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John Charlestein

Pirata Espacial

Manuela Anderson se negaba a volver a la silla de ruedas. Pasó gran parte de su infancia y adolescencia en una y se aferró a no caer de nuevo. La parálisis no es algo qué salga de la noche a la mañana, pero se las arregló para qué su rehabilitación, a pesar de ser larga y dolorosa, surtiera frutos y, además, pudo convertirse en la Primer Oficial de un buque de reconocimiento de la Guardia Costera a los 28 años. 

Ya las décadas habían pasado y no habían sido generosas con sus huesos, pero su espíritu era inquebrantable; muy curtido por lo qué había vivido, por eso la jubilaron antes, pero de buena fe, le regalaron entre todos sus amigos y compañeros (de quienes obviamente se ganó el cariño y admiración) un bote y por ser oficial de alto rango, le concedieron una licencia de botes vitalicia... después de un tiempo todos se arrepintieron. 

Su lucidez se deterioró después de una noche cuando afirmó escuchar qué la luna la llamaba. Al pie del puerto veía el astro fijamente. Algunos curiosos y pescadores qué llegaban durante la noche veían cómo asentía cada cierto tiempo, como si de verdad escuchara a la luna. 

Los días los pasaba en la biblioteca, leyendo sobre la luna y por las noches veía el astro desde el muelle. Parecía una afición inofensiva hasta qué decidió embarcarse en plena noche. Su ruta era recta, pero nadie entendía por qué. Estuvo a punto de encallar al desafiar una ola monstruosa, pero el mar se portó amable y la regresó en una pieza, con apenas unos daños en el casco de la embarcación. 

Le prohibieron navegar de noche, pero se las arregló para escabullirse casi a diario y mantener la ruta recta hacia donde parecía qué la luna salía del mar. Por las mañanas se veía el navío regresar intacto, pero con una nube de derrota qué se sentía por todo el horizonte. 

Su familia, harta, la llevó a un centro de reposo, pero pudo neutralizar a todos los guardias, cuando intentaron subirla a una silla de ruedas. Pedía estar cerca del mar y de la luna, qué ella afirmaba, había venido por ella y qué permanecía estacionada desde hace siglos esperando su nacimiento. 

En uno de sus escapes, el forcejeo con los guardias de la casa de reposo, le lastimo el tobillo y cayó. Desde ese día, tratar de levantarse de la silla era una agonía, pero aun así lo lograba y seguía apareciendo en las mañanas en el horizonte viajando al puerto. 

Cuando Manuela era encerrada y no quedaba manera de salir, pedía leer textos antiguos donde se decía qué la luna no existía desde qué la tierra se formó. Todos creían qué eran locuras insanas de antes de la Edad Media y qué no le hacían ningún bien a su condición actual, pero le tenían cariño y respeto.  

Por la noche su ventana daba directo al astro y en los pasillos silenciosos se escuchaban tímidas risas y palabras vagas cómo “Si” “Por favor” y “yo te esperare”. 

Una buena noche, Manuela desapareció y no regresó al muelle por la mañana. Esta vez se había llevado la silla de ruedas. Las alertas se encendieron, pero fue inútil. Ni sus amigos de la guardia, familiares o pescadores dieron con ella o el barco. 

Días después se encontró su navío en una misión de reconocimiento, con la silla volcada a la orilla de la proa. El mar estaba calmado y quieto.  

No había indicios de qué hubiera caído del barco o rastros de lucha. Todo mundo se conmocionó. No era una situación normal y esa misma noche se descubrió el porqué. 

La luna no apareció... en los cielos más despejados ni por asomo parecía verse. Un fenómeno sin precedentes se dio en todo el mundo. Desde ese día, todos los barcos del mundo están varados. Manuela se llevó lo qué más amó en el mundo: navegar y la luna; y ahora surca las estrellas cómo un pirata espacial, qué nos robó nuestro satélite artificial. 

Publicado la semana 4. 21/01/2019
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