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viajes

 

Lo único que quedaba era el eco infinito y como por detrás mismo de la imagen y el recuerdo, el ruido del agua chocando y empujando, por debajo y por encima de su familia; chocando con su optimismo de madre joven, de mujer sola en un mundo-espacio de mujeres solas y ancianos y niños, llorando por los extremos de su edad y su impotencia. El eco de su angustia sentida no ya en el paladar ni en el estómago, sino en el temblor de su voz y los sobresaltos de su respiración de madre lactante; había pasado ya una luna completa amamantando a sus críos, eran unos de los pocos que no habían enfermado; amamantando, latiendo y dejando ir su vida, su pulpa, su esencia, a través de su cuerpo, transmitiéndoles todo lo que de ella quedaba, buscando desesperadamente un paisaje familiar, el monte, la sombra, el viento cruzando los árboles y no desgarrando sus oídos y resecando sus manos y sus labios. A veces creía que ya moriría así, sin llegar nunca a aquel puerto prometido, ensoñando en ese mareo constante, en ese vaciarse, en esa sed infinita de cuidados, de agua, de silencio, oía la voz de su madre maldiciéndola por abandonar su tierra, y ya no sabía si era cierto que estaba en un barco, que tenía dos hijos propios y la entenada aquella, de la que la gente del barco le daría su atadito de ropa, y la libreta de su madre muerta: mujer sola también, muerta de pura hambre al tercer día de viaje, sin parientes, sin conocidos, sin decir cosa alguna que sirviese para encontrar a la familia de la criatura que en sus brazos durmió durante casi todo el viaje.

            Si alguna vez pensaba en el viaje, lo que se le venía en mente era la sensación de desequilibrio, todo en su mundo exterior e interior se había desgarrado con esa partida, todavía podía recordar la aldea destrozada por el paso de los brutos soldados, pero más que de ellos, por el vacío de sus gentes que, peleando o desertando, se fueron yendo de a poco, dejando casas bien tapiadas y vacías. Todavía podía sentir el acusador tono de despedida de la gente de la aldea, como si ella hubiese podido hacer otra cosa que llevarse de allí a sus hijos sin padre, como si no fuese a estar mejor entre sus hermanos, en aquella tierra donde, si bien el trabajo era mucho, tenía la posibilidad de construir una vida lejos del terror a no despertarse. Con la ilusión de ver a sus hermanos no pensó ni imaginó siquiera que la travesía podía llegar a ser algo más que un paso casual entre el ayer y el mañana; pero ahora, con las tres pequeñas cabecitas apoyándose en su cuerpo, pidiendo calor y comida y abrazos, sentía que su mundo se iba angostando hasta volverse casi sorda, casi ciega, casi viento o madera cortada.

            Llegaron una mañana cualquiera de esas de otoño, mi abuela con sus tres críos, su baúl lleno de olor a salitre y a encierro; llegaron y nadie la esperaba, mientras veía pasar a un lado y al otro familias llenas de abrazos y alivio. Caminó vacilando entre la gente, recordando cómo era la tierra bajo sus pies, pasó por la oficina de aduanas donde una mujer muy amable le permitió sin preguntas llevar a esa niña con el apellido de sus dos hijos, sólo levantó la cabeza un poco inclinada, asintió como acostumbrada a hacer un análisis global de las familias, y allí nomás, sin embarazo ni parto, sin desearlo ni saber muy bien cómo, mamá se transformó en María Margarita, hermana menor de Juan Martín y Mario Juan Fernández, con una fecha de nacimiento calculada al azar por mi abuelita y unos ojazos negros que en nada se parecían a los deslavados Fernández.

            Mamá no leía, le enseñamos nosotros, entre los cuatro fuimos encontrando su curiosidad innata y traíamos los libros desde la casa de nuestros abuelos para que leyese con nosotros, a veces invitábamos a la abuela y entonces al final de las historias contaba una y mil veces cómo era su pueblo, de qué color el pelo de aquella amiga, o los ojos del abuelo, con qué aroma a pan se despertaba todas las mañanas, o que hedor salía de los peces muertos; nos contaba cómo tejían las redes las mujeres y cuál era el sonido de la muerte de los soldados, hablaba de la forma de las piedras de su hogar allá en la aldea, y de las largas trenzas de hierbas y flores que coleccionaban.

            Mamá murió joven, y quedamos los cuatro en casa de la abuela. Ella nunca volvió a su tierra, ni siquiera pudimos convencerla de que se viniese de vacaciones con nosotros jamás a la montaña, nunca más subió a vehículo alguno que no fuesen sus piernas; quiso sí criar a todos sus nietos, los rubios y los morenos; nunca hizo diferencias entre nosotros “Mis niños son todos familia- decía- y es lo que cuenta, a todos los dormí con las mismas canciones, y les grité con idéntico enojo” y a todos nos enseñó una y cien veces a decir de memoria los cuentos de su infancia y las canciones; a todos nos inculcó con paciencia infinita el terror a los barcos y el amor al presente, y se durmió un día gris de otoño después de levantar el desayuno. Sus cenizas se repartieron entre las plantas del patio, cualquier sitio era su tierra y cualquier lugar su casa.

            Mis tíos quedaron paralizados al poco tiempo de su muerte, sus vidas giraban en torno a esa mujer sola y fuerte, que había apoyado en su regazo las tres cabecitas durante aquellos meses de travesía. Aún no se recuperan, mi abuela era de nadie y era de todos, estaba en los pequeños detalles y en las grandes ocasiones; sabía, porque lo supo a tiempo, después de sentir que ya no viviría, con su aldea destruida y su familia negada, que el único momento era el presente, y la única fe posible el mañana.

Publicado la semana 4. 25/01/2019
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agua..siempre agua
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