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H.J. Pilgrim

El Día (Primera Parte)

Hace diez años que vivimos en el reino del diablo. Si acabas despertar en la realidad te parecerá una locura. ¿El reino del diablo? ¿Qué se fumó esta? Es tristemente verdad. Miras a tu alrededor y ves las señales de que Dios finalmente nos abandonó y nos dejó a nuestra suerte. Si yo fuera Él, no habría esperado tanto.

El principal cambio es que son las noches en donde se desarrolla toda la actividad que solíamos hacer por las mañanas. Cuando trabajamos, cuando nos relacionamos con otros y cuando nos sentimos más seguros. La oscuridad nos protege. Oculta a los demonios que campan a sus anchas por las calles. Las tinieblas los tranquiliza, mientras que la luz los vuelve locos. Es entonces cuando poseen a los seres humanos o animales y desatan su furia contra nosotros. Pueden tomar el control de ti misma y hacerte matar a todos los que amas (para después dejarte vivir con las consecuencias) o simplemente aparecer en las formas más monstruosas posibles y devorarte lentamente.

La noche tiene luces muy tenues, nuestra vista ya se acostumbró a las pobres condiciones de luz y el día nos hace doler la cabeza. Sólo en ciertos lugares muy controlados la iluminación es mayor como en hospitales para procedimientos complejos. Para casi todo lo demás, las sombras lo dominan todo.

No hay que decir que todos aprendimos a leer en braille. Los transportes son trenes, metros, tranvías o funiculares. Dado que tener un vehículo propio implicaba iluminar el camino, eso atraía a los demonios o creaba accidentes. Así que un transporte automatizado era la mejor solución. Sin necesidad de poder ver nada. Tan sólo señales sonoras de cierta frecuencia que nosotros podemos percibir pero que ellos no, que nos alertan cuando estos vehículos se mueven o están cerca.

Aunque pareciera imposible, nos acostumbramos a vivir así. Dicen que son mil años en los que Dios estará ausente. Ya han pasado muchos y, a pesar de las circunstancias, estamos sobreviviendo.

Todo estaba bien hasta que los informativos radiales notificaron que se acercaba un cometa que iluminaría nuestro cielo y pasaría tan cerca nuestra que podría borrar la noche por varios días. Se confirmó que al menos serán veinticuatro horas de luz. Veinticuatro horas al menos en los que no podremos salir a la calle. Que estaremos encerrados en la más consistente oscuridad. Sin filtrar ni un poco de luz. El mundo (o lo que queda de él) se parará durante ese tiempo.

El ser humano dejó las zonas más iluminadas del planeta en busca de las regiones más equilibradas. Las zonas más australes y septentrionales no sirven. Las noches blancas son igual de peligrosas que las mañanas y la migración continua no es opción.

Se está desarrollando un submundo bajo las ciudades para que podamos desplazarnos durante el día con pobres condiciones lumínicas. No sé si dije antes que no importa si es luz natural o artificial, los demonios son atraídos por ambas. ¿Quién diría que la oscuridad sería la salvación de la humanidad cuando hemos huido toda nuestra vida de ella?

Todo esto que estoy diciendo tiene un motivo: en apenas una hora amanecerá, se iniciará el día que nunca acabará y yo moriré.

Tuve la mala fortuna de pedir un préstamo a un usurero pensando que iba a morir en una guerra contra una banda rival más poderosa. Me estaba frotando las manos mientras gastaba ese dinero que nunca devolvería. No conté con su inteligencia a la hora de librarse de su contraparte reventando los techos de su casa al mediodía. Había colocado explosivos en los tejados y los detonó. O la explosión o los demonios lo matarían. Encima, para la fortuna de K.Face (así se hace llamar mi nuevo amigo), toda la jerarquía estaba reunida así que mató dos pájaros de un tiro. Fue cuestión de tiempo que los restantes miembros de la banda rival se rindieran ante su nuevo líder y se unieran a él.

Y aquí me tienes: atada al único árbol a tres kilómetros a la redonda esperando las primeras luces del alba para ser historia.

Tendría que haber sido más inteligente. Haber sabido que hay fuerzas y poderes con los que no puedo jugar. Esta lección me va a salir cara. ¡Joder!

El cabrón de K.Face me encadenó encima mirando para el oeste para que ni siquiera vea el sol de mi último día. No sé qué tortura es peor. Saber que los demonios pueden aparecer por cualquier lado o no ver el amanecer que me costará la vida.

Pasan los segundos y siento la claridad. Voces, rugidos, risas, cánticos ominosos y pasos en crescendo. Mi corazón empieza a latir desbocado. Jamás vi a un demonio. Jamás vi a nadie morir por causa de uno de ellos. Ni siquiera los fotografían. Nadie que viera a una de estas bestias vivió para contarlo o mostrarlos.

¡Yo no voy a ser distinta! ¿Qué tengo yo que me pueda diferenciar al resto? ¡Nada! Soy sólo una idiota que se pensó más lista que nadie. Y, ¿para qué? Para comprarme tonterías que no valían la pena. ¿Cómo pude ser tan gilipollas?

¡Oh, dios! No puedo clamar a ti, porque nos dejaste. Nos abandonaste porque se supone que no somos los elegidos. Pero ¿esta es la forma? ¿Es así cómo voy a tener fe en ti? ¡No! ¡No quiero morir! ¡Tengo tanto por vivir!

Las lágrimas ya me impiden ver la claridad de un sol que en segundos se asomará con su primer rayo. Los últimos de mi patética existencia. Quiero morir de un paro cardíaco. De puro miedo. No quiero que esos monstruos me devoren lentamente, me hagan sufrir mientras me castigan por atreverme a estar aquí fuera. ¡Al menos haz eso por…!

Es tan sólo un parpadeo. En ese pequeño lapso en el que escucho y siento dos pesados pasos afirmarse delante de mí. Es eterno el momento en el que abro los ojos y soy consciente de él. Lo veo ante mí.

—Dios, ten piedad.

Publicado la semana 3. 20/01/2019
Etiquetas
Oscuridad, Thriller, muerte, demonio, satanás, día, maldición, abandono, suspense
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