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H.J. Pilgrim

Sacrificio (Primera Parte)

—¡Ven aquí! —exclamó el hombre que la asió de la manga de una camisa sucia, maloliente y desgastada tras varias semanas de uso.
Antes de despertar en la celda en la que había habitado por poco más de veinte días —no lo podía precisar porque no había ventanas, ni tragaluces que pudieran orientarla y la comida se la llevaban a deshoras y muy espaciada entre una ración y otra— se recordaba volviendo de salir con sus amigas por Puerto Marina. 
No estaba en su mejor estado. Se tambaleaba y se reía como una idiota. Esperaba llegar a su cama, tirarse tal cual y cuando despertara se daría una buena ducha. «Pero no ahora», dijo para sí. 
Lo que no sabía es que alguien la seguía desde que había bajado del autobús que la dejó en el centro de la ciudad. Oculto tras las sombras, una figura vestida de negro de pies a cabeza, con una gorra calada hasta los ojos, esperaba que se adentrara por los callejones donde la afluencia de gente sería menor. La zona de la plaza de Uncibay y la plaza del Siglo tenían varios locales donde a la juventud le gustaba perder el sentido, la vergüenza o la dignidad. Si tenía suerte, marcharía por calle Nueva o incluso por calle San Juan. Más fácil todavía.
Y así fue. La chica tuvo la imprudencia de meterse por esta última calle, totalmente abandonada, oscura y, en la puerta de la iglesia del mismo nombre, emergió de las sombras y clavó una jeringa en el cuello de una Anabel incapaz de reaccionar al fluido que recorría sus venas y la arrastró a las profundidades del mundo. Donde no había luz, ni sabores, ni olores o recuerdos. Sólo la nada.
En la celda, compuesta por cuatro paredes, una pesada puerta de acero reforzado, un húmedo catre y sin luz, Anabel permaneció gritando, llorando, clamando por una ayuda que nunca llegaría. Su garganta se quedo sin voz, sus manos se desollaron golpeando en la puerta que no cedió y sus esperanzas se diluyeron tras fallar en su búsqueda de algo que pudiera ser una salida. No había ladrillos sueltos, rejillas por las que colarse. Aquella celda estaba enmarcada en una cueva.
La soledad y la oscuridad constante la estaban volviendo loca. No sabía cuándo ocurría, pero la puerta se abría y un cuenco con comida se posaba en el suelo. Ella corría siempre a por ella. Estaba tan hambrienta que no le importaba con qué la alimentaban. Parecía una mezcolanza de marisco, pescado y patatas. Al principio le pareció repulsivo y no comió más, pero tras lo que parecía un día sin probar bocado, limpiaba el cuenco con la lengua.
Anabel concluyó que, por la humedad, la alimentación y el olor a agua salada, estaría cerca del mar. Algún lugar de la Costa del Sol de la que, si era lo suficientemente hábil, podría escapar. Allí todas las poblaciones estaban la una al lado de la otra. «Tan sólo tengo que salir». La tarea, no obstante, no era tan fácil.
Su esperanza se reducía a hacer lo que le pidieran. Si se ganaba la confianza de aquellos que la habían secuestrado, pudiera ser que tuviera una oportunidad. «Paciencia», se decía. «Mi momento llegará». Entonces no le importó ese cubo en el que tenía que hacer sus necesidades y cuyo olor ya no la molestaba. Tampoco que se sintiera sucia, impura y que hubiera tenido que sentir como su periodo manchaba su cama, la celda, sus ropas y piernas. Ellos querían a una mujer sumisa y ella lo sería. ¡Por Dios que lo sería!
Entonces el momento llegó. La puerta se abrió y se filtró una gran fuente de luz que la dejó cegada. Una fuerza tiró de su camisa mientras le ordenaba que se dejara llevar. Anabel no se opuso, se dejó guiar aunque sus piernas estaban muy débiles. Se tropezó varias veces de camino a la superficie por unas escaleras excavadas en la tierra. 
Resurgió en el exterior en la zona portuaria de algún pueblo que no logró reconocer. Era una noche sin estrellas, aunque ella no pudo distinguir nubes en el cielo. La llevaron contra la pared de un silo en donde le arrancaron la ropa y otro tipo vestido de marinero la bañó con una manguera. No le importó la potencia del chorro golpear su desnudez. A esa altura había perdido la vergüenza o cualquier otro sentimiento que no la ayudara a huir.
Cuando cerraron la manguera, Anabel encontró su oportunidad. Hizo acopio de fuerzas y comenzó a correr en dirección al mar. Se tiraría y nadaría hasta la costa. Resurgiría en una playa y clamaría por ayuda. Si hubiera estado en mitad del campo, habría sido mucho más complicado. Pero la fortuna había querido que estuvieran en un pueblo.
Se tiró al mar y comenzó a nadar al oeste. Veía las luces del paseo marítimo y los locales cada vez más cerca. La salvación estaba al alcance. Los hombres vociferaban y daban órdenes que Anabel no entendió. Toda su atención estaba en dar las brazadas más largas, más rápidas y más fuertes del mundo.
Sus pies se posaron en la arena. A unos cuantos cientos de metros estaba el puerto deportivo. Miró a su espalda y no vio a nadie persiguiéndola. Tampoco a su alrededor percibió nada que pudiera parecerle sospechoso. ¿La habían dejado escapar? ¿Por qué no? Ella no pudo ver la cara de quienes la habían secuestrado. Sólo sabía que estaban en algún lugar del puerto. Eso no era tampoco tan útil.
Encontró una toalla perdida en la playa que uso para cubrirse y se adentró por una puerta que daba acceso al puerto deportivo. Infinidad de yates, veleros o catamaranes se mecían por el mar. No lograba reconocer el lugar. Le era familiar. Todos los pueblos de la costa eran parecidos, pero aquel…
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó un hombre de rostro preocupado y vestido como un marinero: pantalón azul marino y camisa blanca.
—Me… necesito ayuda… La policía…
No era capaz de hilar palabra. Estaba imbuida por tantas emociones que no podía creer que hubiera escapado.
—Por favor, acompáñeme. Ya pasó todo peligro —aseguró mientras le ofrecía su mano y la mayor de las sonrisas.
Anabel se dejó guiar hacia el interior de un edificio donde se acreditaban los socios del puerto deportivo, había vestuarios, un gimnasio, piscina y un lujoso restaurante, en aquel momento lleno de gente cenando. El hombre la condujo hacia el vestuario de mujeres donde le dijo que le buscaría una muda de ropa. Mientras tanto, le ofreció jabón, champú y una suave toalla. 
Aquello era tan bueno como sospechoso. Tantos días atrapada con ella misma y sus demonios, que cualquier acto de amabilidad la desconcertaba. Aun así, se dejó mimar. Aceptó las prebendas y se fue a un cuartito donde tiró la toalla con la que se había cubierto a un lado y se duchó. No estaba segura de poder quitar de su piel aquel mal olor, aquellas magulladuras, pero al menos el agua templada sirvió para renovar sus fuerzas, despertar sus sentidos dormidos al oler el hermoso aroma del jabón y el champú.
Minutos más tarde salía cubierta por la nueva toalla. Colgado en la barra de un banco la esperaba un vestido hermoso de un níveo color. Era simple, veraniego, pero puro. Se sentía rara de poder ponerse algo así. Puede ser que transluciera su figura, pero con tal de poder vestirse con una prenda limpia y perfumada…
—Me temo que le debemos una disculpa —dijo un hombre que se adentró en el vestuario femenino.
Iba vestido con un traje marrón oscuro cuya chaqueta se encontraba abierta, en la que se veía un chaleco en el que colgaba una pistola. ¿Sería policía? Su expresión era conciliadora. Anabel no percibió una amenaza aparente.
—Mi nombre es José. Soy el comisario de Ribera.
—¿Esto es Ribera? —preguntó sorprendida.
Siempre había escuchado hablar del pueblo. Un lugar idílico, pero al que no había tenido muchas ganas de ir. No estaba tan cerca como Marbella o Puerto Banús y ella no tenía coche. Dependía siempre de alguien para ir y sus amigas tampoco lo consideraban tan atrayente como dichos lugares.
—Me apena que haya tenido que conocer mi pueblo de esta manera —aseveró José—. Me ocuparé personalmente de que todo este asunto se resuelva.
—Gracias. Muchas gracias —agradeció mientras se limpiaba unas pocas lágrimas.
—Le voy a pedir que me acompañe hasta la comisaría. Y de allí, la llevaremos a su hogar.
Anabel asintió. El comisario se marchó y ella aprovechó para ponerse el vestido. Caminó hacia la salida y en la puerta José la esperaba mirando los cuadros de motivos náuticos que colgaban en las blancas paredes. Ella le siguió la mirada y se encontró con uno que desentonaba en el conjunto. Era una figura ominosa que surgía del mar. Inmensa comparada con un barco cuyos marineros maniobraban para escapar. Muchos tentáculos caían de su rostro, donde debería estar su boca, su mirada era dura, Anabel sintió su odio y un miedo como el que nunca había sentido. Casi desearía haber tenido las alas de aquel monstruo para salir volando de aquel lugar.
—¿Qué-qué es eso?
—El dios primigenio, Cthulu. Obra de H.P. Lovecraft.
Anabel asintió y avanzó mientras la desazón la acompañaba. No podía entender cómo una pintura era capaz de provocar algo así. Temía que ese malestar no la abandonara jamás. Aquellas eran esas cosas que no se podían explicar, que envenenaban el alma y terminaban llevando a la gente a la locura. «No. Todo esto es fantasía», se forzó a pensar. «No es más que ficción». O ¿no?

Publicado la semana 10. 10/03/2019
Etiquetas
Miedo, Thriller, suspense, Ribera, secuestro, sacrificio, pueblo, costa del sol
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