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ita

escape

            Podría ser que todo empezara así, terminando, que no fuese un sueño de los que uno se despierta espeso y entumecido por más que la temperatura y el aire sean lo que se dice ideales para un sueño reparador, podría ser que dejase el sueño en ese estante de la memoria en el que se acumulan los futuros posibles, truncos y fantásticos, o podía ser el principio de algo, y más que el principio, el terminar de su presente perfecto. Porque no había duda de que algo tenía que cambiar, se propuso esperar el fin del mate, si aún ahí la imagen persistía entonces podría prestarle atención. Desperezándose se levantó, y prestando atención, deliberadamente demasiada, a cada movimiento, preparó el mate, abrió la puerta y se sentó en la galería a mirar, oír y sentir el despertar del otoño en su jardín; miró con todo detenimiento la misma flor amarilla que todos los días casi pisaba sin apenas dedicarle más que una mirada, no a ella sino a su color, manchón difuso de quien ya sabe lo que va a encontrarse: quizás alguna vez siendo chiquito había estado mirándola en detalle, pero en los siguientes veinte años había sido una mancha que-todos-sabemos-que-es-una-flor, volvió a mirarla con curiosidad, y le pareció frágil, mágica, ajena... Cuando terminó el termo seguía mirando la flor, “como mi vida” pensó “hace años que la vengo viendo como una mancha de color indefinido, no le presté atención porque estaba siempre ahí”. Y sin querer le volvió la imagen del sueño. No era espectacular, ni especialmente llamativa, sólo había una playa con arena entre gris y amarilla, con pisadas de gente y perros en algún lugar y el mar, con olas que se llenaban celestes decoradas de blanco espumosos y se vaciaban turbias dejando nubes de sal sobre la arena, y en algún lugar sintiendo la piel tirante como recién salido del mar, con la sal secándose en su cuerpo, estaba él, con una sensación de tranquilidad y simpleza que de golpe se le  había hecho definitiva, urgente, sagrada.

            Podía dejar el sueño y seguir siendo quien era, o podía también jugar a intentar ser ese que en el sueño se sentía mucho más real que él mismo. Las dos cosas lo tentaban, por un lado seguir con su rutina, sus estudios, su casita alquilada a tercios, su trabajo sin compromisos y casi sin remuneración, su tiempo para los amigos, o para el teatro; y también podía dejar todo eso para sentirse como ese ser del sueño. Decidió que con la vista un poco más despejada podía pensárselo durante el día, mientras corría a cambiarse y llenar la mochila con carpetas, comida y ropa de abrigo., salió rápido porque hacía meses que había cambiado la seguridad del transporte público por lo imprevisible de los recorridos aleatorios que organizaba con la obsesión de los juegos infantiles, sin repetir calles que comenzaran con la misma vocal que la primer sílaba del nombre del día en cuestión; como era miércoles tendría que evitar Irigoyen, lo que le hacía dar un rodeo más bien largo, porque también estaba Isidro Bernárdez…esta semana había agregado otra regla, sólo podía pisar baldosas de colores que no empezasen con esa letra, lo que lo había complicado bastante el día anterior, y había tenido que caminar por la calle y en una parte por el cordón de la vereda porque la calle era muy concurrida, en varios tramos; por suerte el viernes salvo que hubiese baldosas índigo (y aún así le quedaba el truco dialéctico de decirles bordó o violeta) todas las veredas lo dejarían bien. Caminó buscando en los carteles  palabras que empezasen con “I”, imágenes, informes, impresiones, interior, increíbles…solía anotarlas mentalmente y mientras esperaba en su banco a que empezara la clase, las repasaba y pensaba alguna frase en la que se uniesen (algo así como “viendo las imágenes que me enviaron en sus informes, me he llevado buenas impresiones, las guardaré en el interior de mi escritorio, y haré con ellas increíbles notas” y por un segundo jugaba a ser jefe de redacción de algún diario cualunque que dijese esas palabras, y también a ser el que le había enviado esas imágenes, o a adivinar qué tipo de imágenes podían ser…) Pensando en las palabras con “I” se dio cuenta de que hacía un rato ya alguien caminaba al lado suyo, con fastidio respiró profundo y tarareó una canción que se oía en su infancia “…Oh, San Cayetano, yo te pedí una mano y no un amoooor…” y caminó más rápido mirando con toda intención para otro lado. Ella lo siguió sin hacer un sonido de más, ni interrumpirlo, ni cambiar de paso, era hermosa, no cabía duda, era simpática, parecía inteligente, en clase todos la miraban cuando levantaba la mano para preguntar algo que casi siempre dejaba mal parado al profesor; pero ella parecía fijarse sólo en él, por ella había dejado de ir en micro y había elegido ese camino azaroso, tratando de despistarla, pero tarde o temprano le imponía siempre su presencia, y todas esas reglas del camino se las había inventado para poder ir pensando en algo concreto y perdonarse a sí mismo el ignorarla. No es que no le gustara, claro, él notaba que era atractiva, pero era demasiado presente, demasiado ella, no parecía tener fallas y eso lo incomodaba, se sentía más cómodo reconociendo en los demás las fallas que él mismo sabía tener, hasta lo enternecían los errores ajenos más que los propios, pero una mujer perfecta era demasiado distinta a él, la sentía tan ajena como esas a las que veía de refilón en la televisión, todo maquillaje y ropas cuidadas. Pensando en cómo hacer para evitar entrar juntos a clase, enfiló directo al baño de hombres gris y húmedo, siempre chorreando agua y con el olor constante, ácido y repelente de los baños públicos; por suerte cuando salió ya no estaba, pero iba a llegar tarde si no apuraba el paso, caminó por el pasillo amarillento hasta las escaleras y saltó lo más rápido que pudo hasta el cuarto piso, entró silencioso y se deslizó despacio en una silla en el fondo tratando de inventarse el principio de la clase que se había perdido.

Publicado la semana 6. 09/02/2019
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