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John Charlestein

El relato del Relato

Érase una vez un relato, pero no cualquier relato. Un relato qué se negaba a ser escrito. Por más que el escritor tecleaba palabra por palabra y letra por letra, no se completaba ningún enunciado. Más de una vez la tecla de retroceso borró los avances y la frustración del escritor subía y subía. 

La intermitente barrita de Word parpadeó un millón de veces en la hoja en blanco. Mientras el escritor pensaba qué escribir, el relato reía silenciosamente. Las palabras brotaban, pero después de un rato se iban para dar paso a nuevas palabras que tampoco querían quedarse. 

Una a una de las oraciones se escribía y se borraba, marchando al desfiladero sin poder cobrar ningún sentido. 

Una hora y nada parecía cambiar. El escritor caminó, bajó y subió escaleras, comió, se recostó, leyó, vio videos por un rato, después se sentó para continuar con su bloqueo. Cansado y molesto, el escritor golpeó el teclado y entre las letras azarosas, distinguió una palabra. No sabía que significaba, pero estaba seguro de que la había leído en alguna parte. 

Se vio tentado a buscarla en el diccionario, pero renegó de la idea. Era lo qué estaba esperando, algo a que aferrarse; algo qué le iluminara la cabeza y sabía qué, de investigar el significado, tendría qué limitar su escritura para parecer verosímil. 

Después de un gran esfuerzo se completó una oración. Después del punto todo fue más fácil para el escritor qué no paró hasta terminar el párrafo. La adrenalina volvió a su ser y un poder casi místico lo poseyó y en poco tiempo se formó una cuartilla. 

Se vio tentado a releer lo qué había escrito, pero aguantó. El relato se enojó porque no querías ser escrito y estaba perdiendo la batalla contra la creatividad. Cada sonido del teclado era cómo una aguja clavada en el cuerpo del relato. “Procrastinación ¿Por qué me abandonaste?” pensó el relato en silencio mientras los mensajes se escribían en su cuerpo, qué, aunque muchos eran incoherentes, empezaban a tomar forma. 

El escritor sintió varias veces qué perdía las riendas, pero las retomaba enseguida. Las pausas se empezaron a hacer cada vez más cortas y las palabras seguían fluyendo. El relato comenzaba a agotarse y no podía resistirse más. Quería detener al escritor. 

La sesión se prolongó hasta qué la oscuridad inundó el cuarto. El relato se alivió por el momento. El escritor se había separado del escritorio y bajó suavemente la tapa de la computadora. El relato no sabía hasta cuando volverían a escribirlo, pero la incertidumbre lo carcomía. 

La tapa de la laptop no se había abierto y el relato se sentía orgulloso porque había vencido al aferrado escritor qué insistía en escribirlo cuando él no quería concluir. Pensaba en la procrastinación, el bloqueo creativo o quizá una enfermedad que azotó al escritor. Independientemente, el relato se sentía muy feliz y esperaba no ser terminado nunca. 

Un par de manos levantaron suavemente la tapa de la laptop y ahí seguía el relato, qué empezó a imaginar qué temblaba de miedo, porque pensó qué escribirían en el de nuevo, pero no fue así. Lo dejaron abierto y con la serie de palabras incoherentes de la última vez. El cursor parpadeaba, mientras un grupo de hombres inspeccionaba la habitación del escritor con guantes y cubrebocas, donde yacía un cuerpo. 

El suelo estaba repleto de sangre. Un hombre se acercó a la pantalla del monitor y empezó a leer el relato. Se dio cuenta de inmediato qué estaba inconcluso.  

“Parece qué no hay pistas en su computadora. La ignoraron por completo. El móvil del crimen debió ser otra cosa” dijo uno de los hombres mientras colocaba una bolsa blanca sobre el cuerpo inmóvil del escritor. Aquel relato cumplió su sueño y permaneció inconcluso para siempre. 

Publicado la semana 36. 03/09/2019
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