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Fernando Llor

Barco - Géneros cinematográficos II - Gángsters

Huele a podrido. Es una mezcla entre humedad, sudor, vómito y enfermedad.

No sabría decir cuánta gente hay aquí abajo. Mi familia tuvo que conseguir ciento cincuenta dólares para un hueco en la bodega del barco. No he contado cuántos somos, pero seguro que más de trescientos entre italianos, griegos y algunos españoles. Eso es muchísimo dinero.

Antes me pareció ver a un chico que conozco aunque cuesta mucho ver bien con tan poca luz. Creo que es el hijo de la familia Baggio, el moreno, al que le falta un dedo. Jugábamos mucho al fútbol hace un par de años. Una vez vino un tipo a mirar, dijo que era un asistente del Nápoles y tenía que ver a chicos por los campitos para formar una escuela. Yo creo que era un tipo raro sin más, un hombre de esos que se quedó sin trabajo y como dice Alfonso: “mata el tiempo para no matar cualquier otra cosa”. A Roberto le comentó que tenía mucho talento, que podía llegar muy lejos, a mí… a mí me hacen quedar de portero hasta cuando jugamos sin porterías.

Mamá dice que lo del dedo del chico fue un accidente con una lata de aceite que se resquebrajó. Papá, casi susurrando, me contó que su padre tenía una deuda con Falccine y tardó demasiado en pagarla y que utilizaron al hijo para pagar los pecados del padre.

Ahora todo eso da igual, vamos a New York. Todos dicen que allí hay un montón de oportunidades. Que puedes ser lo que quieras en América. Aunque no sé, viendo lo que hay aquí abajo… se hace difícil pensar en un mundo ideal cuando alguien vomita cada veinte minutos.

Papá estuvo hablando con el tío Claudio. Tiene reservado para mí un puesto en la frutería, así que me tocará cargar cajas y vender naranjas. No me apetece mucho, me gustaría poder dedicarme a algo artístico, pero eso solo provoca burlas cada vez que lo digo. Se ríen y sueltan cosas como: “sí, claro, Alberto Bandini, el nuevo Casanova”.

Hay algo en lo que Mamá no deja de insistir, me lo repite cada vez que nos quedamos a solas. El otro día, al volver de la pescadería, antes de llegar a casa, me arrinconó contra una pared. Yo no entendía qué estaba haciendo, me puso una mano en el pecho y con la otra empezó a señalarme muy agresiva.

—No se te ocurra hacer nada que no sea honrado, ¿capito, Alberto? —y mientras lo decía me amenazaba cada vez más— nunca hagas nada que dé vergüenza a tu madre.

Creo que en América también hay gente como Falccine y que ella no quiere que acabe como el chico Baggio. Pero eso a mí no me va a pasar.

Hace unos meses, cuando estuvo aquí Paolo, el hijo mayor de Claudio, me explicó que en América, ahora mismo se vive un gran momento. Él dejó la frutería y se estableció por su cuenta. No supo explicarme muy bien a qué se dedica, solo me contó que hace que todo el mundo tenga lo que más desea. Y terminó con una oferta: “cuando te canses de pasarle un trapo a las manzanas, ven a verme, siempre tengo un hueco para chicos a los que aún no les sale el bigote”.

No sé qué haré, es muy difícil hacerse ilusiones aquí abajo entre sollozos y malos olores.

Publicado la semana 2. 07/01/2019
Etiquetas
Relatos, género, cine, gángsters
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