13
H.J. Pilgrim

Caníbal 2301 (Segunda Parte)

Es extrañamente reconfortante ver un poco de verde entre tanto cemento y acero. No tiene ese color vivo de una planta cuando recibe su ración de agua y sol. Es más claro, casi tornando a un marrón, pero anima ver algo que no está compuesto por chips y cables.

Apenas tengo que esperar unos minutos que, ante mí, se persona el transporte número quince que me dejará a apenas unas seis manzanas de mi destino. Hombres, mujeres y niños me empujan por igual. Nada les importa ya. Sólo quieren sentarse en uno de los pocos asientos disponibles. Me dan asco. Estos son los criminales del pasado, presente y futuro, que no escatiman en nada para lograr sus objetivos. Ni les importa que yo, apenas una veinteañera pueda caerme al suelo y golpearme por su causa. ¿En qué nos hemos convertido?

El transporte acelera en el momento en el que me subo. No espera a que las puertas estén cerradas. El conductor es otro desconsiderado más que ni es capaz de recibirme con un buenos días. Es más, me mira de arriba abajo desnudándome con su mente. Ignoro el hecho y dejo que se descuenten los créditos del monedero que contiene el chip implantado en envés de la mano.

El desprecio del conductor por la vida se vuelve a manifestar mientras acelera más de lo que debería por las calles sucias y estrechas de Iridiel. Esquiva peatones, coches y mascotas abandonadas. En más de una ocasión pega frenazos que me asustan más de lo que debería. Tendría que tener asimilada una existencia así. En donde puedo dejar de ser en cuestión de segundos.

Pasan los minutos mientras más gente se sube, y se aprieta contra mí. No puedo contar las veces en la que hombres o mujeres me tocan el cuerpo de forma innecesaria. Escudándose en la conducción temeraria del chófer, me tocaron el culo, las piernas, la cintura, incluso me rozaron las tetas. Siento asco por vivir en un sitio como este. Por la impunidad de que, si yo denunciara a cualquiera de estos, no serviría para nada, porque hay casos más importantes que la policía tiene que cubrir.

Los que pensaron que la tecnología podría salvar a la humanidad, se darían con un canto en los dientes si estuvieran vivos para ver en lo que nos convertimos. Alta tecnología, vida de mierda.

Cuando logro bajar del transporte, no puedo más que estar agradecida de escapar de esa lata de sardinas maloliente y llena de personas despreciables. ¿Por qué no se destruye de una vez por todas el planeta? ¿Por qué no se vengó de nosotros y nos mató? Mejor habría sido eso que este continuo sufrimiento.

Camino en dirección a la playa de aguas grises y contaminadas. Otra vez me lamento por la destrucción que hemos causado. La arena está sucia, llena de basura y asentamientos precarios donde viven los más pobres. Hace siglos vivir a la vera del mar era un privilegio. Ahora, una maldición. Sus ácidas aguas causan problemas de respiración y de piel si te tocan. Pero es uno de los pocos lugares que no son regulados para nada por las autoridades. Con tan sólo cruzar un simple muro de menos de medio metro, estaré en tierra de nadie.

Arribo después de ignorar gritos y clamores de mujeres y hombres, llego al edificio de la calle Sorusant donde vive nuestro querido hacker. A punto de tocar el portero, me pregunto por qué vine. ¿Qué me obliga a buscar la verdad? ¿Qué es lo que me empuja a poner mi vida en peligro? ¿Es mi sentido de justicia o el amor no confeso por Belén? Sea lo que sea. No tengo otra labor que requiera mi atención.

Llamo al portero y de inmediato un holograma se muestra preguntando que me lleva a mí a ese edificio. Nadie me espera ni figuro como invitada en ninguno de los perfiles locales. Soy una total desconocida para todo el mundo aquí.

—Vengo en representación de la agente Belén Seebrin del CPI, relativo a un caso de homicidio. Las pistas me llevaron al piso sexto.

En tu chip no dice nada que seas del CPI u otro cuerpo de seguridad.

—¿Piensas que esa información puede estar accesible para cualquiera?

Aun así, necesito una identificación para dejarte pasar.

—Ya la tienes: soy Camila Resmyr, puedes confirmar mis datos si quieres con el CPI.

Era evidente que si lo hiciera no podría confirmar que yo perteneciera al cuerpo o no. Los agentes no suelen dar esos datos a nadie. Y aún en la duda, tampoco confirman ni niegan nada, no sea que jodan los negocios de algún compañero. Esto, obviamente, provocaba un serio problema de usurpación de identidad. Pero ante la disyuntiva de dejarme entrar o enfrentarse al CPI, el portero elegirá a mi favor. Nadie como yo podría ser un peligro.

La puerta se abre de un chasquido, tal y como esperaba. En el interior accedo al listado de personas que viven en el piso seis y sólo encuentro una persona tan normal como sospechosa. El resto son parejas con hijos. Bien podría ser alguno de ellos y usar su vida familiar como tapadera, pero me la jugaré con Tobyas Merey. Mientras subo en el ascensor, veo que supuestamente es un técnico de refrigeración en su bioPage. Tiene multitud de fotos y videos de él con hombres y mujeres de distinta naturaleza, en las más diversas circunstancias: desde una noche de juerga o una ducha multitudinaria.

La intimidad es algo que ya no tiene mucho sentido en este siglo. Desde que naces tu vida está siendo grabada por cualquier motivo posible. Con fines médicos, policiales —y todas las mentiras que le dan a unos pocos poder de entrometerse en tus momentos más íntimos— aseguran que, tener datos pormenorizados de hábitos, costumbres y eventos personales, ayudan en casos de crímenes. Por ende, no sabes quién te puede ver cuando te cambias, vas al baño o tienes relaciones con otra persona.

Es bastante común recibir un mensaje pidiendo dinero para evitar que la media inunde la red. Hasta el momento no recibí ningún aviso, básicamente, por dos razones: no tengo dinero —la más importante— y me encargué yo misma de exponerme de todas formas habidas y por haber. Nadie desde luego podrá decir que no sabe nada de mí, si no busca bien.

Llego a su puerta y cuando me dispongo a presentarme, se desliza y me deja ante una abertura oscura donde no puedo ver nada más que un leve resplandor en su interior.

—¿Hola? ¿Tobyas Merey? —pregunto nada más adentrarme.

Hiede dentro. Es insoportable el olor a mierda. ¿Es posible ser tan poco higiénico? Una imagen se persona ante mí en el momento en el que llego a lo que sería el salón de una pequeña vivienda de paredes blancas de esquinas redondeadas. Lo más llamativo es su máscara negra como la de un villano de película de ciencia ficción.

—Me alegra que hayas llegado hasta mí, Camila. Al parecer el rastro de miguitas de pan que dispuse han tenido su fruto.

—¿Quién eres?

Me gusta muy poco que la gente se haga la interesante conmigo y me fuerce a hacer las preguntas. Esa actitud casi me fuerza a claudicar en mis esfuerzos de conocer cualquier verdad que me puedan vender.

—Tan sólo puedo decirte que somos un grupo que está exponiendo la corrupción del CPI. Tu amiga Belén descubrió algo que le costó su vida junto a la de su novio.

Aun sin pruebas, mis sospechas se ven confirmadas. No había manera que Pelem engañara a Belén, ni que ella lo matara por eso.

—Yo intenté avisarla de que habían manipulado su mente, pero al parecer, eso disparó el asesinato y el posterior suicidio.

—Muy bonito todo, pero sin pruebas, esto no me sirve para nada.

—Yo te puedo dar un video en donde se ven los minutos finales de tu amiga y como la policía no se preocupó en tomar muestras de la escena del crimen. Hice un trace de su red neuronal y pude sacar una lógica implantada que no coincide que su firma.

—¿Por qué me la das a mí y no la publicas? ¿Prefieres que el trabajo sucio lo haga otro?

—Que yo la libere puede provocar un ataque contra mi organización. Necesitamos estar dentro del anonimato para seguir operando libremente —explica con esa voz distorsionada que tan poco original me parece—. Tú buscas la verdad. Yo te la ofrezco y de ahí, puedes crear un efecto dominó que irá derrumbando algunas estructuras, ya de por sí debilitadas.

—Muéstrame el video y después ya decidiré si lo quiero o no.

Una ventana se abre al lado de la cara de mi interlocutor y veo esos fatídicos minutos finales de Belén y Pelem. El rostro de mi amiga se vestía con una mueca de terror mientras avanzaba y recuperaba su pistola. Al abrir fuego la veía llorar desconsolada pidiéndole perdón a Pelem, no podía frenarse. Mientras lleva el cañón a su cabeza mira a donde está la cámara de esa habitación y dice claramente: “Yo no maté a Pelem”.

Aparto la mirada un segundo antes de que dispare. No soy capaz de verlo. Es más freno el video y ni me preocupo en ver la desidia de la policía en la investigación del crimen.

—¿No es extraño que el CPI aparezca apenas unos segundos después del hecho?

El comentario de Tobyas me obliga a volver a reproducirlo y veo que, unos instantes después, la policía aparece, quita los cuerpos y accede al sistema de seguridad de la casa.

—¿Fuiste tú quien borro el video?

—No, pero dejé que el rastro te llevara a mí. Este ambiente lo controlo. La casa de tu amiga no. Aquí puedo comunicarme con la seguridad de que no seré rastreado.

—¿Cómo sabes que yo iba a ir?

—Esperaba que alguien se acercara a su casa. Si ese alguien tenía acceso a su hogar, debería ser de confianza. Además, Belén no era amiga de ninguno de sus compañeros. Todos la veían como un personaje peligroso para sus intenciones.

—¿Sabías que podría morir si te comunicabas con ella?

—Era una posibilidad que consideramos. Su mente había sido manipulada.

—Sólo puedes saber eso si fuiste parte de los manipuladores.

—No se te escapa nada. Tal vez tendrías que haber sido tú la agente y no Belén.

El comentario me parece de mal gusto. Tobyas se da cuenta y suaviza su tono cuando se disculpa.

—¿Ahora cómo sigue esto? Yo filtro el video, el CPI viene a por mí, termino como Belén, desmienten la filmación y todo esto para nada.

—No hay punto y final en estas cosas, querida. Con lo que te di, puedes empezar a tirar de los hilos, a ver por dónde se descose.

—No sé si por donde continuar.

—Te voy a dar un regalo y una pista —dice mientras empieza a pulsar en un teclado invisible—. Agarra de la mesa a tu derecha el program key. Una vez lo instales tu visor tendrá una serie de utilidades extras: filtros infrarrojos, térmicos, rastros biológicos y visión nocturna. Y, ya de paso, te regalo un consejo. Invierte todo tu dinero en un upgrade en la seguridad de tus implantes. Si quisiera en unos pocos minutos podría obligarte a hacer cualquier cosa.

Aquello me asusta. No he sido un objetivo nunca porque no soy nadie. Los hackers tienen cosas mejores que ir a por mí. Ahora, estoy a punto de ponerme una diana en la espalda.

—Y la pista: la verdad se encuentra en el escenario del crimen que investigó Belén.

—¿Qué ganas tú con esto? —pregunto. En este mundo, la filantropía no existe. Espera conseguir algo: poder, influencia, dinero…

—Digamos que, si todo saliera bien, ganarías una amistad muy poderosa.

Publicado la semana 13. 31/03/2019
Etiquetas
asesinato, ciencia ficción, Relato, Thriller, caníbal 2300, ciberpunk, Caníbal
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
13
Ranking
0 133 0