07
H.J. Pilgrim

La Cazadora (Parte III)

El suelo se acerca y cierro los ojos esperando el golpe…

—¡Ah! —exclamo en mi oscuro dormitorio.

¿Acaso fue una pesadilla? Me levanto corriendo y voy al cuarto de baño. Delante del espejo me desnudo y busco cortes, contusiones de la pelea con el demonio, pero no veo nada. ¡Absolutamente nada!

Ya no hay forma de que vea esto como algo gracioso. Si ese submundo que he creado es fruto de mi imaginación, tiene que ser un reflejo de la cordura que estoy perdiendo.

Son la cuatro de la mañana y no puedo volverme a dormir. He pasado la última hora dando vueltas en la cama, esperando a un sueño que no va a llegar.

Mi jornada laboral transcurre lenta y desoladora. No tengo ganas de estar aquí. Tengo sueño, miedo y la sensación de que estoy perdiendo el control. En cualquier momento espero ver entrar a Bane o a la demonio que me atacó. Es más, veo sus expresiones en los molestos clientes que vienen a dejar su carta o a retirar su paquete.

—¿Estás bien? —me pregunta mi compañera.

—Sinceramente, no. Tengo ganas de salir corriendo y meterme bajo las sábanas.

—Tienes una mala cara…

Resisto el resto del día. Tampoco quiero encerrarme a la espera de que mi cabeza me juegue otra mala pasada. ¿En serio esto puede ser consecuencia de mi divorcio con Isidro? ¿Tan mal me pudo sentar que no me quisiera más?

Salgo de la oficina un tanto desesperada. Me gustaría perderme. Morirme. Por suerte son las ocho de la noche y no queda tanto día para amargarme. Llegaré a casa, me bañaré, cenaré y me iré a dormir. Tal vez me tome un par de pastillas de valeriana y esperaré tener un sueño negro, vacío de contenido.

No pensé que pudiera ser tan débil. Que mi autoestima me llevara a este punto de quiebre. Sinceramente voy a tener que visitar a un psiquiatra.

—¿No es mucho eso? ¿Un psiquiatra?

Me doy la vuelta y veo a Bane mirándome a la sombra de una de las calles céntricas cercanas a mi oficina. Rompo a llorar y caigo de rodillas. Las personas que pasan a mi lado me miran extrañadas y aceleran su paso. Soy una maldita esquizofrénica. Yo no debería de ver nada de eso.

—Por favor —freno a una persona y señalo a la esquina donde Bane está—. ¿Lo ve?

El hombre me mira aterrorizado y se marcha como si hubiera visto a Satanás en mi cara. Paro a otro y le hago la misma pregunta y me responde que no. No ve a nadie. Queda probada mi locura.

—Solo las elegidas me ven —responde orgulloso de sí.

—Es una respuesta muy conveniente, ¿no te parece? ¡No sé qué coño hago hablando contigo! Eres un producto de mi mente enferma.

—¿Qué necesitas para tomarme en serio?

—Que alguien más te vea —respondo contundentemente.

—¿Qué te parece si hago esto?

Con un movimiento de su mano vuelca la mesa que tiene a un metro de él. De inmediato sale un camarero maldiciendo, mirándome con cara de pocos amigos.

—¿Qué cojones has hecho?

—Yo nada —respondo molesta—. ¿Me viste cara de telequinética?

—¿Quién coño hizo esto entonces?

—El viento… ¿Qué se yo?

Bane se acerca, me agarra del brazo y me lleva mientras el camarero sigue lanzando improperios. O yo estoy realmente loca, o el maldito vampiro existe de verdad.

—¿Por qué no me quedaron secuelas del ataque del demonio?

—Yo te curé después de lanzarme tras de ti. La sangre de vampiro tiene esas consecuencias.

—¿Me convertiste en…?

Me mira con una sonrisa que hiela mi sangre.

—De otra forma estarías muerta.

—¿Cómo puedo caminar a la luz del día?

—Porque todavía no te convertiste. Pero aprovecha ahora. En dos días, tu transición habrá terminado. Es más, te recomiendo que no salgas de casa a partir de mañana. Se van a despertar tus impulsos.

—Ti… tiene que ser una broma…

Pueda ser que mi malestar sea la manifestación de ese cambio. Pero ¡no me vi marcas de colmillos en el cuello ni en ningún otro lado!

—¿Por qué me atormentas? —pregunto mientras obtengo una risa de Bane.

—Querida mía. Te guste o no, eres ya una de las nuestras. Si se curan todas tus heridas, incluyen las de mis colmillos —indica mientras camina hacia mí de una forma que pareciera deslizarse por las baldosas pulidas de la calle—. Reitero mi aviso de que no salgas a partir de mañana de tu casa. No querrás quedar carbonizada ni asaltar a ningún viandante.

Salgo corriendo estúpidamente. Quiero alejarme de Bane. De sus maliciosas palabras. De la maldición que me ha otorgado. No puedo creer que realmente eso sea cierto. ¡Cómo se puede haber atrevido a hacerme eso!

—¡Desde cuando los vampiros piden permiso! —exclamo para sorpresa de un tío que pasaba a mi lado.

Llego a mi oscuro piso. Su vacuidad me embarga. Sus paredes se achican por momentos y lo siento por primera vez como una cárcel.

Una punzada atraviesa mi cabeza. Me llevo las manos a la cabeza y grito de dolor mientras caigo de rodillas al suelo. Me arrastro como puedo hasta la cama. Me siento muy cansada. Necesito dormir…

El dormitorio me recibe oscuro, con su cama deshecha, pero no por el amor o la compañía, sino por la apatía de la soledad. Hago un esfuerzo sobrehumano y bajo las persianas hasta no dejar ni un resquicio por donde pueda filtrarse la luz. Si es cierto lo que dice Bane, estoy condenada y, antes de abrazar la muerte, tengo que pensar qué voy a hacer con mi vida. Con la poca gente que me quiere y que me puede extrañar cuando ya no esté.

Me acuesto finalmente y cierro los ojos. Sé que, cuando los abra de nuevo, ya no seré la misma Nazareth. Todo lo que era se disolverá en pro de un nuevo ser nacido del infierno.

Lo único bueno de todo esto, es que al final, no estoy loca.

Publicado la semana 7. 17/02/2019
Etiquetas
cazadora, demonios, vampiros, Nazareth, Málaga
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