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H.J. Pilgrim

Caníbal 2301 (Parte Final)

Me despierto tirada contra la pared del callejón. Es de noche y está lloviendo sobre mí. Me duele la cabeza y no entiendo qué diablos ha pasado. El maldito PK me hizo algo.

Ejecuto los diagnósticos para confirmar que no hay ninguna función vital comprometida. Tengo miedo de que me hayan invadido y provoquen un fallo cardiorrespiratorio o pulmonar o renal… Lo que sea que pueda poner en peligro mi vida.

Uno tras otro, los comandos se muestran en el HUD. Aparentemente, todo está bien. Ya no puedo decir lo mismo de cualquier otra funcionalidad de mi cuerpo —memoria, vista, olfato… Incluso mis posesiones e historial laboral o médico pueden estar comprometidos.

Sea como sea, no vale la pena preocuparse por ello. Tengo que terminar con esta mierda. Lo peor de todo es que no veo más el vehículo de la mujer. Es muy posible que se haya ido. Voy a tener que esperar otra vez a que alguien vuelva.

Una serie de líneas de comando empiezan a desfilar de nuevo. Unas directivas me avisan que con un par de alambres puedo atreverme a abrir la puerta. ¡Vaya! La aplicación pueda ser que me haya enseñado un par más de habilidades. Un sensor se activa y me lleva hasta un asqueroso depósito de basura en donde, dentro de una bolsa chorreante de grasa, encuentro esos elementos para saltar la seguridad de la puerta.

Trato de lavarme las manos con el agua de la lluvia, pero es inútil. Siento el nauseabundo olor de los desperdicios penetrar mi nariz. La sensación aceitosa me acompaña cuando froto mis dedos. Suspiro y camino hacia el restaurante.

Busco la imagen de la mujer en mi memoria y vuelvo a hacer una búsqueda en el ciberespacio. No es posible que nadie pueda estar libre de sus garras. En algún documento digital tiene que figurar. Alguna vez, alguna cámara tiene que haberla captado y subido su imagen. Desde que naces hasta tu muerte siempre hay alguien que puede estar viéndote, guardando tu vida para el gozo y divertimento de otros. Si alguien puede escapar de ello, tiene que ser muy, muy importante.

Por mucho que refino los parámetros, no encuentro nada de nada. O hay algún software que está interfiriendo en ello, o realmente esa mujer es un fantasma de la sociedad. Pensé que era imposible. Tan sólo mitos de este nuevo mundo. Pero aquí tengo a una.

Llego a la puerta, miro a ambos lados y no veo a nadie pasar, así que es ahora o nunca. Las luces de neón azul y rosa iluminan lo suficiente para que pueda ver dónde estoy metiendo los alambres. Un repentino escape de vapor estalla en el callejón de la esquina. ¿Hay gente dentro? ¿Es sabio hacer esto?

El reloj marca las dos de la madrugada. ¿Tanto tiempo estuve desvanecida? Me preocupa —curiosamente— que nadie me haya visto tirada en el suelo y tratara de despertarme o aprovecharse. Ni siquiera secuestrarme. Imaginando la confidencialidad con la que se maneja este restaurante, no habrá vigilancia en la zona. Eso lo saben los maleantes. Buscan lugares donde cometer sus crímenes impunes. Y yo, una jovencita indefensa, soy una pieza digna para un depredador. Pero, heme aquí. Sin mácula, sin señas de que me hayan hecho nada. Esto no puede ser bueno.

El mecanismo de la cerradura hace un chasquido cuando logro abrirla. Al menos el PK ha sido útil. Tiro de la puerta y me asomo por la rendija. No logro ver a nadie en el recibidor. Me introduzco y cierro la puerta lentamente. La tenue iluminación anaranjada, de unos puntos de luz, de una tecnología antigua y desfasada, me recuerda más a un pub que a un restaurante. Las paredes del lugar están cubiertas de terciopelo rojo, sobre los que cuelgan tapices y cuadros que no son proyecciones holográficas. Esto es de verdad y tiene que costar una verdadera fortuna.

Tengo mucho miedo. Hermetismo, clandestinidad y dinero, todo enmarcado con unos medios de siglos pasados, me hacen temer con qué me puedo encontrar.

Doy pasos pequeños en suelo brillante de mármol, mientras progreso por el pasillo hasta una arcada, que separa el interior con una gruesa cortina de color negro. Sacudo la cabeza, pero no freno. Pongo la mano sobre la tela que es tan suave, tan limpia, que afirma mi desconfianza.

La estancia ante la que me encuentro se encuentra tan oscura que no logro identificar nada. Mi visión nocturna debería activarse, pero no lo hace. ¿Es este uno de los primeros errores de la aplicación? Avanzo hacia un círculo de luz que se posa sobre un telón que pende al fondo de la sala. No escucho nada, no huelo nada. Las mejoras de mis sentidos están fallando una tras otra. Aún así, avanzo como si mi voluntad fuera ajena a mi miedo. ¿Soy yo la que dirijo mis pasos? O ¿es otra persona?

Esto frente al telón. Llevo mi mano a la circunferencia iluminada, me giro para ver su origen…

Otro foco se enciende apuntándome a la cara. Me tapo instintivamente con las manos y mientras me acostumbro a las nuevas condiciones, veo como varias velas se enciende asíncronamente en una multitud de mesas que no pude percibir antes. Veo a mujeres y hombres, pero no puedo distinguir sus rasgos, todavía ocultos por las sombras. Lo que sí puedo ver son sus sonrisas blancas.

—¡Te estábamos esperando, Camila! —exclama aquella voz…

—¡To-Tobyas! —interpelo sorprendida—. ¿Qué significa esto?

—¡Bienvenida a New Heaven!

Un hombre de unos cincuenta años, barba canosa y cabello repeinado hacia atrás, para nada parecido al holograma que había visto en el piso, camina hacia mí. Viste un traje pulcro y hermoso de color negro a juego con su pelo y su mirada —y también con su corazón.

New Heaven es un exclusivo restaurante temático con espectáculos en vivo. Te damos el honor de ser parte del programa de hoy.

—No-no entiendo. ¿Qué tiene que ver esto con Belén?

—Todo, querida. La muerte de Themis se debió a que, al bueno del magnate, le dio por tener conciencia. Una vez que eres parte de este mundo, no puedes abandonarlo. Está escrito en las reglas del club.

—Ju-jugasteis conmigo. ¿Po-por qué?

No sé que es peor, el miedo, la sorpresa, la decepción por haber sido tan estúpida. ¿En qué estaba pensando para creerme capaz de resolver un crimen? He visto tanta mierda que pensé que podía emular a mis héroes de ficción.

—Aquí hacemos dos cosas: comemos y nos divertimos. Aunque, no estaría ninguna de ellas bien vistas por la sociedad —explica mientras mi cara de incredulidad le obliga a ser más explícito—. ¿Acaso mi hackeo nubló tu entendimiento? Comemos carne de animales y, una vez al mes, de seres humanos.

Abro los ojos de par en par.

—¡No! —exclamo mientras hago el amago de correr, pero mi cuerpo no reacciona—. ¡No, por favor! ¡¿Qué me vais a hacer?!

—No te vamos a comer, Camila. Al menos nosotros. A pesar de que eres una joven muy guapa, la cincuentena que estamos aquí, pasaríamos hambre. Ya te dije que quería que fueras parte del espectáculo de hoy.

Tobyas hace un movimiento de su mano derecha y unas rejas se levantan a mi alrededor cubriendo todo el escenario, dejando sólo una abertura a mi izquierda. Escucho unos lamentos acercándose hasta mí desde ese lado.

—Podrías haber continuado con tu patética existencia, como recolectora en esa huerta industrial, leyendo tu librito, viendo tus canales habituales, dejando tu rastro en el ciberespacio, muy interesante desde luego. Pero no. Quisiste jugar a los detectives.

»Desde que entraste en la casa de Belén te estamos siguiendo. Nosotros orquestamos todo, querida. Dejamos las pistas, señales y todo lo que fuera necesario para que, si había alguien lo suficientemente estúpido para querer investigar, terminara donde tú estás ahora: en una jaula.

Un hombre desfigurado aparece a mi izquierda, arrastrando sus pies y gimiendo. Al verme abre tanto los ojos que temo que se le vayan a desorbitar. Ruge y babea profusamente. Aunque trata de acelerar, sus piernas no le responden.

—E-eso es…

—Experimentos fallidos con el TEURUS II. Las primeras versiones tuvieron unos pocos problemas —expresó, como si estuviera hablando de una travesura hecha por un niño, mientras se encogía de hombros—. Me gustaría decirme que se me ocurrió la idea de utilizarlos, pero mentiría. Lo que sí te puedo decir es que comen mucho. Un par de veces por día. Aunque, a nosotros nos gusta dejarlos pasar un poquito de hambre, así se pone más divertida la cosa.

¡Me están utilizando como el alimento de esas cosas!

Tras ese hombre, aparecen más, de distintas edades, género y raza. Pero son tantos que no puedo contarlos.

—¡Ah! Se me olvidaba —dijo mientras tecleaba algo en su teclado holográfico.

Siento como recupero el control de mi cuerpo, pero mis piernas me fallan. Me desplomo al suelo.

—No te recomiendo que te quedes inmóvil. Todavía tienes una posibilidad de escapar. Mira: sólo son veinte. Si los esquivas, puedes llegar a la salida. Es más, tienes activas todas tus mejoras, así que puedes luchar contra ellos. No sería divertido que se te abalanzaran y te comieran sin más.

¡Quiero vivir! Quiero escapar de este sitio. Regresar a mi casa y no pensar en nada más. Olvidarme de Belén, de que la mataron, de este lugar, de Tobyas. ¡Cómo me pude equivocar tanto! ¿Cómo pude pensar que, los mismos que la mataron, no me atraparían? He sido tan ilusa, tan orgullosa, que duele. Siempre pensé que era mejor que el resto. Eso me llevó a creer que podría impartir justicia. ¡Ja! ¡En Iridiel no hay esperanza! Tan sólo asesinos, ladrones, cobardes… toda clase de seres miserables que buscan una forma de seguir vivos. ¡Debería haberlo entendido antes!

Me apoyo en los barrotes de la jaula y me pongo en pie. La primera de esas cosas se abalanza sobre mí, lo esquivo y uso su impulso para tirarlo al suelo y le reviento la cabeza de un pisotón.

Los comensales vitorean. De reojo los veo dando bocados a sus tenedores, clavados en trozos de chuletones en salsa. Otros brindan con vino. Algunos apuestan si lo lograré. Mi indignación está al mismo nivel que el miedo.

Ordeno una carga de adrenalina que recorre de inmediato mis venas. Me da fuerzas, reflejos y muchas ganas de salir de aquí viva para darles más de lo mismo a estos miserables.

Evito a dos infectados más, mientras que, con medidos golpes, les quiebro las piernas. Tengo que tirarme a un lado, en el último minuto, para evitar que un corpulento afro me atrape. Me aúpo, con uno de los que inutilicé, para elevarme y patearle la cabeza al afro. Cae de espaldas y oigo como se quiebra su cráneo. Ahí aprovecho para romperle el cuello. Si sigue vivo, no se moverá.

—¡Espectacular! —exclama Tobyas mientras aplaude—. Puedo afirmar que eres la mejor hasta el momento. Nadie llegó a inutilizar a Duke, pero tú sí.

Ignoro sus palabras. Las cosas esas se están repartiendo por la jaula y no voy a ser capaz de esquivarlas. ¡Estoy jodida! ¡Muy jodida!

Los afectados por los fallos de TEURUS se acercan, me rodean y me miran como el trozo de carne que soy para ellos. Me encantaría decir que estoy preparada para esto. Que tengo varios PK que puedo usar para no sólo ser hábil en el combate, sino ser capaz de lidiar con varios enemigos a la vez, pero no tengo tiempo ni créditos para eso…

Uno se me acerca, lo agarro por el cuello y se lo quiebro, mientras pateo a otro que estaba a apenas dos metros de mí. Este último cae sobre otro y ambos se enzarzan en una lucha por ver quién se levanta primero. Oportunidad que aprovecho para atacar a otro de los que se acerca, estampando su cabeza contra las rejas, abriéndosela y haciendo que sus sesos vuelen por los aires. ¡Ya sólo me quedan catorce!

¡Ojalá tuviera un palo, un machete o algo que me ayudara a eliminarlos más rápidamente! No estoy acostumbrada a este ritmo. Las fuerzas se me acaban y mis golpes serán menos efectivos.

—¡Querida mía! —exclama Tobyas a mi espalda—. Eres la primera que logra llegar tan lejos. Seis fallidos inutilizados… ¡Dios! ¡Eres increíble!

Sus palabras me distraen y hace que una de las cosas esas me agarren por el brazo. Antes de que me muerda, le doy una patada que quiebra su rodilla, piso su cuello y esquivo por los pelos el abrazo de otro.

—¡Siete!

Se están poniendo nerviosos. Ven como sus amigos caen como moscas a mi lado. ¿Serán lo suficientemente listos para temerme? ¿O pueden imponerse sus impulsos primarios?

El alarido de este último, mientras se tira sobre mí, es la única respuesta que necesito. Con una finta, lo dejo caer y sin perder de vista a tres que van juntos, piso su cabeza y el crujido me avisa que será un problema menos para mí.

—¡Quiero ver cómo haces con ellos, Cammy! —expresa animado el hijo de puta—. ¡Demuéstranos cuántas ganas tienes de vivir!

Me muevo lateralmente. Cada vez los huecos que dejan son mayores. Tan sólo tengo que aguantar un poco más y tendré mi vía de escape.

Con rápidas y medidas patadas, aparto a dos y empiezo a correr hasta la salida. Están tan desperdigados y son tan lentos que no pueden evitar que escape. ¡Vamos!

Una puerta enrejada se desploma, golpeando duramente el escenario y haciéndome caer de culo, al frenar súbitamente. Giro mi cabeza aterrorizada, y veo al irrespetuoso público riéndose de mi desgracia. Tobyas sonríe con ese brillo diabólico en su mirada. Llevan jugando conmigo desde que me metí en la casa de Belén.

La frustración se traduce en forma de lágrimas, que se deslizan por mis mejillas tatuadas con glifos negros, a juego con el rímel que ahora los confunde, en contraste con mi cabello celeste y mis ojos color miel. Mi piel blanca se mancha con caminos de dolor e impotencia. Ya no me puedo engañar. De aquí no salgo viva. Sean las cosas estas o estos malditos hijos de puta, estoy sentenciada.

No tengo más fuerzas, ni siquiera el ánimo. Acepto lo que me toca. Los fallidos me rodean. Sus bocas babeantes se abren saboreando mi aroma, mi miedo y mi derrota. ¡Ellos van a devorarme viva!

Tobyas levanta los brazos esperando, exultante, orgulloso del cierre de esta aventura. Los comensales se ponen en pie y aplauden mientras la primera cosa se inclina sobre mí, me agarra con sus fuertes manos y…

—¡Aaaah! —exclamo al sufrir su dentellada en mi antebrazo.

Otro de ellos se arrodilla, me ase de la pierna y tira de ella, mientras un par se aprovecha para morderme el muslo.

Mi cuerpo no aguanta el miedo. Todo mi interior se vacía. Ya no sólo son fluidos, son sueños, esperanzas, la fuerza y la cordura. Mis gritos excitan a la concurrencia. Aplauden, vitorean y se abrazan por ser testigos de un evento de semejante perversión. La bajeza de los habitantes de Iridiel se representa en ellos. La realidad de lo que fuimos, somos y seremos. Deberíamos de desaparecer.

Uno de los fallidos se incorpora y en su boca cuelga un trozo de carne desgarrada. Es tan extraño… Parece que no me está pasando a mí. Ya ni siento el dolor. Soy una espectadora de mi propia muerte.

Todas las cosas se tiran sobre mí. Me abren el vientre, tiran de mis tripas y las mastican. Me elevo y veo como otra muerde mi yugular. Arranca ese pedazo de arteria, músculos y se baña con una sangre que ya no fluye más. Mi corazón ya no late.

Me alejo. Voy pasando a través de estructuras, dimensiones y tiempo, hasta que la oscuridad me cubre. Me deslizo por la nada, por un éter o un fluido espacial que no conoce momentos hasta que…

 

 

Me despierto tirada contra la pared del callejón. Es de noche y está lloviendo sobre mí. Me duele la cabeza y no entiendo qué diablos ha pasado…

—¿Qué-qué diablos…?

Miro a mi alrededor y soy incapaz de comprender si todo lo que acaba de ocurrirme era un maldito PK o realmente pasó, y he quedado atrapada en loop que me va a obligar a morir, mil y una veces más.

Miro a la puerta del restaurante. Si es cierto todo lo que viví, ahora tengo la experiencia para tomar una decisión mejor.

Incorporada, me doy la vuelta. Camino de regreso a casa. No me interesa descubrir más la verdad.

Las lágrimas se funden con la lluvia. El dolor, la vergüenza y la impotencia impulsan todas y cada una de ellas. No hay nadie bueno en Iridiel. Ni siquiera yo. Mucho menos yo.

Publicado la semana 17. 26/04/2019
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asesinato, ciencia ficción, Relato, Thriller, caníbal 2300, ciberpunk, ciberespacio, Caníbal, hacker
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