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los galos

            Los gallegos tenemos a los trasnos, duendes que esconden las cosas o hacen estropicios, tenemos diaños que distraen a los caminantes y los pierden, tenemos toda una serie de seres mágicos, pero no tenemos Bwachyod: los duendes cuya ira se desborda lanzando cosas sobre los dueños de las casas hasta volver el aire irrespirable, precipitando el abandono de las casas.

Los hijos de inmigrantes somos sobre todo hijos de la nostalgia, se vive, se respira y se añora la tierra de antaño, detenida en ese pasado con el que nuestros antepasados debieron cortar por necesidad. Ser gringo e hijo de inmigrantes nos da un aire de familia no reconocida, los gallegos y los galeses venimos siendo parientes, lejanos ancestros comunes perdidos en la nube gris del pasado sin escritos, entresospechados en antiguas músicas que suenan a montañas y praderas verdes de tanta lluvia fresca, a vida rural y comida con ingredientes que nunca saben igual que en nuestra tierra.

            Yo era gringa cuando me mudé a una colonia galesa, la primer pregunta que me hicieron fue si mi apellido era Jones, los gallegos no llegaron a la cordillera, así es que mi presencia no daba lugar a dudas, a primera vista debía ser galesa; supongo que si alguien se hubiese tomado el trabajo de corroborar mi ascendencia hubiese claudicado a la evidencia de que nada más que algunos rasgos y algo en la música nos unían, pero los humanos gregarios tenemos esa tendencia a buscar coincidencia allí donde sólo el azar es el motor que los impulsa, así que caí naturalmente bien. Era algo que no pasaba normalmente en mis tránsitos por otros pueblos, y supongo que fue decisivo para la permanencia, había una ligera sensación en el ambiente de pertenecer.

            Ahí la conocí, ella sí era Jones, ella sí era de ascendencia galesa, ella sí tenía el pelo de ese rubio característico que encanecía de cierta manera con el paso del tiempo, y su voz era claramente contralto, como le corresponde a toda descendiente de galeses. Tomábamos el té de vez en cuando, no el té paquete de las casas de té para turistas y nostalgiosos, sino el té de tazas descascaradas y tetera de lata, con torta servida en platos de plástico y servilletas de papel; tomábamos el té porque ella no conocía nadie que quisiera acompañarla en su ritual y yo no conocía a nadie más que me invitase sin tener un compromiso conmigo. La casita era de madera, podía haber sido de una bruja de cuento o de unos enanitos de historias celtas, pero era de ella, con algunos gatos parientes entre si, grises y flacos, atigrados y medio salvajes, que se paseaban por los sillones y las ventanas sin decidirse nunca a acercarse a los humanos. Ella les servía leche cuando tomábamos el té, y era un momento como de tiempo detenido, la visité muchas veces, creo que los martes, o casi todos los martes, hasta ese martes de otoño.

            Recuerdo claramente que me habló de Ellos, así, como si fuese obvio que yo debía saber a quiénes se refería, fue el día en que me recibió completamente vestida de negro. Me llamó la atención porque no era habitual en ella, generalmente usaba ropa de colores chillones, y sin demasiado orden en su vestir podía tener unas faldas violetas con un abrigo verde oscuro y polainas naranjas, o usar otras combinaciones como abrigo rojo a rombos con faldas marrones y polainas azules; bueno, pero ese día ella estaba completamente de negro. Me dio curiosidad, creí que quizás estaba de duelo por algún pariente y por eso me callé la boca, no tenía tanta confianza como para preguntarle por su familia.

            Todo empezó cuando cayó un tarro en la cocina, yo estaba segura de que ningún gato estaba ahí en ese momento, pero como ella siguió conversando con total naturalidad no supe cómo preguntarle, ya eran dos interrogantes, y empecé a sentir que el almohadón debajo de mí era esta vez demasiado blando, que el aire corría demasiado fuerte dentro de la casita que generalmente estaba al resguardo del frío. Me dí cuenta que había dejado de escuchar la anécdota que ella contaba sobre los perros del vecino, cuando ella se quedó mirándome fijamente, y convencida como todos de mi ascendencia galesa, bajando la voz y temor me dijo “Sí, son ellos, son Bwachyod…si querés podés irte ahora”. No supe qué decirle, pero en principio no iba a irme y dejarla sola con ese miedo que se le entreveía en los ojos, así que me reí levantándome de la silla, ahuecando el almohadón y le aseguré que sólo tenía ganas de ir al baño.

            Esa tarde de otoño entraban hojas crujientes por las ventanas abiertas que no me animé a cerrar. También tomé más tazas de té que otras veces, y hablamos muchísimo de gatos, de los gatos de mi familia, de los gatos de su casa, usamos los gatos como bote para remontar el río del silencio que más pesa: el de no hablar de algo que obviamente estaba sucediendo. Mientras estaba en el baño, cuando ella se levantó a preparar otra tetera llena, y cuando yo fui hasta la cocina a cortar un poco más de torta de crema, se oyeron cosas caer soramente contra el suelo, pero no hablábamos de eso. Parecía como si viviésemos una realidad paralela en la que lo que pasaba en los demás ambientes de la casita no estaba transcurriendo en nuestro mundo. Empezó a anochecer y tenía que irme, la ayudé a cerrar las ventanas, daba vueltas y no quería dejarla, pero a la vez no me hacía ella ningún pedido expreso de ayuda sino más bien una resignación sin palabras a alguna situación que era para mí incomprensible.

            Me despedí lentamente, y me quedé dado vueltas en el centro hasta entrada la noche, volviendo a pasar por la vereda de su casa para ver si todo iba bien. La luz estaba prendida en el mismo lugar en el que habíamos tomado el té como todas las noches que pasaba circunstancialmente por ahí, el viento soplaba fuerte y las hojas se arremolinaban entre mis piernas. Las tejas de madera de la casita crujían como las de las otras casas… y no toqué la puerta, de golpe al salir se me había disipado esa sensación de que algo raro pasaba, quedando sólo la extrañeza de la tarde transcurrida.

Así olvidé lo sucedido esa tarde durante unos días, hasta que mi camino hacia el centro me hizo volver a pasar por su casa, una rama inmensa había caído sobre el tejado, preguntando a los vecinos me contaron que el techo la había aplastado ahí mismo, dejándola sin sentido en la mesa aún con su tetera y su torta de crema.

Parece que los Jones, vaya uno a saber cuáles, la habían llevado a vivir con ellos después del episodio. Nunca más la vi ni supe de ella, sólo me quedó el recuerdo de aquella palabra “Bwachyod” que de vez en cuando retumbaba en mi mente sin encontrar un dato que conecte el nombre con alguna explicación. Ayer lo supe, los galeses se visten de negro para no provocarlos, se ve que no bastó para proteger su casita aún abandonada y llena de árboles.

                         

 

Publicado la semana 5. 01/02/2019
Etiquetas
el viento
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