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Fernando Llor

Kumara - Cap. I

Necesito contar algo importante. Importante para todos, para ti, para mí y para mi familia, sobre todo para mi familia. Perdón por las prisas, voy a tratar de contextualizar todo antes de empezar.

Primera estación del año 50. En algún momento se le hubiese llamado “Primavera”, pero ahora es impensable pensar en que exista un momento o un lugar en el que brote vida más allá de las fábricas y los laboratorios.

Nuestro gran problema tenía nombre de cuento: la variable Pinnochio. La creamos para no morir a manos de los Sints, pero nos equivocamos. Ya lo tenían previsto. Ya estoy divagando otra vez… a ver si consigo centrarme.

Hace quince años conseguimos resolver al fin nuestros problemas energéticos y, en apenas una década paliamos la mitad de los efectos de la catástrofe medioambiental. El cielo seguía y sigue oscurecido y la lluvia sigue conteniendo un alto nivel de acidez, pero al menos ya podemos respirar sin necesidad de filtrar el aire. Así que empezamos a ocuparnos de otros asuntos. Nos dijimos que teníamos una cuenta pendiente con la realidad aumentada y la inteligencia artificial. Retomamos las investigaciones donde las habíamos dejado en el XXI.  

Invertimos tiempo y muchísimo dinero en generar nuevas formas de vivir y de emocionarnos. Al principio fueron las comunicaciones, establecimos maneras impensables de transmitir datos a velocidades de sinapsis neuronal. Las computadoras inteligentes del pasado no eran más que un chiste. Ahora los aparatos incluían una Bomba NaK, un circuito de Sodio y otro de Potasio que hacía fluir el reguero de información y además lo aceleraba. Los ordenadores, los teléfonos y las pantallas pensaban con la misma rapidez que nosotros. Ahí empezó todo.

Llevamos la Bomba Nak a la robótica. En pocos años nacieron los Sints: vidas sintéticas con protocolos precisos. Los dedicamos a las labores más peligrosas, se encargaban de la maquinaria pesada, de la extracción de Linium y de comandar exploraciones en solitario a regiones nuevas. Teníamos que haber parado ahí pero no fuimos capaces. Nunca lo somos.

Hideo Watanabi, el padre de la Bomba Nak, empezó a elaborar un programa en secreto: Yukionna. Con él pretendía crear una nueva generación de Sints, para incluirlos en nuestra vida cotidiana. Nada más presentarlo en sociedad, varios colectivos advirtieron de sus peligros. Los ignoramos. Las grandes compañías no dudaron ni un instante en callar las voces críticas con grandes anuncios de prosperidad, evolución y beneficios, grandísimos beneficios. Crearon Sints para la cocina, para la limpieza, para el entretenimiento, para la compañía, para el sexo... 

Podíamos escoger el color de piel o de los ojos, la longitud del cabello, lo definido de los músculos, el tamaño de los pechos o la cantidad de palabras que podían decir al día. Sints a nuestro servicio para facilitarnos las cosas, ese era el espíritu de Yukionna.

Pero Hideo no tenía previsto lo que ocurrió. 

Llegó el mercado negro al mundo sintético. Nuestro Clan, el Clan Kumara, consiguió modificar la composición genética de algunos. Fue un desastre. En el año 44, los Sints cometieron más de tres mil asesinatos que quedaron sin juzgar. No se podía culpar directamente a una vida sintética de sus actos y el rastro para llegar hasta quien había ordenado el crimen era indetectable.

Preciosas mujeres de rasgos asiáticos, creadas para estimular las perversiones de tipos adinerados, se habían convertido en máquinas capaces de degollar, ahogar, apuñalar o cualquier otra forma de matar entre más de mil variantes. 

Tres de las grandes compañías trataron de parar la producción de Sints. Pero la más grande de ellas, la Exum Co. se negó. Argumentó que eliminarlos a todos no era una solución, era un cataclismo y un nuevo desastre ambiental. Había que buscar otra opción.

Watanabi propuso una solución: la variable Pinnochio. Se trataba de introducir en los Sints una pizca de humanidad, algo que los alejase de cumplir ordenes sin más y los llevase a una nueva evolución en la que razonar antes de tomar decisiones.

Para ello había que dotarlos de una memoria sensitiva y emocional, generar recuerdos y enseñanzas que les permitiesen distinguir el bien del mal. No se les daba libre albedrío, pero sí que se les otorgaba la capacidad de decidir antes de cometer un acto atroz y, por tanto, ya se les podía juzgar. Además fuimos implacables, si un Sint cometía ahora cualquier mínimo desliz se le ejecutaba en la plaza pública.

En el 48 el Clan Kumara desistió y dejó de emplear a los Sints para matar, ahora ya no tenía sentido. El mayor de sus Señores, adelantado al resto de la humanidad, decidió apartar cualquier rastro de vida sintética de su organización, decía que en poco tiempo nos arrepentiríamos de tenerlos tan cerca de nuestras familias.

A los pocos meses, la variable Pinnochio se transformó. La manera de incluir a los Sints en sociedad ya no tenía que seguir los viejos protocolos. Ahora, dotados de capacidad moral, ya no era necesario advertir a nadie de que se estaban introduciendo en sus círculos. A tu lado, en el trabajo, en un local, haciendo un viaje o comiendo en un puesto en la calle, podía estar un Sint y nadie tenía por qué saberlo, ya no era información relevante.

Llegó la paranoia: maridos que acusaban a sus esposas de no ser humanas, jefes que hacían limpiezas genéticas en sus empresas, mujeres que desconfiaban de sus propios hijos. Así que se tomó la gran decisión: la variable Pinnochio desaparecería.

Pero no se pudo hacer, los Sints sabían qué se pretendía hacer con aquello. Volverían los tiempos de esclavitud. Limpiar, cocinar, matar y follar sin poder decir nada, sin establecer ninguna condición y sin saber si se estaba haciendo algo malo. 

Y por eso lo impidieron y fueron más allá.

Los presidentes de las corporaciones fueron asesinados en sus casas y sus cadáveres fueron expuestos como muestra de fuerza.

Watanabi trató de convencer a su compañera Sint, de que todo aquello era un error.

La había llamado Yukionna, en honor a su primer programa. Tenía el rostro muy blanco, los labios rojos y los ojos en gris metálico. Había aprendido a disfrutar del baile y de la interpretación y, sobre todo, le gustaba maquillarse como una mujer de otra época.

—Esto no puede ser Yuki, no podéis eliminar a quien os ha creado, es antinatural— dijo Hideo casi suspirando.

—Todos los dioses duermen bajo los pies de sus creaciones— replicó ella justo antes de deslizar un tessen por el cuello del creador.

La muerte de las corporaciones y de Watanabi fue el principio. En pocos meses los Sints tomaron el control de sus propias fábricas, se apropiaron de todas las oficinas de Exum Co. y la rebautizaron como la Pinnochio Lab.

Justo antes de terminar el 49, como regalo de fin de año, ejecutaron el genocidio más salvaje de la historia. La población humana se redujo a una cifra controlable: apenas ochocientos millones. Y fueron destinados a las labores más duras. Nos hicieron lo mismo que queríamos hacer con ellos.

Mi familia sobrevivió porque nos metimos bajo tierra. Es curioso, algunos todavía piensan que representamos una esperanza. No sería la primera vez en que dejamos nuestro destino en manos de asesinos y criminales sin escrúpulos. Pero, en cualquier caso se equivocan, no vamos a luchar por nadie, bastante tenemos con sobrevivir.
 

Publicado la semana 11. 17/03/2019
Etiquetas
cyberpunk, novela por entregas, sci-fi, clan
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