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H.J. Pilgrim

Sacrificio (Parte Final)

Tal y como le había dicho, José la llevó en su coche a la comisaría, pero tuvo que dar un par de vueltas. Al parecer, aquella noche se inauguraba un festival local y la gente se estaba congregando en el parque que estaba al lado.

—Es un día importante…

—Anabel, perdone, no le dije mi nombre.

—No tiene por qué disculparse. Ha pasado por mucho y tan sólo quiere volver a casa —expresó acongojado—. Me va a permitir que en vez de la comisaría la lleve a la Iglesia.

—¿Una iglesia?

—Allí nos aguarda una amiga que tuvo la desgracia de pasar por lo mismo que usted pasó —dijo mientras paraba frente a un edificio gótico totalmente negro, salvo los largos ventanales y mosaicos, con una sola torre coronada por un símbolo que parecía una A dada vuelta.

—¿Qué tipo de iglesia es esta?

El comisario no respondió. La puerta se abrió y Anabel se sorprendió al encontrarse con una joven que se parecía mucho a ella —tanto que, por un momento, pensó que se trataba de alguna hermana perdida.

—Hola, Anabel. Soy Romina —dijo la joven, pelirroja de piel blanca y ojos de color esmeralda. Anabel, sin embargo, los tenía castaños.

Había algo en Romina que la dejó cautiva. Estaba tan embobada que no le dio cabida a la sorpresa de que ella conociera su nombre. Casi se sentía honrada por ello. Nada más importaba. Se dejó guiar hasta el interior de la iglesia. Era exactamente igual que las fotos que había visto de la catedral de Colonia, en una escala menor, pero con decoración, iconos y simbología totalmente distinta, casi pagana.

—Es extraña —expresó Anabel.

Se sentía como parte de un sueño. ¿La había drogado Romina con tan sólo tocar su piel? ¿Qué estaba pasando? Era tan placentero… Parecía flotar en el aire.

Romina la llevó hasta el estrado, donde había una gran mesa de piedra y le pidió que se echara sobre ella. Anabel no se resistió. Se acostó y esperó. Su mente volaba en las imágenes de las vidrieras que no mostraban santos o vírgenes, sino planetas, estrellas y otros objetos celestiales. Desde luego era una iglesia muy particular.

Se presentó una mujer vestida con una túnica de color púrpura, sus ojos, de un azul tan claro que parecían blancos, estaban enmarcados por unas sombras de color negro sin una forma aparente. Sus labios finos también estaban pintados en negro en contraste con su palidez. Rondaría los cincuenta años. Era una belleza fría, extraña, que a la vez generaba interés y desasosiego.

Themegheröth drosel parevé Inpher’i Nepoar. Löce nemur, öthen mandeth Methem —dijo con voz sibilina en un idioma desconocido para Anabel pero que la llenó de terror.

Romina se acercó y dibujó con aceite el símbolo de su credo en la frente de Anabel.

—Ya está preparada —informó mientras inclinaba la cabeza a la sacerdotisa.

—Avisaré a Sergio —indicó José, el comisario, mientras se daba la vuelta y desaparecía.

Cietélö or qareph. Lagelnei öth öthen unor-loin.

Dos hombres, ataviados también con túnicas púrpura, la levantaron de la mesa de piedra y condujeron a Anabel, que seguía hechizada, al exterior.

El Parque del Viento se había llenado de una actividad tal y como si se estuviera celebrando alguna festividad. Casetas con comidas y artesanías afloraban por todos lados. Los grupos de encapuchados reían, cantaban, bebían e incluso se entregaban a pasiones más terrenales. Era todo tan surrealista, tan extraño que Anabel no era capaz de reconocer si aquello era una pesadilla o una realidad.

El atontamiento que había provocado Romina se estaba diluyendo, mientras era llevada hacia una gran plataforma en el centro del parque. La concurrencia vitoreaba a su paso, exclamaban, gritaban, se golpeaban el pecho. Otros se acercaban y tocaban el cuerpo de Anabel, tiraban de su vestido, de sus cabellos. «¡Qué demonios está pasando!», pensó con un creciente temor.

Una cruz negra, rajada y con varias runas grabadas se elevaba triunfante en el escenario. Los ojos de Anabel se abrieron de par en par cuando entendió lo que estaba a punto de ocurrir. Iban a sacrificarla.

—Po-por favor… —gimió tan lastimosamente que su voz apenas logró escapar de su garganta.

Barasé nelise! —exclamó uno de los hombres, quien la golpeó en la nuca y seguidamente la ató en la cruz.

Los murmullos de la gente, gritos, vítores crecían por momentos. Anabel no podía ver nada. Habían colocado una pantalla delante de ella que la ocultaba y parecía mostrar documentales de asesinos en serie, crímenes esotéricos y manifestaciones demoníacas. «¡Oh, Dios! Ayúdame», rogó asustada. Nada bueno podía salir de eso.

Trató de luchar para liberarse de las ataduras, pero se habían asegurado de que fueran firmes —tanto que le estaba cortando la circulación de sus extremidades. ¿¡En qué lugar se había metido!? ¿¡Dónde estaba José!? «¡No! Ese desgraciado me la ha jugado», resolvió. «Yo sola fui directamente al matadero».

Anabel clamó por ayuda repetidas veces, pero nadie acudió a su auxilio. Más bien festejaban su turbación, que se ocultaba con los sonidos de la programación del parque. Finalmente, apareció José de nuevo.

—¡Por favor! ¡Ayúdame! —suplicó con ríos de lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.

—Lo siento, pero no puedo hacerlo. Hay mucho en juego en Ribera y, aunque tú no lo creas, tu parte aquí, va a cambiarlo todo.

—¡Estáis locos! ¡No podéis hacer esto! ¡La gente me buscará! ¡Sabrán lo que pasa aquí!

—Ribera lleva tantos años existiendo y nunca nadie hizo nada por detenernos, Anabel. Tú, desde luego, no serás la que provoque su caída. Hay algo más grande que todos nosotros aquí.

Doce campanadas resonaron en la plaza, y alrededores, de forma ensordecedora.

—Llegó el momento —dijo José con un extraño brillo en los ojos—. Disfruta de este momento, vas a ver cosas imposibles.

Dicho esto se marchó.

Se hizo el silencio y al mismo tiempo se cortó la luz. Tan sólo quedó el crepitar del fuego de las hogueras y su iluminación. Era como si todo el mundo hubiera desaparecido y Anabel se hubiera quedado sola.

En cuestión de un abrir y cerrar de ojos la pantalla se plegó y quedó frente a una multitud que la miraban a ella envueltos en un extraño trance.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!

Un alarido, producto de mil voces en una, resonó en el parque, helando la sangre de Anabel, quien de inmediato miró al origen. Tuvo que entrecerrar los ojos para percibir una extraña figura que se aproximaba hacia ella.

El silencio de nuevo se quebró ante otro rugido. Casi al mismo tiempo un foco se encendió, cegando a Anabel quien respiraba frenéticamente y gemía aterrorizada, incapaz de gritar nada inteligible.

Su pecho se movía frenéticamente. Pensaba que su corazón no soportaría esos latidos desbocados. En cualquier momento colapsaría.

No podía creer que aquella salida, aquella noche de descontrol, fuera a terminar así. No podía entender como nadie en ese maldito lugar hacía nada para liberarla. ¿Acaso habían perdido la cordura? ¿A qué clase de juego enfermizo estaban jugando?

«E-esto es una pesadilla», dijo para sí. Quería convencerse de que la bestia, que pudo finalmente reconocer, era producto de toda esa mierda que consumía por la tele o por el móvil. Su mente le estaba jugando una mala pasada y, por eso, veía acercarse a un ser muy delgado y cuadrúpedo, con pocos mechones de pelo cayendo por su cabeza y apenas cubriendo parte de una piel lívida, enferma, casi grisácea, con las piernas y brazos doblados en un ángulo imposible. Los ojos rojos sin iris y con un punto negro como pupila la analizaban al igual que hacía su nariz desgarrada cuando olfateaba su miedo, y su larga lengua con la que se relamía y pasaba por sus dientes aserrados.

Anabel miró al público rogando con su mirada por una ayuda que no llegaría. El rostro de cada uno de los que allí estaba se había transformado en uno similar al de la bestia que la contemplaba emocionada.

—Lagelnei. Lagelnei. ¡Lagelnei! —empezaron a gritar al unísono.

Un movimiento llamó su atención. Era una chica, que todavía conserva su apariencia humana, que corría hacia ella. Su faz se vestía de preocupación, miedo e incredulidad. ¡Alguien iba a ayudarla! ¡Alguien como ella que no iba a permitir que…!

Cuando la chica llegó al escenario, la bestia clavó sus afiladas garras en el pecho de Anabel. El dolor era tan intenso, tan extraño que se extendió por todas y cada una de las células de su cuerpo. Anabel no había sentido nunca nada así.  

La chica lloraba desconsolada por su frustrado intento de salvarla. Curiosamente, Anabel no sintió terror. Era más bien pena por esa joven. Si estaba en Ribera, ella también sería una víctima. Por suerte, para Anabel todo estaba a punto de terminar.

El demonio abrió sus fauces babeantes en toda su extensión mostrando sus dientes largos y afilados. En un fugaz movimiento las clavó en el cuello de Anabel, arrancándole la mitad de un bocado.

Todo se fue haciendo oscuro. Lo último que recordaría Anabel sería ver a la chica, manchada con su sangre, mientras un hombre, que no vestía la túnica, avanzaba hacia ella, con una sardónica sonrisa en su rostro. Sintió todas las fuerzas del mal manando de él.

Los coros del infierno seguían gritando: lagelnei

 

Este relato forma parte del mundo narrado en Ribera. Si quieres saber o leer más de Ribera, visita su página en mi blog:

https://www.hjpilgrim.com.ar/p/ribera.html

Publicado la semana 11. 14/03/2019
Etiquetas
demonios, Ribera, secuestro, sacrificio, costa del sol, Anabel
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