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ita

lluvia

 

Mientras veía caer el agua desde el interior del negocio como si fuese una catarata irrefrenable no podía dejar de pensar si habría entrado agua a su casa; no podía dejar de pensarlo porque además se había cortado internet, su teléfono estaba ya sin batería y no había nadie en el negocio con quien pudiese distraerse conversando. Dejó pasar un tiempo que se le antojó larguísimo en el que vio cómo se acumulaba agua en la calle, y crecía y crecía el río urbano que arrastraba botellas vacías, bolsas plásticas de diferentes tamaños que flotando mostraban corrientes fluviales insospechadas. Después, en un intento por alargar el tiempo un poco más, barrió a conciencia el local y puso trapos de piso en la entrada esperando que cesara la lluvia que a esta altura ya había llenado la calle hasta sobrepasar el cordón de la vereda.

            Finalmente resolvió cerrar e irse a su casa; agradeciendo estar con pantalones cortos se adentró en el agua, primero por la vereda y después de cruzar, directamente por la calle. Salió del centro, la sensación del agua casi hasta las rodillas, y también la atención puesta en sí misma y en cada paso dado la abstrajo de su entorno hasta que casualmente miró más allá de la esquina y notó que el agua no se detenía en las veredas. Se paró en seco y empezó a escuchar gritos de chicos y de grandes, vio un perro enorme nadando que venía por calle San Martín y hacía pie pasando por su lado una media cuadra más al sur. Por un momento pensó y despensó en que si ese perro salía nadando algo debía estar muy lleno de agua por San Martín hacia el norte, y sin dudarlo enfiló por la bocacalle, que a esa altura ya era una bocarrío, a ver cómo estaba por ahí el agua.

            El agua estaba entrando a las casas, claro, los desagües tapados de basura y la violencia del temporal  no dejaban que el agua drene con fluidez, entonces se estancaba en los fondos de las casas, y se acumulaba entrando a los barrios. El piso bajo sus pies se volvió barroso y espeso, y ya le llegaba casi a la cintura cuando empezó a ver gente que hacía como aquél perro y se alejaba de las casas, con hijos en brazos algunos, con objetos en alto otros. Miraba sin saber muy bien qué hacer, con aturdimiento por su incapacidad de concretar una ayuda en un sitio en el que todo parecía gritar pidiéndosela, veía gente salir de sus casas, y después gente con ojos tristes mirando desde las puertas de sus casas cómo el agua caía y entraba en sus hogares sin poder hacer nada, sin querer abandonar sus pocas propiedades; y se acordó de Doña Rosa, en ese barrio estaba la casita de Doña Rosa, la señora que la cuidaba cuando su mamá trabajaba y ella y su hermano debían quedarse solos en casa: ahora sí con un plan concreto enfiló a la casita que tan bien conocía, como la puerta estaba cerrada primero la urbanidad aprendida le hizo golpear y esperar respuesta, pero después pensó que si no respondía era probable que Doña Rosa estuviese mal ahí dentro así que entró. La casa estaba vacía, llena de agua desde la entrada hasta la salida, la humedad ya había trepado por las sábanas de la cama hasta mojar el colchón y se trepaba silenciosa por las cortinas llegando casi en su ascensión hasta el techo. Estaban sus cosas, pero ella no estaba; sintió algo así como desesperación silenciosa, se dio cuenta de que no conocía a la familia de Doña Rosa, ni siquiera estaba segura de que tuviese familia, y que no sabía dónde buscarla si no estaba ahí.

            Salió el ríocalle sabiendo que no debería haber ido muy lejos, quizás la lluvia la alcanzó en la calle pensó, quizás estaba de visita en otro lado, y con ese desinflarse de ya no tener otro objetivo decidió volver a casa. Dio la vuelta por la calle del bajo, pasó por la puerta del Club y lo vio lleno de gente; ahí estaba la gente, pensó, ahí se estaba organizando la gente para ayudar, y sin saber muy bien a quién preguntar entró. Adentro había gente, hombres y mujeres entrando y saliendo dejando cosas sobre tablones armados improvisadamente, mamás con bebés amamantando, y en el fondo, entre fogones y parrillas un grupo preparaba un almuerzo en tres grandes ollas. Pensó que era un buen sitio para ayudar, ya que por lo menos prender el fuego y picar verduras era algo a lo que estaba habituada, así que se acercó al hombre que parecía estar a cargo del fuego y con un tímido “te ayudo” se apropió de uno de los fuegos.

Publicado la semana 3. 19/01/2019
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