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John Charlestein

Esposa Histérica

La principal razón para quedarse en trabajando horas extra era no ver a su esposa. Había estado insoportable de un tiempo a la fecha y el buscaba pretextos para no llegar a casa y hasta ahora habían funcionado, pero hoy no. La producción era baja en la época y los pedidos apenas eran suficientes para mantener a la gente ocupada durante el turno. Adalberto siguió a su supervisor hasta su auto, pidiéndole qué le diera algo que hacer. 

“Hoy no hay más qué hacer. Toma el bus y vete a descansar” dijo el ingiero Delal cerrando su carro y arrancando. Adalberto vio el bus de mala gana y caminó, cada vez más lento. De un segundo a otro las puertas se cerraron y el bus se alejó. “Ni modo. Tendré que irme a casa caminando” 

Lo que él había pensado como una gran victoria se convirtió en un suplicio. Caminar en este horario hasta su casa era una tarea suicida. Atravesar carreteras, terrenos baldíos y dos arroyos era el precio qué tenía qué pagar para estar lejos de su esposa. Esperaba llegar lo suficientemente tarde para qué hubiera hecho la cena y qué ya estuviera dormida, o por lo menos muy cansada para discutir. Ese sería su premio. 

El calor comenzó a cobrarle factura. La falta de cerros en la zona prolongaba el atardecer 40 minutos por lo menos y era cuando el sol picaba de forma más molesta en los ojos y por su inclinación se reflejaba con mayor fuerza en el pavimento. Su frente estaba empapada en sudor, que bajaba por sus mejillas hasta su cuello para humedecer su camisa. 

Llego al final de la carretera y ahora debía cruzar la carretera que se atravesaba, la tarea parecía sencilla pero hoy el semáforo no funcionaba y la prisa de los operadores de tráileres y conductores no daba tregua a un peatón en medio de aquel rio de concreto. Adalberto solo veía a la izquierda para ver venir los vehículos a alta velocidad y al girar la cabeza, veía más vehículos exceder el límite, mientras que, al pasar, los tráileres levantaban polvo y una oleada de aire caliente que lo hacían lamentarse no haberse me subido al bus a tiempo. 

Adalberto escuchó un estruendo detrás de él. Por la carretera por donde llego, un tráiler era perseguido por una patrulla. Llegaron a la bifurcación y el chofer, aparentemente drogado dio una vuelta en U de su camión y las dos cajas de carga dieron una feroz vuelta que detuvo el tráfico, mientras Adalberto vio su gran oportunidad y corrió. Pedía a todos los santos y beatos que su velocidad fuera suficiente para cruzar los seis carriles mientras aquel monstruoso conductor creaba un puente para él. 

Su velocidad funcionó de maravilla y cuando el trailero tomo ruta para seguir derecho él ya había cruzado. Su corazón latía con fuerza, pero la adrenalina se esfumó cuando vio el camino que debía de seguir. El sol ahora era más bajo, pero seguía siendo muy molesto. Adalberto bajo su cabeza y camino. 

Esta parte era de lo más difícil para él. Aquella brecha era peligrosa pues había víboras, perros rabiosos y maleantes, a los cuales recordó en seguida al ver un cadáver pecho tierra con varios tiros en su espalda. Pensó en su esposa nuevamente. Se planteó que, si el sufrimiento y la agonía que estaba pasando realmente funcionarían para alejarlo de su esposa lo suficiente, pero se dio cuenta de que no era así. Incluso en la mañana, ella seguiría ahí y el día siguiente y el siguiente. Siempre tendría que enfrentarla. 

Un cascabeleo lo hizo volver de sus pensamientos. “Una puta serpiente. Me voy a morir” pensó mientras se quedaba quieto, mientras justo frente a él se arrastraba. Para su suerte, su cuerpo estaba muerto de miedo y no gritó o siquiera se pudo mover. La serpiente paso tranquilamente y no lo molestó. Tardó un tiempo en recuperar la movilidad. Para entonces el solo estaba a punto de ocultarse. Menos de 10 minutos. Siguió su camino y se encontró con otra gran sorpresa. Un par delincuentes habían decapitado a un hombre y lo estaban enterrando. Trató de moverse sin que lo notaran, pero entre los matorrales todo se veía. Lanzándole groserías, ambos tipos empezaron a corretear a Adalberto. 

Adalberto echó carrera y los hombres detrás de él. A pesar de ser gordos, Adalberto no podía sacarles mucha ventaja porque ya se encontraba cansado. Siguió corriendo, pero el sonido de un disparo lo hizo echarse al suelo. Se levantó en seguida al ver una terrible lagartija recorrer su mano y corrió de nuevo. 

Llegó al arroyo, el más grande los que había que atravesar. Se escondió detrás de una piedra grandísima y se dio tiempo de evaluar su situación. De seguir lo verían y lo seguirían hasta no darle muerte. De quedarse ahí también lo encontrarían, pero la ventaja es que no volvería a ver a su mujer: la histérica, malhablada y sádica que se había estado comportando terriblemente con él. 

Pensó en si la extrañaría, pero luego dijo que no. Ese matrimonio estaba destinado a fracasar y ambos lo sabían, pero no se querían separar. Pensando en que hacer tomó una decisión tras ver a lo lejos de aquel arroyo.  

Una pareja nadaba desnuda a las orillas. Su esposa estaba ahí, con otra mujer y parecían tenerse mucho cariño la una a la otra. Ambas se cargaban y jugaban y eventualmente se besaban. Ahora todo tenía sentido. Lo habían sacado de la ecuación. Sintió un alivio y una gran furia, pero poco a poco se convirtió en paz. Ya no tendría que volver a casa, a trabajar o a escucharla.  

Se quitó su ropa y la dejó en las orillas del arroyo y se lanzó al agua, dejando que la corriente lo llevara. No era profundo, pero se podía flotar. Se dejo ir. Poco a poco el día se hacía más oscuro y alcanzó a distinguir a los asesinos, pero ellos no lo vieron a él.  

Escuchó dos disparos. “Oh pobre de mi ex-mujer". 

Publicado la semana 26. 29/06/2019
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Sonidos de rios , Siempre es buen momento
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