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John Charlestein

Una Fotografía

La primera foto que vendí se volvió un fenómeno viral. En menos de 1 año, cientos de revistas especializadas imprimían una copia en sus páginas, en las escuelas de periodistas la usaban de ejemplo e incluso fui nominado al premio más prestigioso de National Geographic. 

La primera foto que vendí yo no la tomé y aun así me hizo millonario. Esta es la historia detrás de esa obra maestra. 

Siempre fui una persona muy autónoma y abandoné mi casa en el campo a los 16 años para buscar suerte en una ciudad. Me las arreglé para solo dormir en la calle un par de días, antes de conseguir el trabajo de mesero en un café de poco prestigio.  

Yo debía preparar y servir el café y empecé a ser elogiado por su sabor. En realidad, era la manera de prepararlo en mi rancho y eso les gustó a los clientes. El sabor a los que estaban habituados era el de las prisas. Todos corrían y gritaban y pagaban lo exacto para poder ir lo más pronto posible a sus trabajos, donde la agitación no se detendría. El sabor que yo le daba era el de la paciencia, de la calma, el de un mundo que giraba a mi ritmo. 

Jesús Barrera, periodista de uno de los periódicos cercanos, era de mis primeros clientes en la mañana. Creo que fue la 5ta persona en probar mi café en mi primer día y un día después fue el primero en llegar. Se tomó el tiempo de hacer fila de nuevo y pedirme otro para después felicitarme. 

Hizo un reportaje al respecto y en una semana, no me daba abasto. Mi jefe prometió pagarme más.  La fila de clientes cada día por los próximos meses parecía interminable. Era raro. Desde que Jesús elogió mi café, no lo volví a ver, pero siempre le guardé una taza.  

Pasó el tiempo y una columna del periódico de Jesús habló de otro lugar con mejor ambiente y mejores postres y la clientela desapareció poco a poco, día con día. Teníamos nuestro sequito de parroquianos, la mayoría clientes que se hicieron adictos a mi sazón y que daban gracias a Dios de que las filas fueran más cortas. 

En fin, el dueño murió y me quedé desempleado. Ahorré un poco de dinero para sobrevivir algunos meses. Quería vacaciones y volver a mi pueblo. Un par de día al menos, pero al pasar por mi antiguo empleo, vi que lo remodelaban y había un letrero de “Se Busca Ayudante”. Decidí probar suerte. Le había agarrado cierto cariño al establecimiento. 

Me entrevisté con el nuevo dueño y me preguntó que si podía hacer de bar-man. Dijo que era igual a lo que hacía antes, pero con más clase. Me dio unas cuantas clases sobre bebidas y cocteles. Siempre tuve un talento para preparar cosas. 

A lo que nunca me acostumbré fue al horario. Estaba acostumbrado a levantarme desde las 5:30 am y ahora debía trabajar desde las 9:00 pm hasta las 4:00 am, pero la paga era genial. Podía vivir bien y vivir con lujos. Ese año postergué mis vacaciones, pero al próximo, las tomé, pero no fui a ningún lado. Use mi tiempo libre para descansar en la gran ciudad. 

 Nuestra clientela era muy variada, pero de un tiempo en adelante, muchos reporteros y editores se concentraron en ese viejo bar. Hablando con mi gerente empezamos a invitar a los parroquianos a imprimir sus fotos para exhibirlas en una vitrina, a hacer exposiciones, micrófono abierto para relatar sus anécdotas, lugar de charla para dar cursos y foros de discusión. Era una fiesta siempre y lo mejor era la parte del dinero.  

Empecé a aprender y a descubrir un mundo maravilloso. El de las noticias y las fotografías. Se abrió un curso para los asistentes regulares y para novatos en el bar y lo tomé. Con las propinas de dos meses pude costear una cámara usada, pero muy útil. Para mi sorpresa el instructor era Jesús Barrera. Después de la primera clase, me le acerqué para agradecerle por su historia. El solo me tomó del hombro y me hizo una seña de aprobación. Creí que me diría algo más, pero ahí quedó. No sabía cómo sentirme, después de todo, fue un gesto frío de parte de quien me ayudó a prosperar en la ciudad. 

El curso era puntual, pero él siempre tenía prisa. Yo quería saber dónde había estado y confesarle que todos los días le guardaba una taza de café. No era bueno para la fotografía, pero me inspiraba mucho saber más de Jesús. 

Nunca olvidé el gesto de ser el único que me agradeció por mi café en casi un año de servirlo a diario. Un día no llegó al curso y la clase se suspendió, pero misteriosamente al día siguiente se sentó en la barra y pidió una cerveza tras otra. 

No quería presionarlo con preguntas de ningún tipo, pero después de la 6ta empezó a hablar por sí mismo. Habló sobre sus aventuras en Canadá y Cuba. Su trabajo había sido excelente y por ello lo mandaron a diferentes partes de América; para documentar y publicar un reportaje de sus hazañas, pero él no estaba a gusto.  

Él quería enaltecer su ciudad. Darla a conocer al nivel global, como se habla de Nueva York o Inglaterra. Siempre hablaba con los extranjeros que conocía de los lugares que disfrutaba y que podía llevar a sus familias o ir con sus amigos en su misma ciudad. Algunos, según dijo, prometieron visitarlo, pero parece que nadie lo cumplió.  

Jesús me confesó que siempre le tuvo miedo al exterior. No hacia su vida en otra parte que no fuera esta ciudad mediana, con grandes avances que contrastaban con una gran pobreza, pero que su editor fue muy claro: La sangre y el morbo venden. 

En sus viajes retrató las maravillas de la naturaleza, el poder de los seres humanos y la fragilidad de nuestro mundo, pero nada de eso valió. Los ejecutivos ambiciosos y malignos, amarillistas hasta los huesos le exigían el lado más cruel, oscuro y ruin de la humanidad. Él no se los pudo dar, pero si lo retrato, casi sin querer. 

Me dijo que, entre todos sus rollos, una foto avivaba la maldad y la podredumbre de un mundo oscuro, malvado y siniestro. La foto que lo llenaba de vergüenza, de asco y de mucha impotencia. No la enseño a sus editores.  

Jesús bebía como si no hubiera un mañana. Su cara había perdido todo lo que alguna vez tenía. Sus ojos me rodearon con una gran tristeza. Después de eso dijo que no tenía para pagarme y que había perdido su trabajo. No pude contener la frustración y le pedí que no se preocupara, que la casa invitaba. Se echó a llorar, luego su voz débil y llorosa me pidió una taza de café. 

Salí rápidamente a la calle. Me propuse a buscar los ingredientes en mitad de la noche para complacer a mi mejor cliente. Recorrí al menos cuatro tiendas de 24 horas y casi por arte de magia encontré lo que necesitaba en cada una de ellas 

Con mucha paciencia traté de replicar mi antigua receta, pero la ciudad, las prisas y el smog me había consumido y aquello de lo que estaba orgulloso no existía más. Cada intento fue más asqueroso que el anterior. Jesús Barrera no dejaba de repetir que yo había sido corrompido por la vida de lujos y la iluminación neón de la ciudad. 

Decepcionado, salió del lugar, no sin antes darme un sobre. Me dijo que dentro había una fotografía y un texto que explicaba el contexto de la foto. Me pidió que la vendiera y que con el dinero el pagaría su deuda y que me sobraría muchísimo para hacer lo que yo quisiera. 

Nunca más lo volví a ver. Hice lo que me pidió y la fotografía fue un hit. Fue portada de revistas, primera plana nacional e internacionalmente galardonada. Desde entonces mi vida fue una maravilla. Llegué muy lejos, pero fue pasajero. Aún se menciona mi foto por ahí, pero ya no genera el impacto que alguna vez logró. Ahora muero de cáncer y estoy muy débil para viajar a mi pueblo para reencontrar mis raíces. Mi mayor logro es una mentira y con lo que pude ir más lejos ahora ya no me pertenece. 

Todos los días pido un café a domicilio de distintos establecimientos, pero no saben nada bien. Sigo buscando el sabor que deje ir una vez por el vicio de la ciudad... quiero saber si en alguna cafetería un chico de campo sabe hacer un delicioso café sin prisa y con el sabor de sus raíces... Encontrarlo para asesorarlo y salvarlo e impedir que se vuelva como yo. 

Publicado la semana 33. 17/08/2019
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Un blues triste , relatos del siglo XX , en un callejon o en una cafetería
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