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ita

clara

IDA

Lo primero fue el sonido, un mantra largo y azulado, como si se desplazara por debajo del agua hasta sus dedos, como si el escuchar naciera mismamente de los surcos dibujando sus huellas digitales; los retiró con la rapidez de una descarga eléctrica aún sabiendo que lo impresionante no era en sí el haberlo tocado, sino haber oído en vez de sentir frío o calor en su lisa superficie. Dejó que la respiración alborotada se transformase en un ritmo suave y continuo, y muy despacio volvió a apoyar sus dedos: el sonido persistía y se trepaba por sus brazos hasta irrumpir en su garganta con un deseo irrefrenable de repetirse y vibrar en sus cuerdas.

 

            Lo que pasaba era que siempre andaba hablando sola, o cantando sola, canciones que se inventaba o letras inentendibles. Ojalá pudiera ser como las demás, que coreaban canciones de moda hasta vaciarlas de sentido y de lógica haciendo también los bailes que se difundían por las redes sociales con una velocidad muy superior a la de las noticias o el pronóstico del tiempo; pero siempre estaba sola, hablando con el aire frío o el polen o el rocío. Ahí estaba otra vez, cantando y acariciando ese bicho oscuro y asqueroso, que su tío moriría por comer al escabeche, que a cualquier adolescente le daría impresión, asco o simplemente indiferencia; y ni siquiera valía la pena acercarse a preguntarle qué hacía, seguramente se enredaría en esas explicaciones en las que ni ella decía lo que quería decir ni lograba que los demás la entendiesen.

 

            Cuando el frío empezó a hacerse sentir se separaron, dejó de escuchar el canto mántrico de su piel y se miró con extrañeza la yema de los dedos, como si se hubiesen vuelto no sólo sordos sino también insensibles. Caminó despacio hacia su casa pero no llegó a entrar, en vez de eso se dio media vuelta y siguió los pasos de la iguana hasta la pila de troncos que siempre le había servido de escondite. Ahí estaba la punta de su cola sobresaliendo casi del color de los troncos, una mezcla de rama y raíz; se acercó despacio y comenzó a desentramar las ramas y troncos que formaban la pila hasta que de pronto sus dedos comenzaron de nuevo a oír el sutil canto de la piel ajena, por un momento sintió cegarse sus ojos, como un pestañeo demasiado largo, como arena en los párpados; apretó con fuerza sus ojos para lograr que las lágrimas arrastrasen lo que fuese que hubiese entrado y cuando logró con esfuerzo abrirlos se dio cuenta de que algo no andaba del todo bien. Ante sus ojos ya no había ramas y troncos sino una pila bastante grande de frazadas, miró fascinada a su alrededor y se halló en una habitación bastante oscura, con esa música mántrica saliendo de un aparato antiguo y metálico. Una vez que sus ojos se acostumbraron a la luz mucho menos intensa del interior de la habitación vio una gran biblioteca, muchos bancos de diversas alturas y algunos sillones desperdigados por diferentes lados; no fueron los sillones los que le llamaron la atención, sino el hecho de que la iguana estuviese en el azul con unos anteojos calados sobre su hociconariz y leyendo con suma atención un libro bastante voluminoso. No estaba segura de querer romper el silencio con un movimiento ni mucho menos con palabras, el tiempo parecía detenido en ese lugar; cada banco o banqueta tenía diferentes libros y en los sillones se veían diferentes rastros de vida, en el verde oscuro había apoyados un termo y un mate y una canasta pequeña llena de huevitos; en otro sillón azul se veía una pila de bufandas o en todo caso tiras de tela, y en el sillón negro, el que tenía más espacio de todos una valija grande con correas de cuero abierta en la que sobresalían zapatos, muchos zapatos sin par a la vista. Debió de hacer ruido cuando intentó mirar y asegurarse de que ese zapato negro no era el que ella había perdido semanas antes misteriosamente, porque la iguana levantó la vista hacia su lugar y la observó unos momentos. A Clara se le suspendió por un momento la respiración, aun sabiendo que las iguanas no se alimentan de personas (en todo caso tampoco leían libros en habitaciones con tocadiscos hasta donde ella sabía) pero volvió a la normalidad cuando la iguana sonrió moviendo todos sus cachetes reptilianos en un claro intento por simpatizar. Se incorporó lentamente y caminando en sus cuatro patas se acercó a ella.

-Por fin te animaste a venir a visitarme, pensé que nunca te ibas a dar cuenta de lo bien que la pasamos juntas.- dijo con una voz pausada pero melodiosa

-No sabía que vivía usted en un lugar tan hermoso – dijo Clara conteniendo la risa- y nunca, pero nunca, nunca me invitó usted a su casa.

-Todas las veces que nos encontramos te hablo, pero claro, en el mundo del otro lado de las ramas no se entienden mis palabras como acá. ¿Querés un mate?

Y Clara ya no quiso irse, los libros, la música, la iguana, todo la invitaba a quedarse, seguramente habría libros para leer, y recorridos para hacer juntas; siempre habría comidas nuevas por probar y también comidas nuevas por preparar, así, a priori, sonaba muy bien.

 

 

PERMANENCIA

Era interesante observar cómo la música se desparramaba por la habitación como una nube densa que salía del tocadiscos, primero una podía estar leyendo con toda la tranquilidad las aventuras de Arsenio Lupin, y al momento siguiente el microclima de los acordes que se oían iban transformando en un antiquísmo pueblo español todo el paisaje de fondo del libro, y de golpe ya no huía el ladrón por las calles adoquinadas de algún suburbio francés sino por las calles medievales y populares de Aragón, con bravo furor hispano corriendo en la sangre. Era interesante percibir cómo las oleadas de su interior se meneaban siguiendo los vaivenes rítmicos que la iguana le ofrecía por medio de  sus discos, no le había sucedido con la música del otro lado de la leñera; la música en el otro mundo era pura superficie (¿o era Clara que no dejaba que entrase más que para aturdirse del afuera?) cáscara que ahora sentía quebradiza y opaca. De este lado la música era una especie de remolino cálido dentro del agua fría del río de los sonidos, imposible hacerse a un lado y fingir que los latidos no eran parte propia, causa o deriva de esa o aquella música. A veces, muy raras veces, la iguana la invitaba a que eligiese algún disco de su discoteca. Clara no prestaba demasiada atención a los títulos ni a las imágenes de los sobres, sólo los elegía por desconocidos, porque realmente todos los discos le parecían únicos y maravillosos. “Elegir un disco es como elegir una mariposa- pensaba- todas son hermosas y diferentes al mismo tiempo”.

Ahora, salir de la habitación de la iguana era ya otro cantar, Clara descubrió que cada vez se le hacía más difícil asumir y aceptar el contacto con el afuera, aunque el afuera de la casa de la iguana era sustancialmente diferente del que ella conocía en el mundo del otro lado de la leñera. Como primera gran sorpresa todas las veces que había salido no había oído nada que no fuese ruidos propios de un bosque sin presencia humana, cosa bastante llamativa si asumía, como ya dudaba en asumir, que del otro lado de la leñera aún estaba el mundo humano. Lo segundo que le llamaba la atención era la facilidad con la que se encontraba con los guazunchos, que conocía por fotos y relatos de su tío, y sabía o suponía saber que eran tremendamente asustadizos, más bien parecía en ese mundo que los guazunchos fueran algo así como los mensajeros, llevando y trayendo avisos y mensajes de un lado a otro, apurados y seguros de sí mismos, discutiendo amablemente con unos y cargando a las crías enfermas de otro, sin distinción de especie alguna. Y además, claro, estaban los aromas: en ese bosque todo era primero perceptible con el olfato, cada árbol parecía gritar su olor más allá de las fronteras de lo visible, así que cada salida era un cúmulo de sensaciones para las que no se sentía siempre preparada. De algún modo como en el mundo del otro lado de la leñera, pero sin ser profundamente doloroso y desagradable.

Los días parecían contener días dentro de sí mismos, podía sentir que el desayunar con la iguana conversando sobre los últimos libros leídos era un día completamente diferente al día de lavar las tazas del desayuno y comenzar a oler por la ventana abierta los aromas del bosque que estaba a un golpe de puerta; y podía ser totalmente intenso y diferente que el día de salir a buscar ciruelas al árbol recientemente descubierto, y otro día totalmente diferente del regreso a la casa, el fresquito de la tarde y el recorrer, con los ojos limpios de tanto bosque, los estantes de la biblioteca que rebosaba de libros como pozos de historias increíbles.

El tiempo pasaba, y eso era claro para ella, pero no la longitud o la duración del mismo en lo mensurable del tiempo desde su casa de humana, sino con una intensidad diferente, liviana y colorida del tiempo disfrutado. Quizás en algún momento percibió en su razón la idea de que no cambiaban las estaciones, de que no llegaba el frío o el calor, que no necesitaba abrigarse demasiado ni sentir la imperiosa voluntad de desabrigar su cuerpo; quizás en algún momento percibió que la iguana no cambiaba de piel, y los días lluviosos no se prolongaban; pero no le prestó la suficiente atención: el vivir era el hoy permanente, disfrutable y sencillo como nunca.

Aprendió en ese tiempo, el hilo invisible que unía a los libros de un mismo autor, e incluso a las traducciones de un mismo traductor; aprendió sin saberlo de épocas, culturas, historias diversas, de giros idiomáticos y su presencia en autores coetáneos; aprendió del tacto de las hojas, del grosor de las tapas, de epílogos y prefacios; aprendió a amarlos como amigos silenciosos y libres, y a respetar sus tiempos y modos de contar… y pasó el tiempo.

 

 

REGRESO

Atardecía el día que creyó reconocer una voz que la llamaba, como un viento fuerte entre las hojas del pinar oyó el eco de su nombre que la nombraba esquivo, aguzó el oído pero no hubo nada después de eso, ni viento ni nombre ni sonido. La segunda vez fue durante el desayuno, la iguana también levantó la vista observando algún punto impreciso desde el que parecía regresar el sonido: se miraron largamente y Clara supo que era momento de irse. La iguana se acercó y muy despacio se dirigió hasta el sitio por el que habían cruzado desde la leñera, Clara se agachó y abrazó ese cuerpo de reptil, áspero y querido con el que había compartido la paz, y después simplemente cerró los ojos. El resplandor era tan fuerte que tardó un buen rato en abrirlos nuevamente, para descubrirse en el hospital, con su madre tomándola de la mano y un olor aséptico que en nada se parecía al aroma de los bosques.

En un minuto estuvo rodeada de gente, adultos preocupados que le hablaban explicando cosas de las que supo reconocer los conceptos de “accidente” “mucho tiempo” “susto de muerte” y “fuera de peligro”, lo mínimo para darse cuenta de que en el mundo de sus padres las cosas habían pasado muy de otro modo de como ella las había vivido. Tuvo el buen tino de cerrar los ojos y la boca, y permitir que le contasen la historia que ellos necesitaban creer.

Tuvo el buen tino también de sonreír y agradecer íntimamente a su tiempo y experiencia del otro lado de la leñera, cuando comenzó a reconocer en los rasgos de la gente reminiscencias de personajes de los libros que había recorrido; cuando comenzó a serle grato conocer gente nueva y descubrir nuevas personas con las que compartir su tiempo y sus salidas fuera de la casa. Con el correr del tiempo fue sólo una anécdota familiar, su caída de la leñera y su mes entero de internación e inconsciencia, y su cambio social que sus padres atribuyeron a la adolescencia manifestándose ¡por fin! en ella. Lo único que supo su familia de la aventura en la leñera fue su primer tatuaje dibujado por ella misma, la iguana que la abrazaba apoyando su cabeza en la rodilla derecha y la punta de la cola descansando en su hombro izquierdo, con un bellísimo gesto de compañía.

Publicado la semana 2. 10/01/2019
Etiquetas
escapando , coma
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