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Sala de espera

como una inmensa bola que se anida en algún sitio entre la tapa de la cabeza y las raíces de los dientes, ahí mismo late la escencia del dolor; no del dolor de unomismo, ése como que ya es costumbre de nacimiento, traído desde nuestra primera experiencia, me refiero al sordo dolor del hijo en nuestros brazos, con ese llanto bajito que se modera a nuetro pedido, con esa confianza plena y dócil de la cría propia expuesta al dolor. dolor sin nombre, la escencia misma del dolor sucede en un lugar de la mente, no de los sentidos, cuando el doliente se da con total entrega a nuestros brazos, nuestro consuelo, nuestro criterio.

la escencia misma del dolor debe llamarse compasión, y no se estructura sobre sistemas nerviosos, empáticos, para simpáticos y no tan simpáticos: pareciese surgir de la pasión por el otro con el otro; del SER en y con el otro.

la sala de espera del hospital, los pasillos migrantes del tiempo fuera del tiempo en que los profesionales entran y salen por puertas siempre blancas, siempre extrañas. las sillas incómodas y ajadas del tiempo fuera en que nos entregamos a legitimar la dolencia en acto público. el dolor multiplicado en diversos cuerpos siempre alertas a cada gozne de puertas, a cada llamado con el orden aleatorio de las guardias hospitalarias.

allí el dolor se vuelve cosa viva y anida, como una enorme bola entre la tapa de la cabeza y las raíces de los dientes.

 

Publicado la semana 1. 01/01/2019
Etiquetas
El No Tiempo , hospital, médico
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Género
Relato
Año
I
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