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Fernando Llor

Kumara - Cap. III

Peleas a muerte ha habido siempre. Entre humanos, entre perros, gallos, coyotes, robots... Imagino que es una forma de entretenernos pensando que hay algo valioso en juego. Y siempre ha habido apuestas en ellas. Pero lo que ocurre en las arenas es diferente. No sé a quién se le ocurrió el sistema, pero es lo más adictivo a lo que me he enfrentado jamás, y lo digo habiendo tenido múltiples adicciones, desde el Kramp al alcohol pasando por temporadas de enganche al sexo virtual. En las arenas no se apuesta al vencedor del combate. Se apuesta si el que muere es humano o Sint. Imagina. ¿Cómo saberlo? He visto morir a mujeres con tres brazos que eran humanas y Sints desangrados por golpes de hacha como si fuesen gladiadores romanos. 

    Es impresionante.  En cuanto lo descubrí me volví loco. Hasta llegué a participar como luchador. Le pedí a papá que me pagase un buen maestro de artes marciales. Conseguimos uno de los mejores: Jim Sheridan, el encargado de la seguridad de los mandatarios de la RíoCorp. Cada vez que recuerdo sus clases me estremezco. 

    Ni siquiera llegué a verle en persona, pero de haberlo hecho no sé cómo habría reaccionado. Jamás he sentido tanta admiración por nadie. Durante 54 semanas estuvimos compartiendo espacio virtual. Es un tipo súper detallista, en función de cada lección recreaba un ambiente virtual que fuese acorde. Cuando hablábamos del manejo del kendo nos metíamos en un domo japonés y nos vestía con los ropajes clásicos. Cuando hablábamos de artes marciales europeas y del manejo de distintas espadas, nos llevaba hasta un castillo europeo de mitad del siglo XV. Creo que nunca había disfrutado tanto. Recuerdo vagamente las lecciones de español a las que me apuntó papá cuando tenía ocho o nueve años, pero creo que me enganché a ellas porque la profesora me ponía tanto que daba igual lo que me estuviese enseñando, le habría hecho caso de cualquier modo. 

    Tras más de un año de entrenamiento creí que estaba preparado para competir en las arenas. Pero no me metí en la liga oficial, nadie se mete en una competición de este tipo para acabar en la versión bonita y televisada. Si haces algo así es mejor que empieces por lo clandestino, que no sólo puedas morir durante el combate, que puedas hacerlo simplemente por estar allí, que hasta pegarte mucho a las paredes pueda mandarte al otro barrio.

    Fue mi amigo Horacio el que me consiguió un combate en un viejo teatro abandonado. Él siempre me había acompañado desde el colegio. Robamos chucherías juntos, estuvimos juntos en el equipo de NekBall del instituto y participamos juntos en el programa formativo de CorpBleund en Holanda. Siempre estuvimos tan unidos que mi padre le aceptó como si fuese un miembro más del Clan, a pesar de no ser un Kumara y de su aspecto de paliducho occidental.

    Algunos hablan sin parar de sus buenos amigos, aquellos que siempre están ahí para dar un buen consejo y actúan como si fuesen una parte de tu conciencia. Horacio no es así. Horacio siempre me ha azuzado y me ha lanzado contra toda clase de peligros. Se lo agradezco, porque de no haber estado a mi lado, mi vida hubiese sido mucho más aburrida. Cuando le conté que me estaba entrenando para participar en las arenas, se quitó las gafas, me miró en silencio durante un par de minutos y grito: “¡sí, joder, sí, vamos a ganar un montón de pasta!”.

    Tardó solo cinco días en encontrar un buen sitio para arrancar. La inscripción resultó bastante sencilla, debía pagar medio millón de pentels y entregar una muestra de sangre y otra de tejido para que la organización tuviese claro si era Sint o Humano. Me pareció bastante fácil de trampear, si hubiese querido mentir podría haberlo hecho. O eso me pareció, pero cuando fuimos a entregar el material, sin que nadie me hubiese prevenido, dos tipos me cogieron por la espalda y un tercero me puso una pistola de extracción en el cuello para sacar una muestra de sangre. 

—Tienes que entenderlo, muchacho— me dijo el tipo que me había sacado sangre— si no comprobamos bien lo que nos estás dando podríamos meternos en un buen lío. 

    Media hora más tarde nos dejaron marchar con una cita para el combate y un certificado cutre en el que se dejaba claro que soy un Humano.

    Me pasé dos días sin dormir. Aunque parezca increíble no me desvelaba el hecho de jugarme la vida, mis nervios se debían a otra sensación: tenía ganas de matar. Muchas. Y en fin, estoy convencido de que si le hubiese hablado de estas pulsiones a papá lo habríamos podido solucionar de otra forma. Somos el Clan Kumara, controlamos quién vive y quién muere. Pero esto era diferente, iba a matar a alguien con mis manos desnudas y a poner en práctica todos mis conocimientos de combate.

    No fue tan sencillo. Rodeado de un montón de gente que chillaba, sin ninguna separación de ningún tipo con el público y sobre un suelo enlamado; así fue como se presentó mi primer combate. Sabía que Horacio estaba conmigo, ahí detrás en alguna parte y seguro que estaba gritando como los demás, pero una vez que entré en el círculo me olvidé de todo. Vi que los créditos pasaban de mano en mano y cómo el mismo tipo que me había sacado sangre controlaba la situación con sus dos guardaespaldas idiotas detrás. Dijo mi apodo para presentarme, Kova Track, no se me hubiese ocurrido nunca decir que era un Kumara en aquel ambiente. Saludé levantando el brazo y enseguida me metí en mi mismo tratando de buscar la mayor concentración posible. Sheridan me lo repetía una y otra vez: “si peleas desde fuera estás muerto, tienes que pelear desde el interior, solo tú sabes dónde está tu límite, cuáles son tus flaquezas y las fuerzas que te quedan, si muestras cualquiera de esas cosas acabarás enterrado en el panteón familiar”. Ya estaba listo, iba a matar, solo faltaba saber a quién. 

    El tipo dijo su nombre: Sarah Pride, no me importó que fuese una mujer, eso era lo de menos, si estaba allí dentro conmigo es porque quería matar o quería morir, no había más opciones. Pero al verla... me quedé helado, toda mi concentración, toda la filosofía de mi maestro se fue a la mierda. Nadie me había preparado para algo así. Era una niña, una cría de apenas 10 años. Yo llevaba un calzón que recordaba a los grandes mitos del Muay Thai, vendas en las piernas y en los brazos y una cinta alrededor de la frente para que el sudor no me empañase la vista. Ella llevaba un pantalón vaquero roto y una camiseta de un grupo de pop. Tenía que ser una broma. 

    Sonó una campana. La chiquilla se me quedó mirando un instante justo antes de echar a correr hacia mi. Era muy rápida, tanto que antes de darme cuenta soltó un barrido que me hizo caer a la lama. 

    Escuché risas y vítores. En una fracción de segundo sentí como todo un teatro abarrotado de gente se burlaba de mi y, en la fracción de segundo siguiente, la jodida niña me golpeó tan fuerte en el estómago que me hizo escupir sangre. Me levanté como pude y la cría ya estaba en guardia. Desde ese momento en mi mente solo sonó un pensamiento: es un Sint. Es un Sint. Es un Sint. Tiene que ser un Sint. Algún degenerado la creó para engañar a la gente y poderlos matar cuando estuviesen confiados. Sería un modelo sexual de gente como papá con algún módulo de pelea añadido. Es un puto Sint. 

    Me lancé a por ella, esquivó mis dos primeros golpes, pero el tercero la mandó al suelo. Corrí a por ella, quise acabar pronto, pero detuvo mi golpe, me tumbó con una maniobra y me clavó el talón a la altura del occipital. Me abrió la cabeza. Ni siquiera la cinta de la frente impidió que la sangre me cubriese el ojo derecho. Conseguí apartarla y me limpié con una de las vendas del brazo. 

    Quedamos frente a frente y al fin lo comprendí, era un Sint y me iba a matar, la única salida era matarla antes. Dejé que tomase la iniciativa, me lanzó tres patadas bajas, salté, me elevé tanto que podía haberle pasado por encima, pero no lo necesitaba, tenía la altura justa. Lancé la pierna y le rompí el cuello. Noté cómo se partía. Todo el teatro escuchó cómo se le resquebrajó la columna. Cayó muerta al suelo. De nuevo volvieron los gritos. La gente me animaba, Track, Track, Track, decían. El hombrecillo de las apuestas, el jefe de aquel tinglado, se adelantó con un pequeño mando a distancia en la mano, lo accionó y justo encima del cuerpo de la niña apareció una pantalla con dos opciones en ella: Humana y Sint. El tipejo pulsó el botón. Humana. Sint. Humana. Sint. Una luz roja iba cambiando de una opción a otra de forma intermitente. La gente jaleaba cada cambio con un “eh, eh, eh, eh”, el parpadeo se intensificó, Humana, Sint, Humana, Sint, Humana, Sint. 

    Y se detuvo en Humana. 

    Era un niña Humana, era una jodida niña Humana. ¿Por qué coño iba a estar una niña de 10 años en las arenas? ¿Por qué querría morir? ¿Por qué querría matar? 

    Fue mi último combate, mis ansias de matar y de jugarme la vida desaparecieron en aquel instante. Después me enganché a las arenas, me enganché mucho, llegué a apostar una fortuna, pero nunca más volví a participar en un combate. Aquella noche, Horacio tuvo que sacarme de allí, estaba pletórico, habíamos ganado un millón de créditos por la bolsa de la pelea y otro millón más con las apuestas. Le dije que lo guardase, esa noche no quería tocar aquel dinero, acababa de matar a una cría partiéndole el cuello, no me apetecía celebrar nada.

Publicado la semana 13. 28/03/2019
Etiquetas
cyberpunk, novela por entregas, kumara
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