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John Charlestein

El Gordo Sabio

El Gordo Sabio 

En la cima de una montaña, donde antes había casas y ahora nada, se erigía la figura del Gordo Sabio. Sentado en una postura incómoda para su cuerpo, pero ideal para su espíritu y meditación veía con desdén el apocalipsis qué sea había tragado a la humanidad junto con la dicha, el regocijo y el pudor. 

Salvajes, avariciosos y poco inteligentes, los humanos sobrevivían cada día a duras penas, no sin antes haber matado a uno y a otro. Una jungla de violencia errática. 

El Gordo Sabio veía lo qué era el mundo sin ser molestado. Nadie se atrevía a subir a la cima porque la energía para llegar hasta allá era inconseguible con comida cada vez más escasa y pocos pozos de agua sin contaminar. 

Meditando y apenas respirando, recordaba los mejores tiempos. Hace eones, casi en su media adolescencia, fue conocido como el Gordo Triste. Su cabello cubría uno de sus ojos y tenía pensamientos suicidas y un gran sentimiento de vacío. A pesar de eso tenía un amigo: El Hombre Duro. Ambos sabían qué la vida, de no haberse encontrado casualmente compartiendo asiento, hubiera sido muy diferente, y quizá el destino de la humanidad fuera otro. 

El tiempo distanció a ambos para no volverse a ver hasta la crisis. Para entonces el Gordo Triste había aprendido miles de cosas. Su mente se volvió un mar de conocimiento, pero su arte preferido fue el de domar dragones. Estos servicios fueron solicitados para deshacerse de las criaturas diabólicas qué llegaron surcando el cielo en círculos de fuego y metal. 

Los dragones eran derribados uno a uno, mientras el Gordo Triste no sabía qué hacer, al ver qué sacrificar a cada uno de sus amigos y colegas alados no rendía ningún fruto. Las fuerzas del cielo ahora se manifestaban cómo seres tentaculares y muy grandes qué aparecían desde los círculos en llamas qué volaban por todos lados. 

Cuando un terrible tentáculo aplastaría al Gordo, cuando un haz de luz interrumpió su paso para cortarlo de tajo. El Hombre Duro, había pasado años entrenando para ser un Mago Caótico, y ahora su magia protegía al Gordo Triste.  

Ambos se vieron con ojos de nostalgia y sus manos se estrecharon en un saludo fraternal. Las criaturas monstruosas descendieron para arrasar con todo mientras ellos volvieron a la batalla. 

La actitud de las bestias era muy extraña. Parecían tratar de robar conocimiento porque destruían y absorbían centros de ciencia, bibliotecas y museos y eran muy selectivos con las personas qué atrapaban en sus tentáculos. 

Una de las bestias iba directa sobre el Gordo Triste qué no podía defenderse al tener a sus dragones protegiendo a los demás seres humanos. Mientras el Gordo huía, el Hombre Duro luchaba para evitar que atraparan a su viejo amigo así que lo teletransportó a la cima de una montaña. 

Al desaparecer todo rastro de conocimiento solo quedaba la mente del gordo con sus enciclopedias ancestrales memorizadas. Sus dragones ahora muertos ya no podían protegerlo. Su pensamiento fue el del sacrificio y se lo hizo saber al Hombre Duro. 

Aquel mago insistió en pelear, pero no logró convencer al Gordo Triste, quien se posó sobre una roca y empezó a meditar. Su mente resplandecía incluso en pleno día. Las bestias se movían cómo feroces pirañas hacia él, escalando la montaña con fiereza. El mago solo veía la escena, atónito. 

 “Siempre te voy a querer, amigo” dijo el Gordo Triste. Al estar a punto de ser atrapado, el mago caótico conjuró un hechizo y transfirió toda la sabiduría del Gordo Triste a su mente y se atravesó a los tentáculos y con una explosión gigantesca, la tierra donde vivían se convirtió en un árido paraje de muerte. 

La mente del Gordo se llenó de pena al recordar, cómo su gran amigo se había separado para protegerlo. Tras los años el escuchó susurrar en el viento su nuevo apodo: El Gordo Sabio, quien libero a la tierra del cataclismo de los tentáculos, pero él sabía qué era una mentira. El ya no era sabio y su amigo fue quien salvo a todos por salvarlo a él. 

Por eso no baja de la montaña. Por eso pasa todos los días meditando. Está esperando a su amigo, porque el conocimiento no vale nada si no lo compartes. 

Publicado la semana 17. 22/04/2019
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