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John Charlestein

Confesión

La puerta se abrió y entro una mujer mayor, quizá rondaba los 66 años. Del lado derecho de su torso colgaba una placa con los logos del Seguro Social con el nombre “Ana Sofia Martin.” Un anillo peculiar resaltaba en su mano izquierda y su uniforme se veía blanco a pesar de que su cuerpo ya no brillaba por sí solo.  

Ella se acercó a la cama del paciente y leyó su diagnóstico. Frunciendo el ceño y con cara de incredulidad, hecho otro vistazo al hombre. Cachetón, barba descuidada y mirada de loco. La descripción coincidía... aquel político corrupto que dió agua destilada en lugar de quimioterapias a cientos de niños con cáncer. 

-Vaya, una estrella se deja ver en un hospital de este nivel. Es difícil creer que terminó aquí por una paliza- dijo la enfermera. 

-Eso no fue una paliza- respondió el hombre con voz cortada y externando mucho dolor- Fue un atentado. No pudieron sacarme de la carretera y al salir de mi auto me siguieron a pie y... 

-A mí no me importa- interrumpió la enfermera de mala gana. -Creo que ni siquiera mereces que yo te mate. Te dejare con tu sufrimiento... así se paga un crimen atroz... - La enfermera se volvió hacia la puerta y escuchó las risas del paciente quien tosía después de cada dos o tres carcajadas. 

-Quizá, pero el verdadero crimen no se cometió- respondió, de nuevo entre quejas y una tos de perro que interrumpía cada dos palabras. La enfermera sorprendida, giro su mirada hacia él y con mórbida curiosidad pregunto lo inevitable: “¿A qué te refieres?”. 

Él se acomodó para estar más erguido y la enfermera le acomodó la almohada y empujó un poco su cuerpo hacia arriba para mejorar su posición. 

-Se que no me creerás, pero no puedo llevarme esto a la tumba. Me cuides o no, esta noche será la última para mí- empezó a contar. -Por lo que veo sabes todo lo que se dice de mí y que fui prófugo e hice lo más posible por salir del país, pero ya estoy aquí, pero, así como hay más y más peligrosos que yo, pero con mejores contactos que están libres. ¿Sabes por qué? 

La enfermera negó con la cabeza. -No seguí el protocolo. La agenda debe llevarse a cabo y cualquier variante es un error que se paga con dolor. El dinero no es el problema, porque te ayuda a sobrellevar el dolor. Puedes disponer de lo que sea que te haga feliz, aunque sea por una hora, pero el dolor volverá.  

-Mi dolor no se compara al que hubieran sufrido esos pequeños. Una droga experimental para controlar a la población. Una toxina antimotines que tiene un efecto parecido al “krokodil”. Se experimento en ratas, monos, cerdos, perros, gatos y quizá hasta conejos, pero a mí me encargaron la tarea de suministrarlo a los humanos. Humanos decadentes, que de igual manera morirían. Es obvio que no era conveniente suministrar a la población común para evitar sospechas- dijo el hombre cachetón y comenzó a llorar tras una pausa. 

Ana acariciaba su anillo y lo frotaba poco a poco, como si le diera fuerza o la protegiera de alguna aura maligna. Acomodándose de nuevo el hombre prosiguió. -Nadie debía de saberlo, pero fui traicionado. Mi esposa. La mujer que decidió estar a mi lado cuando aún no era nadie, dió el pitazo de que desobedecí una orden de más arriba. Todo para salvar su cochino pellejo y su estilo de vida “alternativo” que yo tenía que pagar. Maldita cerda...- empezó a toser. 

La anciana enfermera tomó su mano y la alzo. Sus ojos lanzaron las palabras “Termina tu historia”. 

Con lágrimas en los ojos, el moribundo hombre prosiguió: Huí como pude, pero aun así dieron conmigo. Las redes internacionales de esos malditos están vigiladas por quien menos te lo imaginas. Enfrenté los juicios de los que los otros idiotas de mi partido se habían salvado y me dejaron vivir, solo para limpiar mi mierda y darme un ultimátum. Mi último viaje en carretera termino en esto. Te cuento esto porque sé que nadie te va a creer y no espero que me creas, pero al menos trate de ser un buen hombre al final, pero eso no sirve. Debes ser bueno desde el principio- dijó. 

La enfermera con su pulcro uniforme tomó la mano del hombre y puso algo dentro. La mirada incrédula del político se llenó de horror al ver lo que tenía entre su palma.  

-Cuando era muy niña- empezó a relatar Ana Sofia- encontré este anillo en el closet de mi padre y como no lo conocí, decidí llevarlo conmigo toda la vida. Me preparé para ser enfermera y cuando entré a este hospital, un directivo reconoció el símbolo del añillo y me llevó a su oficina junto a dos enfermeras más y nos habló del “Protocolo 1”. Al principio creí que era un mito y hoy, a un mes de retirarme, veo que todo tiene sentido- dice mientras se acerca al respirador y empieza a manipularlo.  

Los ojos del corrupto hombre se llenan de lágrimas de terror, su tos se agravó y su cuerpo quería moverse, pero no lo logró “Y pensar que esta mañana creí que moriría sin cumplir el destino de mi padre y que no saldaría su deuda con “El Club”. Después de todo, estoy aquí para silenciar a los soplones” 

Publicado la semana 2. 07/01/2019
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