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H.J. Pilgrim

El Descenso

Por mucho tiempo he disfrutado de esta vida sin preguntarme si lo que he hecho era lícito o no. Decían que se tiene que vivir al máximo y eso hice. Los anuncios de la tele, las películas y series, los libros y la prensa en general. Es un complot en el que si aceptas que tu vida debería tener un control estás equivocado. ¡Come lo que quieras! ¡Acuéstate con quien se te cruce! ¡Más vale pedir perdón que permiso! Y cosas como esa.

Ahora, me encuentro entre rejas (sí, en la cárcel) escribiendo estas líneas arrepentida por haberme dejado llevar por esa corriente de descontrol. Las aventuras son muy bonitas hasta que te toca vivir una. No aprenderás a disparar armas mientras salvas a la persona de turno, no serás rescatada por un héroe (este concepto incluso ya es inválido porque nosotras no necesitamos que nadie lo haga), las conspiraciones no se descubrirán y, sobre todo, el asesino no será el mayordomo. En este caso: soy yo. Sí, una estúpida adolescente de apenas dieciocho años recién cumplidos tratando de festejar por todo lo alto su cumpleaños.

Te puedo decir que lo que dicen las series de prisiones es casi cierto. No hay glamur en la cárcel. Tienes tus grupos de convictas que se disputan el poder y sangre joven como yo es un festín para estas depredadoras. Afortunadamente no me puedo considerar hermosa. Soy de lo que dicen: el montón. Si me maquillo bien puedo subir varios puntos, pero aquí estaré tranquila que no me perseguirán por eso o por una escultural figura que no tengo. Soy más bien delgadita.

¿A quién maté para estar entre rejas? La respuesta es triste, pero a estas alturas no sorprenderá: a mi mejor amiga. Ella me acompañaba las últimas horas de ese idílico festejo en donde había consumido más alcohol y drogas que en toda mi vida. Es fácil en este punto pensar que vives en una realidad cuando estás en otra muy distinta.

En mi fantasía estaba bailando con ella, tratando de ligar con el chico más guapo que habíamos visto en la disco. Él nos miraba a las dos, pero mi amiga era más… despampanante y ya sabes cómo termina esto, yo afuera y ella dentro de una habitación con él. ¡Era mi maldito cumpleaños! ¡Era yo quien tenía que estar revolcándome con él!

Entré en la habitación hecha una furia, la agarré del pelo y la tiré contra la pared con toda la mala suerte que terminó tropezándose y desnucándose contra un mueble. Homicidio involuntario. Y que estuviera bajo las influencias de drogas y alcohol no lo hizo más fácil. El juicio fue rápido y el jurado decidió en mi contra. El fiscal destrozó al pobre idiota que tenía como abogado de oficio y yo, como puedes leer, me llevé todos los palos.

Ahora… Ahora ya no hay más tiempo para arrepentirse. En tan sólo dos días aquí entendí que no voy a aguantar los años que me han caído. No seré preciosa, pero sigo siendo una niña inocente y virginal comparada con el resto de las reclusas. Ayer me lo hicieron sentir en la ducha cuando me violaron sin que nadie las frenara y hoy… me sorprendieron mientras volvía a esta misma habitación y me dieron una paliza mientras me aseguraban que sería su putita todas y cada una de las noches mientras… mientras me hacían cosas que no me atrevo de reproducir en este trozo de papel.

¿Es esto justo tras por mis errores? En absoluto. ¡Yo no quería matarla! ¡Sólo quería mi regalo de cumpleaños!  

No… no voy a aguantar esto. No puedo dejar que me denigren, que me ultrajen diariamente hasta que me convierta en una zombi enferma acercándose progresiva a una muerte enfermiza.

Ahora miro el único regalo que alguien me hizo desde que llegué. Es un trozo de metal afilado. Es de una chica que lleva unos cuantos meses y, tras verme destrozada, me lo dio para que me defendiera o para que terminara con todo. No me veo con fuerzas para defenderme, así que… ¿Serán estas mis últimas palabras?

Llaman a la puerta. Tendré que esperar para terminar esta carta…

Publicado la semana 2. 12/01/2019
Etiquetas
crimen, cumpleaños, cárcel, homicidio, amigas
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