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Fernando Llor

Trampa - Géneros Cinematográficos VI - Fantasía

Todo había sido una trampa.

 

Invitado por quien decía ser el mago más poderoso de todos los tiempos, Ulem Yarík acudió al evento que pondría a prueba sus capacidades. Si demostraba, él o cualquier otro de los contendientes, que superaba en el dominio de las artes místicas a Jarión, recibiría un premio doble. Por un lado el Ojo de Rainalor, el único amuleto capaz de contener el fuego mismo del Infierno, y por el otro, el título de Grande entre los Magos que le concedía el asiento más importante en el Gran Consejo.

 

Pero todo era un engaño. Habladurías baratas para convencer a hechiceros pretenciosos. Ulem lo intuía. No se llegan a comprender ciertas leyes del Universo si uno se deja engañar a cambio de baratijas y promesas de poder. Y aún así sentía la necesidad de saber de qué trataba todo aquello.

 

Llegados de todas partes del mundo, uno por uno fueron derrotados todos los contrincantes de Jarión. Acudieron hechiceras metamorfas convertidas en panteras, gurús de tierras orientales que jamás tocaban el suelo, chamanes de las junglas olvidadas. Y todos sucumbieron ante el organizador de la contienda.

 

Apenas tenía que esforzarse. Eso sí, a todos y cada uno de ellos hizo sangrar. Apenas una gota. Y ahí estaba el truco. Sin que nadie lo supiese, Jarión se había convertido en Nigromante, pervirtiendo y profanando todas las leyes mágicas.

 

Ulem se dio cuenta tarde. Las gotas de sangre empezaron a agruparse al grito de: “¡Barak!” que pronunció Jarión en la lengua prohibida. Y a la voz de “¡Sumat!” se convirtieron en una bola roja cristalizada que al instante brillaba sobre su vara.

 

Aquel ser inmundo, aquel loco provocador, había ignorado toda la tradición y estaba a punto de destruirla:

 

—¡Basta, Jarión! Ya has ofendido suficiente a los Dioses— gritó Ulem Yaríc tratando de detener lo que iba a pasar.

 

¡Calí, narasatana hum drobá! —o lo que es lo mismo— ¡Subid, regresad todos ahora!— respondió el Nigromante en la lengua infame.

 

Y el suelo se abrió mientras el cielo se ponía negro. La bola formada por la sangre de los magos más poderosos del mundo refulgía de manera intermitente. De la grieta surgieron hombres y mujeres muertos en batalla y ataviados con armaduras para librar otra.

 

Ulem, trató de contenerlos, quiso cerrar aquella puerta hacia el averno. Intentó cada uno de los hechizo que conocía y fracasó. Quizá si lo hubiese intentado antes, si hubiese averiguado antes las intenciones de aquel loco, pero ahora ya no había solución posible.

 

Jarión sonrió una última vez con una mueca desagradable. Miró a Ulem desafiante y dijo casi en un susurro:

 

—No creo que volvamos a vernos — y tras una leve risa — ¡Kyré, da namar!

 

Y su cabeza se desvaneció. Sobre él se formo una potentísima luz que cegó a Ulem e incluso a los muertos renacidos. Así se mantuvo un instante, justo antes de romperse en cientos de haces diminutos, uno para cada engendro de los que habían llegado desde el averno.

 

Y se desplomó, el cuerpo decapitado del Nigromante Jarión cayó al suelo dejando poco más que una gran nube de polvo.

 

Ulem Yaríc, por primera vez desde que se había iniciado en el dominio de las artes místicas, sintió miedo. Ahora no tenía un solo enemigo, tenía cientos y todos ellos con un poder inmenso.

 

La trampa había funcionado y la batalla se presumía intensa.

Publicado la semana 6. 08/02/2019
Etiquetas
Relato, cine, Fantasía
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