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Fernando Llor

Kumara - Cap. IV

Quería quedarme embarazada. Podría haberme acostado con cualquiera de los hombres de papá, estoy segura de que varios de ellos me deseaban, pero eso me convertiría en la amante de un sicario. Eso es una mierda. La hija del patrón convertida en poco más que el objeto preferido de un matarife. Algunos dirían que sería al revés, que él estaría a mi disposición, que sería mi trofeo. Eso es que no saben cómo funciona esta sociedad. Las mujeres no decidimos, no poseemos, no hacemos más que lo que nos dicen y nos mantenemos al margen. 

    Antes de los Sints teníamos cierto poder, controlábamos nuestros úteros y decidíamos cuándo íbamos a continuar la especie. Al menos a mí me gusta pensarlo así. Pero puede que no sea cierto. Puede que las mujeres hayamos estado sometidas tanto tiempo que le cambiamos el nombre a la sumisión. La disfrazamos de empoderamiento y creímos que la revolución había vencido. No sé. Apenas puedo pensar con claridad. Estoy muerta, ni siquiera debería poder pensar. 

    Decidí tener un hijo híbrido. Parece ser que eso rozaba los límites de la moralidad. Papá podía tener cientos de esclavas sexuales con aspecto de niñas de parvulario, eso no le importaba a nadie. Decían que si satisfacía sus perversiones con un Sint no lo haría con una humana de verdad. Mientras se follase inteligencias artificiales en cuerpos sintéticos no habría problema. El debate se creó con la siguiente evolución. Sints varones con la capacidad de almacenar semen. Para los primeros modelos era un efecto estético. Decían que a la gente que se acostaba con ellos les gustaba que eyaculasen, lo hacía todo más real. Hasta que a algún ingeniero se le ocurrió una idea: por qué no hacer que ese esperma fuese real, que tuviese la capacidad de concebir. Y lo hicieron. Hasta los sectores más liberales pusieron el grito en el cielo. Se abría un campo nuevo. Hombres y mujeres reales procreando con Sints. 

    Nadie me apoyó dentro del Clan. Los Kumara —como su nombre indica— son una retahíla de vejestorios con pensamientos arcaicos. No podían comprender que no quisiese vincularme a un padre humano. Que prefiriese utilizar a un Sint al que poder desconectar cuando me diese la gana. Me dijeron que recurriese a la inseminación artificial como se hacía en el siglo XX. Que acudiese a uno de esos repugnantes bancos de esperma y me inseminasen en un quirófano como si estuviese enferma. Estaba sana, era joven, deseable, por qué iba a querer un niño que saliese de una probeta. 

    Tuve que hacerlo por mi cuenta, me escapé. Me fui a Berlín, tardé un día y medio en localizar el modelo de Sint que me interesaba, lo alquilé durante dos noches. Follamos como locos. Le pedí que me hiciese todo lo que incluyese el catálogo. Le dejé muy claro que quería ser madre, así que tenía que inyectarme su caldo genético por el método tradicional. No hubo problema alguno, lo hizo de buena gana. Después guardé su número, le hice tres o cuatro fotos para enseñarle a mi hijo cuando naciese y le dije que ya nos veríamos. Se enfadó, me dijo que se sentía utilizado, que esperaba que al menos pudiese ver a su hijo de vez en cuando. Joder, me reí a carcajadas, pensé que cada vez los hacen más reales. 

    De vuelta en casa se lo conté a todos. Motofumi, como buen hermano mayor, no le dio demasiada importancia, se preocupó por mi y me garantizó que no me pasaría nada, ahora llevaba un Kumara más en el vientre. Papá no se portó tan bien, dejó de hablarme durante tres meses. Aún no puedo comprender que un hombre tan inmoral como él se hubiese ofendido por algo así. 

    Mi vientre se hinchó, me crecieron los pechos y noté la vida dentro de mi. Empecé a darme cuenta de que iba a ser madre. Iba a cuidar a un bebé. Sería responsable de su educación y de su salud. Y lo haría sola. Por eso empecé a informarme todos los días. Me enganché al Caudal desde mi puerto propio, ya casi ni me acordaba de cómo se hacía. Busqué toda la información disponible sobre bebés y encontré auténticos tratados sobre el tema de todas las épocas. Pero casi todos hablaban de bebés totalmente humanos. Y el mío era híbrido. Apenas había información sobre híbridos. Solo maldiciones y condenas de los sectores más puristas. Un asco. 

    Tuve que profundizar mucho en la búsqueda, introducirme en los callejones del Caudal. Eso es lo que me condenó. Acudí a perfiles de manipuladores genéticos, de traficantes de órganos sintéticos y de supuestos expertos en procreación artificial. Mis patrones de pensamiento les parecieron muy jugosos. Una Kumara, la más joven del Clan, paseando sus impulsos neuronales por los recovecos más oscuros del Caudal. Oro puro para quien supiese aprovecharlo. 

    Intentaron abrir una celda. Es algo que los hackers llevan intentando hacer durante décadas. Es un forma de invertir el Caudal. Cuando un usuario accede tiene a su disposición toda la información que su perfil le permita, pero es un canal solo de ida. El Caudal recibe del usuario un nombre, una dirección del puerto de acceso y un índice de velocidad de sus patrones de pensamiento para saber a qué velocidad puede recibir los datos que solicita. Sin esa información se nos freiría el cerebro en un momento, porque entraría todo a la vez y no seríamos capaces de procesarlo. Las celdas pretenden una vía nueva, abrir una compuerta desde la que otro usuario puede colarse y obtener cualquier información que busquen en tu cerebro. Pero es muy peligroso, en la teoría podría llegar a funcionar, pero en la práctica siempre ha fallado. El Caudal interpreta esa apertura como un puerto nuevo y empieza a mandar el doble de información al usuario de la que puede asimilar. Si la celda se cierra rápido todo se queda en un susto, un shock temporal y nada más. Pero si se mantiene abierta demasiado tiempo, el usuario atacado sufre un colapso y muere recibiendo cantidades ingentes de datos. 

    Y así lo hicieron, mientras buscaba diferencias entre amamantar a un niño humano o hacerlo con un niño híbrido, me abrieron una celda, apenas me enteré. Noté nada más que un pequeño pinchazo cerca de la nuca y un mínimo espasmo en un dedo de la mano derecha. Cuarenta y cinco segundos más tarde mi cerebro empezó a morir. Recibí de golpe todas las entrevistas, todos los artículos científicos y las opiniones de todo el mundo sobre la gestación humano—sintética. Supe que me llamaban cerda inmoral, puta nacarada, furcia artificial y lechera del demonio. Me ofrecieron todos los perfiles posibles de niñeras y de asistentes al parto e incluso recibí las cartas de disculpa que mi padre escribió, pero nunca se atrevió a enviar. 

    Me mataron con un tsunami de información imposible de asimilar. Y ni siquiera sé si se llevaron algo por la celda que abrieron. 

    Pero todo eso ya da igual. Acabo de abrir los ojos. Estoy muerta. No debería tener ojos. Floto en una gelatina verduzca. Soy apenas una cabeza, sin pelo, trato de respirar pero es inútil, no tengo pulmones que llenar de aire. Solo soy una cabeza, un busto sobre una pasta blanda. Espera. Algo se mueve. Noto algo que serpentea bajo mi nuca. Muevo los ojos todo lo que puedo y las veo. Son lombrices grises. Muy largas, son como tenias metálicas y están reconstruyendo mi cuerpo. Están creándome de nuevo. No lo entiendo. Soy humana. Al cien por cien. ¿Por qué estoy flotando en esta baba con bichos? Veras tú cuando sepan los religiosos que la muerte es esto. Se enciende una luz. Es muy potente. Blanca. Suenan pasos. Puedo ver y escuchar, joder, los muertos no hacen eso. Espero que no.

—Hola, Azumi— casi no puedo verlo, es un hombre— me alegra que hayas llegado.

    Mierda. Mis ojos se acostumbran al fogonazo, estoy empezando a distinguir la figura del hombre que me habla. Mierda. No me lo puedo creer. Es papá. 

—Tranquila, deja que termine el trasvase, es mejor que lo hagas en calma— me dice muy sonriente. 

—Pe... pero... se supone que estoy muerta, ¿verdad?

—Sí, hija, sí, has muerto. A mí me mataron hace cuatro años ya. Y tu hijo también ha muerto contigo. ¿Pero creías que era tan fácil deshacerse de los Kumara?

    Se ríe. A carcajadas. Se calla de golpe, se separa un poco del recipiente y sale de la habitación. Se apaga la luz. La pasta verdosa refulge y lo llena todo de un brillo muy potente. Las lombrices trabajan cada vez más rápido, ya casi tengo los brazos completos. Noto como tejen mis músculos. Hago un esfuerzo por levantar la cabeza, necesito ver dónde estoy. Me cuesta mucho, los tendones del cuello son nuevos. Lo veo. Frente a mí. Se descuelga del techo como si fuese la vaina de una judía gigante. Es otro recipiente lleno de esta mucosidad y de lombrices mecánicas trabajando a toda velocidad. Están creando un cuerpo. Es un bebé. Es mi niño. Es mi hijo. Estábamos muertos, pero ya no lo estamos. Lloro. Puedo hacerlo porque acaban de crearme un lacrimal nuevo.

Publicado la semana 14. 04/04/2019
Etiquetas
cyberpunk, novela por entregas, kumara
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