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Fernando Llor

Campeón - Géneros Cinematográficos VIII - Deportivo

Aquella noche ocurrieron cosas terribles. Mientras Jack Dempsey se proclamaba campeón del mundo de los pesados en tan solo tres asaltos, y tras haber derribado siete veces en el primero al enorme Willard, Richard Friedkin, un corredor de apuestas de poca monta, se aseguraba un botín de más de cuatro de los grandes después de haberlo amañado todo.

Willard, de nombre real José Villar e hijo de un campesino navarro emigrado en busca de oportunidades, era un boxeador inmenso para la época, medía más de dos metros, tenía un rostro duro marcado por cicatrices y la prensa lo había nombrado años atrás como “la gran esperanza blanca”, el único capaz de derrotar a Jack Jonshon “el Gigante de Galveston”, el afroamericano que había “usurpado” el título mundial.

El combate, pactado a cuarenta y cinco asaltos, termino por KO en el 26. Willard alzó los brazos victorioso, mientras Jonshon salía por la puerta de atrás del Coliseo de la Habana, y según decían algunos presentes, se quejaba amargamente. Decía haberse dejado No le faltaba razón.

El caso es que Willard, un boxeador de más de treinta años, con combate amañado o sin él, se movía como si tuviese veinte y golpeaba como dos de veinticinco. Era una bestia, resultaba atractivo y no tenía ningún reparo en ocultar su origen hispano.

Hasta que la bomba saltó. Un periodicucho de segunda con pretensiones de gran gaceta deportiva publicaba la exclusiva: “el título que pasó de los negros a los latinos”. Cualquiera que viese de cerca a Willard diría que se parecía más a alguien de San Petersburgo que a alguien de la República Dominicana, pero ya no había vuelta atrás.

La noticia se extendió y entre la burguesía y los señoritos resultaba casi igual de hiriente que el título estuviese en manos de un español que de un negro.

Había que fabricar un campeón. Ahí entraba Friedkin. Con apenas catorce años consiguió convencer a dos prostitutas para que robasen a una tercera y le diesen parte del botín. Un año más tarde vendía tabaco de contrabando en su barrio y apenas unos meses antes de la llegada de la ley seca, él ya había conseguido almacenar varias barricas de whisky. Era un experto estafador, un tipo poco fiable y el elemento perfecto que buscaba la federación.

En un comité celebrado en el sótano de un tugurio, los mandamases del mundo del boxeo se reunían con Friedkin para crear el engaño más grande de la historia del campeonato de los pesados.

Friedkin conoció a Jack Dempsey una noche de Enero de 1.918. Durante un par de horas estuvo siguiendo sus pasos y cuando le vio entrar en un bar se le iluminó el rostro. Desde la penumbra de una esquina, Friedkin observaba cómo Dempsey no paraba de beber sin que el alcohol le afectase lo más mínimo. Se mantenía erguido como un militar y eso le dio la idea.

Setenta dólares le costó convencer a un borracho para que se acercase a Dempsey y le insultase. El pobre hombre se acercó, agarró de un hombro a Jack y a voz en grito le dijo: “el otro día me acosté con tu madre, amigo, y olía peor que una letrina”. Antes de tomar aire para seguir hablando, el borracho estaba en el suelo, tenía tres dientes rotos y el dueño del local le pedía desesperado que se largase de allí. Mientras tanto, Dempsey seguía bebiendo.

—Tienes buena mano, amigo— le dijo Friedkin al acercarse y sentarse a su lado —te seré sincero, yo convencí a ese tipo para que te dijera esas cosas.

Dempsey apuró un trago y miró de reojo antes de decir nada.

—¿Quieres acabar como él?

—No, no, tranquilo, colega, vengo a hacerte rico.

Un tipo como ese, acostumbrado a tratar con pistoleros, mafiosos y calaña en general, lo tenía muy sencillo cuando se trataba de convencer a un hombre sencillo como Dempsey. Le habló de dinero, de fama, de deporte y de honor.

En apenas un año, Dempsey se puso en forma y con ayuda de los árbitros y el beneplácito de la federación, fue subiendo escalones hasta poder disputar el campeonato a Willard.

Un novato, con pocos más de diez combates y con la alargada sombra de la sospecha siempre sobre él, era el indicado. Y lo era por una sola razón. Era estadounidense. Patriota, de pura sangre, de familia de militares y con la bandera en el jardín. Así que ya solo faltaba el combate.

El 4 de julio de 1919, en un teatro repleto, Dempsey asumió la responsabilidad que su país le reclamaba. Willard era más grande, pegaba más fuerte, era más ágil y conocía mejor el ring. Pero Dempsey llevaba consigo a toda la nación y eso era suficiente para ganar, y sobre todo para no fallar.

Con el primer derechazo, el inmenso Willard cayó. No es que se tambalease un poco, no es que le temblasen las piernas. No. Con el primer golpe, Willard besó el suelo. Se levantó, aguantó un par de embestidas más y a partir de ahí vivió un infierno. Cayó seis veces más antes de sonar la campana. Y el árbitro no paró el combate. Su entrenador no paró el combate y ni siquiera el médico, aún viendo los destrozos que le estaban haciendo, paró el combate.

Con tres costillas deshechas, la nariz y varios dientes rotos, Willard cayó de nuevo en el tercer asalto y aunque quiso levantarse de nuevo, no pudo. El combate había terminado. El recién llegado había derrotado al coloso. Esa noche, la del 4 de julio, los fuegos artificiales, las banderas y los himnos fueron más brillantes que nunca.

Dempsey estaba eufórico y Friedkin, veinte veces más rico que el día anterior, saltaba de alegría. El momento se sostuvo durante años y solo se empañó durante un par de minutos. Los que tardó el nuevo campeón en sacarse los guantes. Los tornillos que cayeron del interior resonaron al tocar el suelo del vestuario. Dempsey se apenó, era un tramposo, había destrozado a Willard, le había dado una paliza y lo había hecho de la peor manera. Pero poco le duraron los remordimientos.

Al poco de hacerse con el título, el campeón fue convertido en un héroe mediático, hizo películas, lo entrevistaron en todos los grandes magazines radiofónicos, lo envolvieron en la bandera y lo llevaron a hacer demostraciones a colegios, institutos y barracones militares. Era el producto que siempre habían necesitado.

El boxeador perfecto, enamorado de su país y blanco. Sin mácula posible, completamente blanco.

Publicado la semana 8. 24/02/2019
Etiquetas
Relato, cine, boxeo
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