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Fernando Llor

Kumara - Cap. VI

Cada vez que daba un golpe en la mesa me hacía sentir más pequeño. Por momentos me daban ganas de abrir el cajón, sacar el revólver y empezar el reencuentro familiar disparándole en una pierna. No le odiaba, solo quería que me dejase en paz.

 Kosuke había dominado los negocios del Clan Sanaka en la otra parte del mundo. Además lo había hecho como papá nunca se atrevió, uniéndose a las Corporaciones, haciendo que todo fuese legal o que al menos lo aparentase. Es repugnante. Nuestro nombre vinculado a todo aquello que nos convirtió en ratas, en jodidas ratas de túneles putrefactos.

—Se acabó, Motofumi— gritó y golpeó la mesa una vez más —mira a tu alrededor, fíjate bien, ¿qué hay más bajo que esto? ¿Es que aún te crees las leyendas de tu padre? ¿Piensas encontrar al dragón y su tesoro?

 Condescendencia. Lo que me faltaba. Debería ignorarle, decirle que estoy cansado, que han sido unas semanas muy duras y que vaya a molestar a alguien que quiera atenderle. Pero ahora debo ostentar mi poder, soy el nuevo patrón, él podrá ser rico, podrá rodearse de la gentuza de las Corps, de mujeres sintéticas bellísimas y beber las mejores imitaciones de los mejores vinos españoles del siglo XX. Todo eso no importa, el patrón soy yo.

—Agradezco tus consejos, primo— tomé un poco de aire antes de seguir —de verdad, estoy realmente agradecido por que hayas abandonado tus importantes negocios para rendir homenaje a la figura de mi padre.

—No he venido por eso.

 Vaya, no me lo imaginaba...

—Motofumi— por primera vez relajó el tono, se levanto, se acercó y colocó una mano sobre mi hombro, el sintético, el bueno —ha llegado el momento de buscar un nuevo rumbo, la familia debe adaptarse a un mundo nuevo, hay muchos cambios, muchas posibilidades y aquí... aquí ni siquiera os habéis enterado.

—¿Familia?, ¿de qué hablas, has estado viendo películas viejas?

 Me levanté apartando su mano con firmeza. Traté de explicarle con muy buenas palabras que no iba a aceptar los designios de nadie y si el Clan muere conmigo que así sea, pero no pensaba  permitir aventuras que destruyesen la tan laboriosa trayectoria de mi padre. Puede parecer insensato, incluso estúpido, pero no había nadie más cercano a mi padre que yo. Sé muy bien qué es lo que hubiese querido y todo lo que le habría parecido una aberración. No quiero tratos con las Corporaciones, no quiero Sints más allá de lo necesario para nuestras actividades y no creo en falsas proclamas de aperturismo y legalidad. Todo eso es más viejo que todos los Kumara juntos.

 No le gustó mi discurso. Se puso como loco y dio tres o cuatro vueltas dando aspavientos antes de salir dando un portazo. Volvió a entrar en un segundo con una de las chicas que se había traído al funeral. No sé quienes eran, me imagino que una especie de putas o guardaespaldas. Puede que las dos cosas.

—He intentado hacerlo bien, te juro que lo he intentado— dijo, justo antes de agachar la cabeza —¡Fuego!

 Mierda. Solo duró un instante. Gritos, los gritos de Josef, de su mujer, de su hijo, de Rika, de todos. Les había acribillado. Aquellas fulanas que le acompañaban les habían disparado a sangre fría llenando de sangre el velatorio de mi padre. Me quedé en shock, durante un instante no supe cómo reaccionar.

—Mira, Motofumi, sé que no lo vas a entender y que no nos vas a apoyar, pero esto es el futuro.

 Acto seguido se colocó detrás de aquella mujer, le apartó las asas del vestido y lo dejó caer. Estaba completamente desnuda. Kosuke, bajó las manos hasta su pecho, justo debajo de los senos, como si fuese a agarrarlos y no entendí nada. Acababa de matar a los pocos miembros leales del Clan y ahora estaba metiendo mano a una chica en mi despacho. Pero no, no era eso. Tras presionar  un poco con los dedos el pecho se abrió. Como si fuese una compuerta de dos hojas, el pecho de aquella chica dejaba ver un entramado tan curioso como descabellado. Cables, tubos de diferentes fluidos, pulmones recubiertos de una seda metálica muy fina y allí, donde se supone que debería estar, un corazón humano bombeando.

—Pero...

—¿Lo entiendes ahora? ¿Comprendes en qué llevamos tantos años trabajando? Es el futuro, primo, híbridos completos. Ya no se trata de Sints y Humanos, mira esto, míralo bien.

 Pum—pum, pum—pum, pum—pum.

Cómo coño hemos podido llegar a algo así. ¿No hay nadie que marque un límite, ya no existe una ética? Tienen recuerdos pueden engendrar, hicimos que distinguiesen el bien del mal para dejar en sus manos su destino. Pero no era suficiente. Nunca lo es.

—Rens, es nuestro futuro. Así seremos todos. Conciencias renacidas en cuerpos humanos mejorados. Hasta los Sints lo prefieren. Se acabaron las guerras por el control, las tonterías, la dualidad, se acabó elegir qué es mejor, se acabaron Las Arenas, la esclavitud de unos y otros. Rens, Motofumi, Rens. Con corazón, con cerebro, con conciencia y con lo mejor de los Sints, con una bomba NaK, con la capacidad de aprender cualquier cosa con un implante de software. Ni Humanos, ni Sints, ni híbridos, solo Rens. 

 Locos. Nos hemos vuelto locos. 

Saqué el revólver del cajón. A través del brazo tracé un disparo perfecto, tardé dos segundos en dibujar una trayectoria calculando el punto de impacto, la ligera desviación del cañón y el tembleque de mi pulso. Disparé al corazón de... de aquella cosa. Kosuke gritó como si fuese a impedir algo con la potencia de su voz. La fuerza del proyectil reventó todo el pecho de la chica y los lanzó a ambos contra la pared. Llegaron enseguida las otras cuatro y me encañonaron.

—No tengo muy claro qué sois— perdí los nervios, lo reconozco —¡pero sé bien qué eres tú, Kosuke, eres un traidor! ¡Llegaste aquí insinuando que vivíamos como ratas y tú eres la peor de todas!

 Mientras hablaba trataba de diseñar una cadencia de disparos que me permitiese disparar a los cinco antes de que alguna de ellas me volase la cabeza. No había casi probabilidades. Así que opté por algo diferente. Imaginé que si esas muchachas eran el jodido ser definitivo tendrían un espacio en sus vidas para la lealtad, así que ordené a Kosuke que se levantase y viniese conmigo. Le encañoné, él les mandó bajar las armas y caminamos hacia los túneles. Ellas nos siguieron, muy de cerca.

—Puedes dispararme, Motofumi, eso es algo que aún no entiendes. No pasará nada, mi conciencia viajará a un cuerpo nuevo, uno mejor, uno que ponga fin a esta batalla absurda de unos contra otros y nos convierta a todos en iguales.

—¿Ah, sí?, me encantaría ver como sucede eso con tus sesos por el suelo.

—Eres un ignorante, primo. Tu padre lo sabía y por eso nunca te lo dijo, tu padre acaba de renacer, está con nosotros y con tus hermanos...

 Disparé. Me salió del alma. Coloqué el revólver bajo su barbilla y apreté el gatillo. Le volé la cabeza. Sus sesos se esparcieron por todas partes, por la pared del túnel, llegaron hasta las chicas, en mi cara, en mi ropa, por todos lados. Sus putos engendros se acercaron, rodearon su cuerpo muerto, se acuclillaron y se dieron las manos como si fuese algún tipo de ritual espantoso. Levantaron la cabeza todas a la vez y emitieron un sonido agudo y continuo. No sé qué coño era. Una plegaria, un rezo, no lo sé.

 Me di la vuelta y corrí todo lo que pude, tracé una trayectoria fiable entre los túneles para evitar que esas cosas me siguieran. Pero no iban siquiera a intentarlo, estaban ocupadas con su ritual budista de tercera división. Y aún sabiendo que no vendrían, corrí. Tenía demasiado que asimilar como para ir despacio. Acababa de matar a mi primo. Él había matado a los últimos fieles al Clan Kumara.

Mi padre ha renacido convertido en Dios sabe qué. Eso es lo que dijo.

No sé qué creer. Necesito respuestas, pero antes necesito saber qué tengo que preguntar.

Publicado la semana 16. 21/04/2019
Etiquetas
cyberpunk, novela por entregas, kumara
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