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Gonzalo J. Moreno

Dentista

Qué sensual es mi dentista. A veces creo que no debería ser dentista, que eligió mal su profesión; estoy convencido de que cualquier test vocacional me daría la razón: ese cuerpo tallado por los más eximios artistas griegos y esa carita de semidiós recién descendido al plano de los mortales no pueden haber sido creados para la odontología. Es un desperdicio (qué frase espantosa, la cantidad de veces que distintas chicas me la han dicho al enterarse de que soy gay; y acá me tienen usándola para referirme a un inocente odontólogo). No puede ser que ese físico primoroso y de escandalosa hegemonía esté encerrado en este cuartucho triste y azul que hace las veces de su consultorio. Me parece un crimen. Tendría que ser ilegal privar al mundo de ese cuerpo y esa cara, de esos ojos penetrantes que parecen desnudarte cuando te saludan; de esa nariz un poquito respingada, apenas lo suficiente para darle un equilibrio y una simetría asesinas a sus rasgos faciales. Esa mandíbula angulosa capaz de cortar vidrio, esos glúteos que desafían la gravedad sabiéndose victoriosos de antemano. No soy exagerado, sé que absolutamente todos los que se atienden con mi dentista sufren de los mismos calores repentinos en esa camilla, alumbrados por esa lámpara enceguecedora que lo único que hace es dotarlo de un aura casi angelical. No es correcto que esté acá encerrado en este cuartito como león en un zoológico, me parece un crimen privarlo de alcanzar todo su potencial

— ¿Qué cosa?

—Perdón, ¿qué?

—Dijiste que te parece un crimen, ¿qué cosa? No será mi atención, ¿no? —me dijo sonriendo con complicidad y mostrándome su dentadura que de tan perfecta me hizo sentir un poco mal.

—Perdón, creí que lo había pensado, pero se ve que lo dije en voz alta, ¡qué distraído! —fingí.

—No pasa nada, debe ser la anestesia, es bastante fuerte; es una nueva marca que estamos probando.

Acto seguido, se me acercó y se inclinó sobre mí; pude sentir su olor: una exquisita mezcla homogénea de hombre inteligente, universitario, culto, con unas leves notas aromáticas mentoladas, quizás por estar tanto tiempo con distintos productos odontológicos en contacto estrecho.

— ¿Culto estrecho?

— ¿Qué?

—Dijiste algo de un culto estrecho. —dijo mirándome confundido.

—Uy, se ve que la anestesia realmente me está haciendo efecto.

—Aparentemente…  de lo que sí no hay duda es de tu culo estrecho.

— ¡¿Perdón?! 

Me entusiasmé mucho al oír esas palabras. Era mi oportunidad para hacer una movida, pero la imagen divina y perfectamente hecha de mi dentista empezó a nublarse, intenté pedirle que me desestrechase todo, pero creo que solo logré balbucear cosas sin sentido, fragmentos y frases sin acabar.

—Sí, ya voy a acabar.

Eso fue lo último que le escuché decir. Sé que fue todo un delirio mío, en plena anestesia se ve que mi cerebro se puso lúdico y dio rienda suelta a mi fantasía sexual tantas veces reprimida, alimentada por todas las ocasiones en que lo tuve inclinado sobre mi cuerpo, acercándose hasta quedar a centímetros de mi boca suplicante. En mi cabeza a veces me autoconvenzo de que no fue la anestesia, me digo a mí mismo con alegría fervorosa que eso realmente sucedió; que mientras estaba sedado e inconsciente me desnudó, se arrancó con sensualidad fogosa su ambo (siempre perfectamente planchadito y perfumado con Vívere de lavanda) y me hizo todas las cosas que siempre fantaseé que me hiciera. Cuando pienso eso me siento un perverso; ¿Me excita imaginar que fui abusado? Pero luego me refuto con sabiduría: Ay, ¿pero hasta dónde es un abuso si uno realmente lo deseó con las fuerzas de mil demonios? Y al final, concluyo excitado: ojalá haya sucedido. Ojalá, aunque no lo pueda recordar, mi dentista se haya aprovechado de mí.

Publicado la semana 83. 02/08/2020
Etiquetas
Fantasía, homoerotismo, Dentista, chongo, LGBTQI, Salud
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