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John Charlestein

Borrado de la Historia

En ese momento no era importante saber quién era, pero intuía en todo mi ser que el sería mi salvador y mi asesino. Sin darle más importancia, le di mi última barra de chocolate. 

Siempre fui crédulo de todo lo que leía en los libros de historia de mi escuela. Cada palabra; cada fecha y cada lugar. Siempre soñé con formar parte de la historia por eso me enlisté en el ejército. Las guerras habían menguado en los últimos 80 años, pero las tensiones políticas actuales no se resolverían con diplomacia. Era cuestión de tomar acción. 

Así fue. Entramos en conflicto con el país vecino. ¿La razón? Un ataque a uno de nuestros principales diplomáticos que se encontraba en una de esas cumbres que celebran la paz. No le pasó nada, pero en ese momento las negociaciones se volvieron irrelevantes.  

Por debajo del radar invadimos una de sus fronteras. Mi escuadrón y yo apenas llegábamos a los 24 hombres, pero nos abrimos paso. La batalla fue en un campo alejado, donde los civiles estarían a salvo y lejos de la acción, pero esa no era nuestra verdadera intención. Teníamos que infiltrarnos sin llamar la atención para evitar un conflicto internacional con las otras naciones.  

Dentro de sus fronteras, coordinamos un ataque directo a una de nuestras bases. Era un elaborado plan y todos los sabían. Se documentó y fue cuando el gobierno entró en acción con el discurso de que no tolerarían ningún ataque. 

Desplegaron más tropas y nos unimos a ellos. El ejército de oposición era pequeño, pero muy disciplinado. Las bajas eran más de las que se habían calculado en un principio. El primer grupo, que ahora se reducía apenas a 17 personas fue reasignado a una misión más importante. 

Durante la tercera noche de la invasión, la división flanqueó una de las principales bases y detuvimos todas sus operaciones. De esta manera seguimos penetrando las líneas enemigas, desplomando cada base, cada pueblo y cada grupo armado. 

Llegamos a la capital. Teníamos un día de ventaja de nuestro propio ejército. Nos habíamos concentrado en desequilibrar los principales centros de operaciones, pero nuestra suerte terminó ahí. Subestimamos el poder de los capitalinos y fuimos detenidos y apresados. Nuestras frecuencias fueron interceptadas y una emboscada esperaba a nuestros compañeros. 

El ejercito enemigo nos dio una poderosa paliza. Varios de mis amigos y compañeros no sobrevivieron al siguiente día. Apenas amaneciendo ocurrió algo. Al parecer nuestro gobierno estaba más adentro de lo que los principales encubiertos sabíamos y se produjo un motín en la base. 

Mi ejecución se vio adelantada por un salvaje que dijo que no iría solo al infierno. Me sacó de la base y me tiró al suelo. En eso lo vi. Un jovencito con una honda. Era el. Lanzó una piedra en el ojo de aquel tipo y me salvó. Se acercó corriendo a mí, pero paso de largo y fue al cuerpo de aquel bastardo. Lo esculcó y tomo algo de su cuello. Salió corriendo. Le grité implorándome que me desatara. No entendía mi lenguaje.  

Rudimentariamente expliqué lo que necesitaba con mímica y gestos mientras estaba atado de manos. Entonces dije “chocolate”. El termino universal del sabor. Se acercó y me desató. Cuando fui libre lo vi a los ojos y no supe que pensar. Un montón de cosas pasaron por mi mente, pero los horrores de la guerra no te dejan tranquilo. Después de un sorpresivo granadazo, huyó asustado y mi primera reacción fue buscar refugio, olvidándome de él. 

Desarmado no había mucho que pudiera hacer. Así que hui y me escondí. No estaba muy orgulloso, pero eso no sirve si estás muerto. No era conveniente acercarse al conflicto porque en medio de la emoción, el miedo y las balas, a veces no distingues a tu propio bando. 

Sobreviví como pude durante un par de meses. Todos los días me encontraba con cientos de cadáveres, pero nunca una bala o pistola. Todo había sido saqueado hasta el día que me encontré con una navaja. No era muy fina, pero era ideal para cazar o defenderme. Nunca llegué a usarla contra alguien hasta aquel día. 

Caminando por las calles del centro que habían sido tomadas, me tocó quedar en medio de un conflicto. El sonido de las balas no me dejaba aclarar mis pensamientos y mi posición era de sumo riesgo. Apenas podía cubrirme detrás de un pequeño automóvil y justo en ese momento alguien me jaló. Mi reacción instintiva de combate fue girarme y atacar, pero era solo un civil queriendo protegerme. Un anciano simpático sin malicia en el rostro. 

Solo hubo un testigo. El pequeño del chocolate. Fui tras él, pero corrió y una ráfaga de balas me impidió seguir adelante. Me hirieron en un pie. 

Después de eso, regrese a mi país. Me dijeron que mi pierna estaba terriblemente mal y que debían amputar. Al parecer no lo hicieron a tiempo porque un mes después me quede sin ambas piernas. 

Pasaron los años. Anexamos esa pequeña nación vecina y ahora es parte de nuestro territorio. Toda la población aceptó el cambio por mejores condiciones de vida. 

La historia se encargó de reconocer al presidente y los principales rostros de la cámara, mientras que a los que nos arriesgamos tanto, nos mantienen con una pensión terrible, fuera de la sociedad. También se encargaron de publicar su historia en los libros. Esa historia donde el primer ataque fue hacia esta gran nación y nosotros en respuesta defendimos nuestro territorio y que al final existió una anexión pacífica. 

Aún veo la cara de ese chico. Esta frente a mi ahora. Me apunta con un arma. Le quité su patria, a un ser querido y su historia... solo le di a cambio un chocolate. Mi última ración. Es doloroso ver que aún en este momento el me dé su última bala... 

Publicado la semana 42. 20/10/2019
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