagen. Paso la mano completa y vio que cada símbolo que tocaba se representaba en la pantalla. Una sonrisa se dibujó en su cara y comenzó a jugar con el viejo aparato. Pasando los dedos por aquí y por allá, descubriendo nuevas formas, nuevos símbolos y nuevos sonidos. 

El entusiasmo no cabía en su mente. Pensó en todos los problemas que podrían resolverse en la actualidad. Por fin habría registros, sistemas avanzados de comunicación y complejos sistemas de intercambio, como los de hacen muchas generaciones, pero se estaba adelantando. Primero debía descubrir cómo funcionaba. 

A la mañana siguiente, tomó el celular y paso su dedo suavemente, pero algo había cambiado. Ahora el sistema tenía una línea roja y, con débiles sonidos molestos, timbraba cada cierto tiempo.  

Intentó por todos los medios callarlo y descubrir cuál era el problema. Paso su mano por cada icono una y otra vez, pero el sonido no se detenía, incluso la brillante placa donde se desplegaba toda esa información perdió luminosidad. Cuando por fin se rindió, dos pitidos más terminaron por extinguir la luz, mientras un críptico mensaje con un triángulo amarillo se veía apenas en el vidrio. 

Sin entender que pasaba y porque aquello que hizo de dejar presionados los botones, no surtía efecto, se dio cuenta de que era hora de pedir ayuda. Tomo su alforja y viajó hacia donde se reunían los grandes investigadores de ese tiempo. Su laboratorio, aunque humilde, estaba muy bien equipado, pero ser social no era una de sus virtudes. 

No confiaba en ninguno en especial, pero sabía que por lo menos un alma bondadosa y culta, podría orientarle para descubrir el origen de la falla que le impedía continuar su investigación. 

Tras deliberar a quien debería presentarle su hallazgo, optó por el más anciano, por ende, el más sabio y respetable. Se acercó cordialmente y después lo sacó de la sala principal de manera discreta para no levantar sospechas. Eso fue fácil pues entre tantos problemas que debían de resolverse, debía pasar algo grande para capturar mucha atención. 

Aquel sabio no lograba entender cuál era la urgencia, sin embargo, su asombro le dio la respuesta. Tras analizarlo largamente, el anciano deliberó que el dispositivo estaba en óptimas condiciones y que era mejor y más valioso de los fragmentos que se habían encontrado en los últimos 300 años; obligadamente preguntó dónde lo había encontrado y si había más, pero las respuestas fueron negativas. Revelar esta información, podría desencadenar que la zona fuera explotada y los locales fueran desalojados o reubicados, o en el peor de los casos, que opusieran resistencia. 

 Después se procedió a la charla de qué hacer con él y como restablecerlo para poder continuar con la investigación. 

Tras consultar muchos textos, el sabio le dijo que debía reponer energía con un sistema de electricidad. Lo más cercano a eso era un campo magnético, diseñado para alimentar pequeñas fuentes de luz. Sin mucho vacilar, el sabio llevó el dispositivo y lo sometió a un baño de radiación y energía, todo bajo el cuidado de no ser sorprendido. 

Mientras esperaba, los minutos se volvieron horas, pero el sabio regresó con el aparato que de nuevo resplandecía. Con mucho cuidado lo resguardó, agradeciendo además el apoyo brindado y prometiendo informar cualquier novedad. 

De nuevo en el laboratorio de su casa, paso a investigar a profundidad aquel montón de luces y símbolos que tanto había costado rastrear. No entendía porque esa civilización antigua podía haber desechado y destruido esa tecnología tan maravillosa y poderosa. Parte de su investigación era descubrir y evidenciar el error que se había cometido tantos años antes. 

Intento desmantelarlo, pero en su primer intento vio que, si retirabas una pieza, era imposible mantener la luz funcionando. Trato de descubrir que piezas le permitirían trabajar sin necesidad de que se apagara, pero fue infructífero. 

Por otro lado, también trato, inútilmente de descubrir su funcionamiento desde el cristal brillante, pero en su investigación dio con algo que no había previsto. En un lugar dentro de los símbolos había dibujos que se parecían a su realidad, pero de otro tiempo.  

El tiempo le pareció insuficiente, porque de nuevo, la luz roja había comenzado a molestarle y la energía se agotaría, pero aún no terminaba de analizar todas y cada una de las imágenes que le ofrecía el dispositivo, como si hubiera encontrado algo mágico. 

Fue de nuevo a donde el sabio, pero sigilosamente, entró sin autorización a recargar la energía del dispositivo. Y paso otro día admirando las grandes maravillas que el cristal transmitía. Conforme pasaron los días, vio que sin importar el tiempo que le tomaba reponerse, cada día duraba menos su alegría y la energía de aquel celular se desplomaba en cuestión de minutos, en comparación con las primeras veces. 

En una medida desesperada, robó material de aquel laboratorio. No le importó dejar sin suministros de energía a aquella población, la más avanzada de toda la región y que sin duda la necesitaban más, pues en contraste, ellos investigaban muchas cosas a la vez, en lugar de una sola asignatura.  
 

Un grupo de perseguidores fue tras su pista, pero no lograron nada y desistieron. Tardarían más en encontrar al culpable que en desarrollar una nueva máquina, por lo tanto, podían sacrificar un par de días, además sin sospechas de quien se la había robado, podría conducirlos a encontrar a algún grupo violento y no vivir para contarlo. 

La dependencia hacia el aparato era cada vez peor y no dejaba sus ojos descansar un segundo. Incluso por las noches forzaba sus ojos en plena oscuridad para seguir viendo y disfrutando del placer que le ofrecía el dispositivo. Cuando de verdad lo estaba disfrutando era cuando se apagaba y las rabietas no se hacían esperar, al punto que llegó a romper cosas y lastimarse de la impotencia. 

En más de una ocasión se olvidó de alimentarse por la hipnosis que le producía el viejo aparato y seguía preguntándose porque habían relegado al olvido semejante tecnología. Se había convencido de que aquello no era un mal como se había creído. 

Conforme pasó el tiempo la salud comenzó a cobrar su factura. Los dientes eran cada vez menos y más débiles, el cabello, aunque largo, era muy poco y cada vez más cano, sin mencionar los problemas de control de deshechos. Le era imposible saber cuándo debía y cuando no ir a la letrina, pero el calor, la novedad y el éxtasis que producía el aparato compensaba todo, cada dolor, cada achaque o cada enfermedad. 

El tiempo pasó y el viejo sabio recordó a su colega. Viajó y llegó a esa vieja casa donde yacía el precario laboratorio. Apenas tenía puerta y la naturaleza se había abierto paso, hasta por donde parecía que nunca pasaría.  

Al entrar, tras mucho forcejear con la débil, pero atrancada puerta, bajo descubrió un cuerpo inerte con un brazo alzado que sostenía aquel rectángulo con cristal brillante que emitía sonidos e imágenes. Se dio cuenta que, en una mesa cercana, estaba la tecnología que había sido robada tiempo atrás. 

Arrancó el celular de las huesudas manos de los restos de su colega. Pensó en que el mundo actual no estaba listo para revivir esta vieja tecnología. Quizá a todos en su tiempo los mató en periodos más largos, pero en la actualidad sería un monstro imparable. Si los antepasados, que siempre son más sabios, habían renunciado a él, entonces, no había motivo para devolverlo a la vida, y el ejemplo perfecto, yacía a sus pies. 

Publicado la semana 45. 09/11/2019
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Ciencia Ficcion a la inversa , En tu celular por las noches... que ironia
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