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John Charlestein

La Princesa Hipster y el Mercado de la Amistades

Los pasillos del mercado de amistades estaban vacíos. Entre puestos de gente qué deseaba vender su amistad o algo más a como diera lugar, transitaba Zulemage, la princesa hípster. 

Zulemage nunca había estado en un mercado de amistades, pues nunca lo había necesitado, pero una flecha de indiferencia y mentiras había herido su corazón y quiso probar cosas nuevas. Entre todo el mar de anuncios vio uno muy extraño. Estaba escrito finamente y redactado de una manera tan pulcra e invitante qué parecía qué había sido robado por quien lo sostenía, un joven alquimista barbón con cara de maldad. 

Al notar su presencia, el alquimista tomó un pergamino e hizo volar un trozo de papel a las manos de la princesa con un saludo cordial y amable. Ella respondió con su fina letra, no porque el alquimista fuera de su agrado, pero la cortesía y los modales de sus letras eran un imán muy peculiar. 

Ella se acercó. Tranquilamente él se levantó y tendió su mano en forma de saludo. Al fin pronunció palabras “Un placer conocerla señorita. ¿Qué la trae al mercado de amistades?” preguntó con una voz gentil y muy educada. 

“Nada en realidad. Mera curiosidad y tu ¿Qué te trae por aquí?” preguntó ella y obtuvo una respuesta casi en seguida: “Soy un alquimista solitario. Tengo amigos y son muy preciados, pero temo qué me he dedicado tanto tiempo a meditar qué perdí contacto con el mundo y creo qué debo conocer gente nueva” dijo solemne. 

“¿has tenido suerte?” preguntó Zulemage. “Nunca, en realidad. Aciertos ocasionales qué no pasan del primer saludo, hasta hoy” respondió el. “Descuida. Fuiste muy educado y amable. Casi toda la gente aquí se lanza encima cómo desesperados” respondió ella. “Lo sé. Ahora qué tenemos tantas ventajas para socializar, muchos están más solos qué nunca” 

Y así empezaron a hablar. No se agradaban mutuamente, pero la plática era interesante. Todos los días ese rincón del mercado de amistades era ocupado por la princesa hípster y el alquimista. 

Durante varios meses la amistad crecía. Varias veces miraron las estrellas juntos, compartieron comida y un montón de cosas más. 

El dolor qué aquejaba a la princesa poco a poco se desvanecía, pero ocasionalmente regresaba para lastimar sus sentimientos y su voluntad. En esos lapsos el alquimista volvía a la monotonía de su meditación, pero la princesa rondaba en sus pensamientos. 

El alquimista sabía qué no podía ir más lejos sin tratar algo nuevo, pero su serenidad y meditación, le habían dado duras lecciones, de las cuales pensaba ya haberse repuesto, pero aun así sentía una gran opresión en el pecho. 

Tras coincidir una vez más, ambos hicieron una larga caminata en un bosque industrial. Tras detenerse a descansar, el lanzó la primera piedra para pedirle a la princesa qué fuera su pareja. 

La princesa pudo notar la ilusión en los ojos del alquimista desvanecerse al ser rechazado. Ella sentía una gran incomodidad, pero el ambiente era muy agradable y se quedó junto a él esa noche. 

Al despedirse la princesa lo abrazó y le dijo qué no estaba lista. El alquimista levantó la mirada y sin inmutarse le contó una fábula sobre una pequeña lombriz y su afán de ser feliz. 

Ambos se fueron a sus hogares pensando qué sería la última vez que se verían, pero curioso el caso qué decidieron coincidir nuevamente. La princesa sentía un gran confort estando cerca de aquel alquimista que le parecía tan desaseado y rudo al principio, mientras el alquimista no entendía porque alguien tan vivaz, divertida y diferente a él, cómo era aquella princesa, le parecía tan interesante. 

 

Entre ires y venires las cosas se fueron dando y casi sin querer se forma una pareja de un alquimista y una princesa. Fue una sorpresa para todos, pero así las cosas debían ser. Pero no pienses qué siempre fueron felices. Hubo muchas cosas qué tuvieron qué vencer... 

Continuara つづく 

Publicado la semana 23. 07/06/2019
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Dedicado a la novia más bella
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