08
Guadalupe del futuro

Cuaderno en blanco

Era  un lugar para locos. Allí se perpetraban las atrocidades más descabelladas que una mente humana jamás pensó. La tortura era una actividad cotidiana. Los perpetradores, gente necesitada de dinero que nunca decía que no a la tarea. Cuerpos carbonizados, vuelos al río con el objeto de desaparecer personas, ayunos forzados. La muerte? Llegaba como una bendición y un descanso. Todos los  buscaban, nadie sabía cómo pero ellos faltaban en sus trabajos, en sus familias, en la vida.

La luz de mi casa, al momento de la cena, parpadeaba tanto que no podíamos distinguir si comíamos arroz o puré de papas. Los chicos jugaban a las escondidas en los cuartos, tenían prohibido salir de noche. Las patrullas circulaban diario en los momentos en los que salía y se ponía el sol.

Y entonces un cartero golpeó a la puerta. –“Sra. Lourdes Reyes?”  -“Si, soy yo”, le digo, entre sorprendida y con mucho miedo.  Con el control exacerbado de la información, mi pasado en la “orga” los múltiples cambios de nombre surgía todo un pánico a ser descubierta. -“Firme aquí” me dice diligente el cartero. Firmo la entrega y entro rápido a mi casa. Un paquete, lo abro desesperada, un cuaderno. Las hojas en blanco, dentro, en la última página. La dirección de lo que yo creía un taller mecánico. Salgo de noche, quiero saber quien envía esto.  Creo que a la madrugada, con este frío de los mil demonios nadie se va a aventurar a salir de las cobijas. Mi excusa: un maldito cigarro. Hoy es la noche. Me aproximo a la dirección señalada. Las voces de un programa de radio suenan a la madrugada: -“Para cuándo joven, para cuándo joven, para cuando?” tapa de manera grotesca los gritos de las personas que se encuentran allí dentro. Pero particularmente un grito me suena familiar. Un grito cercano, de victoria en el juego de atravesar los charcos de la calle en bicicleta, de ser la última en ser descubierta en los juegos de la escondida dentro de casa, porque nuestra madre no nos dejaba salir a la calle luego de las ocho de la noche.  Una voz de mujer llegaba desde ese mismo antro, donde las risas de hombres eran la moneda corriente de cambio de un gran dolor que atraviesa la carne, las venas, hasta las paredes de concreto. Jamás hubiera querido escuchar ese alarido. Como de animal agonizando, que sabe que ya no hay marcha atrás. De despersonificación del ser, que lo convierte en una masa de carne inerte, esperando su final.

Una ventana tapada sólo con unas telas permitía ver parte del espectáculo horrososo al que me había invitado ese cuaderno. Logro correr el género de tela negra y creo morir: Era mi hermana  la que estaba siendo torturada de manera feroz, por un par de hombres que ejercían fuerza en sus genitales con una picana eléctrica. Hacía 5 años que no la veía, tan radiante, tan fuerte, hasta en ese mismo momento de la expiración final. Me desvanecí frente a la ventana. Corrí como desesperada, pensando que yo era la siguiente. No alcancé a escaparme, fueron detrás de mí y me atraparon. Su perfume permaneció durante todo el tiempo de la sesión, mientras lloraba amarrada de pies y manos, desnuda, frente a los perros torturadores.

Publicado la semana 8. 21/02/2019
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