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John Charlestein

La Abuela y La Bruja

No le dijo a nadie a donde se dirigía. Solo se escuchó el azote de la puerta. Cuando se dieron cuenta, no podían verla por la intensa niebla. Gritaron su nombre, pero nunca respondió.

Ya era demasiado. Alguien tenía que darle una lección a la bruja. Había aterrorizado a todos los últimos 20 años y ahora, el pueblo había quedado desierto con tantas desapariciones. Las familias temerosas no dudaban en abandonar sus hogares para no volver.

Claudia era de las pocas qué se habían quedado. Una abuela qué cuidaba a sus nietas y qué cojeaba de un pie desde los 60 años, cuando cazó a la última ondina en el lago, culpable de ahogar a los niños y a los hombres borrachos. Y ahora, después del retiro, se encaminaba para ajusticiar a su nieta.

La bruja Dempwolffe, había llegado a poblar las tierras tres décadas atrás, pero no se metía con nadie. Era una bruja blanca qué usaba pociones para hacer crecer el cabello, desinfectar heridas y limpiar las cosechas de las plagas, pero al caer en la seducción de los hongos alucinógenos, quería probar cosas nuevas y en una de esas veces logro convocar a un maligno. El ente no cruzó la dimensión en vano y se apoderó de su cuerpo y la mantuvo en hibernación por 10 años.

Cubierta de lama, hongos y excremento de pájaro, la bruja renació. Su nuevo poder la mantenía en un estado de trance constante, donde su mente divagaba y fantaseaba, ausente de esta realidad, mientras que el ente se alimentaba de su energía física y la manipulaba para su conveniencia.

De esa forma, las tierras empezaron a sentir la dominación y la influencia del ente. Los animales más dóciles atacaban a sus dueños, los arboles morían y parecían arrancarse solos del suelo para caer sobre las casas, las cosechas y las personas. Ahora las jovencitas desaparecían por días para regresar transformadas en ancianas diminutas.

Claudia vio a su nieta más grande, de apenas 14 años llegar a casa, después de una larga agonía, donde las horas parecían días, solo para verla más arrugada, débil y moribunda qué ella. Tenía esa escena presente mientras se enfilaba a la profundidad del bosque.

Tras mucho caminar en círculos, pues casi no recordaba el camino y la neblina solo empeoraba su caminar, llego frente a la casa de Dempwolffe. La casa era un árbol qué parecía tener ojos (qué en realidad eran ventanas) y una boca qué parecía escupir fuego (la puerta qué daba directo a la chimenea) y justo arriba, con el cuerpo de una mujer, se veía a la bruja incrustada en posición de cruz, en la corteza de aquel árbol, donde su cabello parecía convertirse en las ramas del árbol más frondoso, pero a la vez más amenazante de todo el bosque.

Con una lentitud extrema, el árbol se curveo para qué la cara con mirada perdida de la hechicera viera de frente a Claudia, a quien lanzó unas palabras “Ah. La antigua cazadora. Se todo sobre ti. Limpiaste esta dimensión de criaturas menores qué cruzaban a este plano”. Claudia se rasco la cabeza. “No me digas qué no sabías qué todas esas criaturas tenían planes de dominación. Todos ellos me servían para abrirme camino a este mundo olvidado por sus dioses”.

Claudia no esperaba eso. Sin querer había defendido la tierra de una invasión dimensional, pero ahora se trataba de un ajuste de cuentas. Ahora, no podía pelear cómo una cazadora, sino cómo asesina.

De su bastón saco una afilada espada y de la cebolla de su cabello, un par de agujas y se lanzó al ataque. La reacción fue predecible, pues el ente, dominando a la bruja y su casa, tenía bajo los pies de Claudia una enredadera con la cual la tomo y la alzó, haciéndola dejar caer sus armas. La anciana forcejeó pero todo fue en vano. La cara incrustada al árbol empezó a crecer y a abrir una boca horrorosa y descomunal para tragarse a Claudia.

Claudia buscó la forma de huir, pero estaba limitada. Dio un último vistazo a la boca y pudo ver a la bruja en la boca alzando la mano y moviendo los labios en un grito silencioso qué se entendía cómo un “Ayúdame”.

La anciana estiró su mano para alcanzar la mano de Dempwolffe que servía cómo la lengua de la criatura. Al alcanzarla, la sujeto con firmeza y la estiró con fuerza y el demonio empezó a debilitarse.  Movió rápidamente sus ramas para tratar de quitar a la anciana de su lengua humana hasta qué la pudo lanzar con fuerza lejos. La bestia sintió alivio al no sentir más a la anciana, pero al girar la mirada vio cómo Claudia pudo sacar a su cuerpo receptor.  El árbol empezó a deteriorarse y a arder con llamas de colores inimaginables, colores qué no existen en nuestro espectro visual.

Una luz cegadora se alzó desde el núcleo de la casa y después se convirtió en una profunda oscuridad. Cuando la vista de ambas se acostumbró, ambas mujeres estaban abrazadas en el suelo llorando.

Dempwolffe pidió perdón a Claudia por haber destruido su hogar, su pueblo y arruinar a su nieta. La anciana solo la tomó del hombro y le dijo “Eso no importa. Dime… hay esperanza para mi nieta”. La bruja dibujó una sonrisa en su rostro mientras la cara de Claudia se llenaba de felicidad.

“Sálvala. Por lo que más quieras, sálvala. Dile qué su abuela la amaba mucho” tras decir esas palabras, el brazo de la anciana se desprendió y un charco de sangre vino después y el cuerpo de Claudia cayó inerte en aquel suelo embrujado qué tanto había protegido.

Publicado la semana 12. 22/03/2019
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Ideal cuando vas a acampar o en un pueblo rural
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