05
H.J. Pilgrim

El Día (Parte Final)

Me encantaría poder describir a esa bestia que permanece en pie ante mí. Es una terrible aparición que me recuerda a un oni (un demonio japonés). Su mirada me despelleja con esos ojos grandes y redondos y pupila negra rodeada de un iris rojizo. De los orificios de su ancha nariz mana vapor o humo de la sangre que hierve en expectación al olisquear mi aroma, mi miedo que se escapa entre mis piernas. De su amplia boca dos pares de colmillos afilados y curvos sobresalen de su mandíbula superior que junto con el par de la inferior (como las de un felino) prometen despedazarme de la forma más dolorosa posible mientras su negra lengua degusta mi sangre, los pedazos de carne y vísceras que pueda arrancar de mi cuerpo. De su cabeza calva de piel de varios tonos de rojo y negro nacen dos prominentes cuernos y una serie de protuberancias más pequeñas que llegan hasta la nuca.

El cuerpo del demonio podría ser la envidia de un culturista. Su estructura hipertrofiada no obstante parece ser ágil. No lo veo torpe. Es esa particularidad de estos seres que son una contradicción en sí misma. Su existencia no se basa en la lógica humana. Va más allá de nuestra comprensión. Allí está algo que no debería seguir de acuerdo a la ciencia.

Sus manos y pies terminan en garras aserradas. La piel que lo viste es rugosa y parece segregar algún tipo de fluido que imagino que debe de ser venenoso al contacto. Todo en él parece diseñado para burlarse de la creación, de la obra magna del desamparador. Es repulsivo, acongojante.

Se aproxima y los escasos hierbajos se consumen bajo sus pies. Oigo su respiración profunda, ronca y me llega su fétido aliento. Un silbido escapa de entre sus labios. Una vez a pocos centímetros ruge.

Las continuas lágrimas vuelven a llenar mis ojos y se nubla mi visión. Mi cuerpo se retuerce al sentir su mano sobre mi faz que arde al instante. Grito tan fuerte que no logro otra cosa que satisfacer su sadismo. Su risa es grave, como un conjunto de muchas voces, sentimientos, personas y poderes. ¿Se llevará mi alma y la atrapará hasta el fin de los tiempos? ¿Seré arrastrada al río de fuego y azufre que recorre sus venas?

—¡No! ¡No! ¡Por favor! —exclamo en el momento en el que me arranca mis ropas como si fueran hojas de papel de una libreta.

Se burla de mí. Lo sé a pesar de que no lo entiendo. Un nuevo rugido atrae a otras bestias, de las más diversas formas, que llegan para disfrutar de mi aflicción. Algunas son cuadrúpedas, otras tienen alas, las hay que son gigantes, diminutos, con dos cabezas, cuatro brazos. Son todas las imágenes del terror que el ser humano creó a lo largo de su historia. Hasta el hombre de cabeza de carnero. Todas se dan cita para contemplar la peor de las abominaciones.

—Vö nelde ön baktu ro ön ker loun —dice en ese idioma maldito, oscuro—. Fel-orön or kaenön.

Una opresión recubre mi cuerpo, aplasta mi pecho. Me cuesta respirar. No sé si él es Satanás o es uno de sus generales, pero los restantes demonios lo esperan expectantes.

Cierro los ojos nada más se inclina sobre mí. No soy capaz de verlo destruirme. Sólo pido que, si queda algo de la bondad de dios, tenga misericordia y haga que un rayo caiga sobre mí y me libre de este mal.

Siento un tirón de las cadenas que se quiebran nada más entrar en contacto con la palma de su mano. Me arrastra por el seco suelo donde las piedras, las rocas y las ramas secas de los pocos arbustos que quedan se clavan y me hieren. El demonio camina para internarse en medio del séquito que lo rodea. ¡Me va a tirar en medio de ellos para que me devoren!

Haría lo que fuera para evitar esto. No importa lo que me pidan. No quiero ser despedazada, devorada o violada por esos seres infernales. Sé que van a hacerme sufrir de todas las formas que se les ocurra. ¿Acaso no son demonios? ¿No es eso lo que hacen?

—¡Por favor! —ruego propiciando más burlas de los demonios que se regodean en mi terror.

Me habría gustado amar. Ser amada. Imaginar un día perfecto caminando a la vera de la costa agarrada de la mano, planeando un futuro tan distinto al que me aguarda. Eso perdí. Eso perdimos aquellos que no fuimos capaces de nacer en una época distinta. No hay esperanza, no hay amor, no hay vida. Al final, morir no estará tan mal.

Finalmente, me tira de mala manera justo en el centro de aquella muchedumbre. Me rodea mientras se pasa la lengua por sus labios y sus dientes. De un veloz movimiento, me levanta del pelo y me sujeta con sus fuertes brazos. Siento su pecho en mi espalda. Primero arde y seguidamente es como si miles de agujas se clavaran en mi carne.

—Xiaré! —exclamó el demonio.

Uno de aquellos seres, con apariencia de sombra negra, fue el primero que corrió hacia mí. El choque de su espíritu con el mío supuso un impacto que me dejó sin respiración. Fue instantáneo el dolor. Esa cosa estaba dentro de mí. Poseyendo cada célula, recorriendo cada órgano, navegando por mis venas, corrompiendo mi mente, mi vida.

A ese le siguió otro. Al otro, uno más, hasta que todos confluyeron al mismo tiempo golpeando mi cuerpo, destruyendo mi vida. De esto no hay vuelta atrás…

El oni me suelta y me deja caer mientras me revuelvo en la tierra convulsionando, luchando inútilmente, contra el centenar de seres que habitan ahora en mi interior.

—Felé ire, mandis-ö. Geeryle-tö aul.

 

 

Eran las últimas horas de aquel día eterno. El cometa se alejaba cada vez más del planeta y la ciudad poco a poco regresaba a sus anheladas tinieblas. Todavía nadie se asomaba por las ventanas o se atrevía a salir, por lo que nadie veía a la chica desnuda caminar por el medio de las vías.

Sus pies agrietaban el asfalto, quebraban el suelo, quemaba los tablones. Su pelo castaño y rizado era mecido por un viento imaginario. Sus ojos refulgían como carbones encendidos, su piel fina, tersa, sana y blanquecina, decorada por constelaciones de pecas, parecía brillar. Sus manos se abrían y cerraban mientras asían los hilos invisibles que mantenían la vida y la esperanza en aquel lugar. El infierno necesita nuevas almas. Doscientas setenta voces se las pedían.

Llegó al edificio donde ella una vez vivió. Atravesó el portal, subió las oscuras escaleras y llegó al pasillo lúgubre donde confluían cinco puertas. Detrás de ellas estaban ocultas muchas personas. Eran varios los que habitaban cada piso. Ella compartía el suyo con ocho más. Tres por habitación.

La puerta se abrió ante su orden. Dejó atrás el salón y uno de los dormitorios con sus desvanecidos ocupantes y llegó a la cámara que había considerado como su hogar. No le sorprendió ver a un nuevo inquilino ocupando su lugar. ¡Apenas un día habían tardado en sustituirla!

El ser humano era por naturaleza oscuro, nefasto, egoísta. No estaba hecho a la imagen de dios, ni mucho menos; más bien a la de los seres que cohabitaban su cuerpo. Ella misma había tratado de aprovecharse de la desgracia de otro miserable ser. ¡Pero aquello tendría su final!

Aquellos bastardos no sabían la verdad. Dios le había cedido aquellas almas a Satanás para que hiciera lo que quisiera con ellas. Esa gente que había renegado de él, que habían puesto sus intereses por sobre todos los demás. Ladrones, mentirosos, maltratadores, asesinos, abusadores, lisonjeros, hipócritas… Nadie de allí era santo, ni libre de tirar ninguna piedra.

Marena entendió entonces su labor. Ella limpiaría esa mugre del mundo. El diablo le había dado esa autoridad.

Abandonó el piso. Bajó las escaleras y al llegar al portal puso sus manos sobre las paredes. Al contacto estas se pusieron negras y unas venas negras empezaron a ramificarse e invadir la estructura. Marena avanzó hasta la calle. Cruzó la carretera y tras chasquear los dedos el edificio fue pasto de las llamas.

El cielo se iluminó frenando temporalmente la expansión de las tinieblas. Marena vio una sucesión de demonios danzando alrededor del edificio, algunos entraban y salían bañados en sangre, masticando la carne de sus moradores. Todo el barrio se llenó de lamentos, alaridos. La antigua Marena no recordaba nada así. La nueva esperaba que cada día fuera como ese.

Acalló a las doscientas setenta voces en el interior de su cabeza. Quería disfrutar de la sinfonía del sufrimiento.

—Un buen aperitivo para lo que está por venir.

La ciudad retornó a la oscuridad una vez el fuego se consumió. Los gemidos fueron apagándose. La esperanza también. El ser humano no debía de olvidar que estaba en la antesala al infierno y que no había escapatoria.

Publicado la semana 5. 29/01/2019
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Oscuridad, Thriller, muerte, demonio, satanás, día, maldición, abandono, suspense
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