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John Charlestein

Cigarrillo - Side Story

Huong, el abuelo de las chicas había llegado ebrio, como de costumbre. No soportaba qué esa plaga de robots, qué llamaban “automatización” le hicieran ganar menos dinero. Él pensaba qué los robots no necesitaban propinas, así qué todas eran para él, pero el nuevo sistema de las mesas, las dividía de forma proporcional y al le tocaba mucho menos.

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Estaba seguro qué las cajetillas de cigarros, le duraban cada vez menos. Él era muy orgulloso y no le gustaba pedir, pero ese día deseaba uno de verdad. Se acercó al lavaplatos del restaurant de enfrente: “¿Te importaría compartir un cigarrillo conmigo?”

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Las chicas, temerosas del viejo Huong, habían estado tomando uno o dos de la cajetilla y tirándolos por la cañería del baño, así su salvaje acción de ebrio de quemarles sus espaldas, dejaría de pasar, especialmente con el aumento del costo de los cigarros.

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Charló brevemente con su único compañero de fumar. Dejó la mitad de su cigarro y lo guardó.  “Para más tarde”. Volvió a su turno, el cual a partir del receso, era monótono y lento, a pesar de lo pesado qué se ponía el trabajo en la hora qué los oficinistas llegaban a relajarse.

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Casi derribó la puerta y un mueble cuando entró. Se tambaleaba. Las chicas lo veían juntas, tomadas de las manos con mucho miedo. “Niñas. Espero hayan hecho la cena” dijo balanceándose de lado a lado hasta caer en un sillón. Una de las jóvenes le acercó la mesa mientras la otra le servía en su plato. Los temores de las chicas crecieron al ver qué encendió el cigarro. “¿De dónde saco ese tabaco?” pensó la que servía la comida.

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“Antes había buenos tiempos. Cuando uno se relajaba y podía costear sus propios cigarros y el esfuerzo de su espalda ponía en pan en la mesa. Ahora estas máquinas… lo hacen fácil para el qué tiene dinero, pero para quien no lo tiene” le decía a su compañero de cigarro ese día.

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Huong intentó prender el televisor, hasta qué una de sus nietas le dijo que tenía el control al revés. El anciano la tomo del brazo con mucha fuerza y la jal´. “¿Crees ser más lista qué yo? Quizá sea así, pero soy más fuerte y tengo el cigarro” decía mientras acercaba peligrosamente la lumbre al brazo marcado de su nieta.

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Mientras servía los platos, pensaba en cómo alimentaria a sus nietas mientras mantenía su vicio. “Espero qué hoy no me gane la tentación. Ya no quiero beber” decía, pero al cobrar el cheque, olvidó su propósito.

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“Ahora” gritó una mientras la otra dejaba caer la comida caliente en la cara de su abuelo. El abuso, la tortura y la desdicha se acaba aquí. Morir no sería tan malo después de darle una lección al viejo. Las chicas usaron todo lo que tenían para noquearlo hasta dejarlo muerto. Ahora estaban solas, pero a salvo.

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“Gracias por un día más hijo” gritó.

Publicado la semana 10. 05/03/2019
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