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Gonzalo J. Moreno

Super chino

Siempre supe que algún día iba a pasar. Los enchufes se veían en mal estado, de algunos se asomaban rastros de viejos chispazos y quemaduras leves que mordían los bordes externos de los tomacorrientes. Detrás de varias de las heladeras veía cada vez que pasaba las zapatillas sobrecargadas, parecían grandes ladrillos plásticos, amorfos y pesados. En ninguna quedaba espacio para enchufar ningún artefacto más.

Lo único bueno es que voy a salir en Crónica, pensé al principio, en un instante de lucidez cómica, creyendo que más tarde llegaría a ver a mis amigos y conocidos, me felicitarían, me preguntarían qué se sintió, se reirían conmigo y de mí, me convertirían en meme en las redes sociales y tendría al fin una anécdota jugosa para contar en cada Navidad que tuviese que soportar con mi familia. Pero no, nada de todo eso llegaría. No habría memes ni risas ni ninguna festividad próxima para mí. El supermercado chino empezaba a incendiarse con rapidez inverosímil ante mis ojos que contemplaban el espectáculo de las llamas danzando.

Varias personas pasaron corriendo a mi lado, un tipo me empujó y no tuvo siquiera la deferencia de disculparse. Me molestó y le dediqué una mirada de odio que claramente no vio. Pensé en la necesidad de hacer lo mismo que ese hombre: salir corriendo y atropellar en el camino a quien fuese necesario para escapar. Sin embargo mi cuerpo se resistía; aunque mi cerebro intentaba darle la orden de que empezara a correr, algo parecía interrumpir y bloquear el mensaje; tal vez el humo que ya empezaba a amontonarse entre lo alto de las góndolas y cerca del techo. Vi a mi vecina, Doña Coca, tropezar con una lata de tomates perita y caer al suelo. No pude evitar reír en voz baja e intentando disimular para no herir sus sentimientos. Doña Coca me miró a los ojos, desesperada y como suplicando que la ayudara. La vi pero no reaccioné. La orden “ayudar a Doña Coca” no llegaba a mi cerebro. Yo seguía ahí, de pie al lado de las heladeras repletas de yogures y postrecitos de terceras marcas… ¿por qué?, ¿por qué estaba en esa góndola si yo sé que no hay que comprar lácteos en el super chino? Si siempre me dio miedo que por las noches desenchufaran las heladeras y perdiesen la cadena de frío… ¿qué estaba haciendo yo en esa góndola además de ver a Doña Coca asfixiarse en el humo y en mi aparente indiferencia? Nunca llegué a saberlo. 

El calor me invadió entero. Comencé a desesperarme por dentro; mi cuerpo sentía el calor y el sofoco pero no hacía nada por salvarnos. Sentí mis propias uñas clavarse profundo en mis manos que aún sostenían con fuerza el canastito de plástico con unas cervezas, unos fideos y un paquete de papel higiénico en su interior. Si hubiese logrado sobrevivir sé que mis amigos habrían hecho los mejores memes: yo, ahí entre el fuego, el humo negro y horrendo, Doña Coca tirada en el suelo, suplicante, las llamas creciendo bestialmente a mi alrededor, el canastito de plástico azul en mis manos tiesas. Hubiese sido el mejor meme. Me hubiese viralizado al ser entrevistado por Crónica TV; hubiese pasado a los eternos anales de la televisión bizarra argentina como el “PIBE QUE DECIDIÓ NO HUIR DEL INCENDIO DEL SUPER CHINO”. Pero no fue una decisión. Mi cuerpo se paralizó, por miedo, por horror o por espanto, dejó de funcionar cuando más lo necesité. 

Lo último que recuerdo haber sentido fue mis ojos llorar con mucho dolor… extremadamente áridos y húmedos de lágrimas al mismo tiempo. Eso y los alaridos de Doña Coca, ya invisible entre la espesa negrura que la había devorado.

No fue una decisión no salir del supermercado; o en todo caso fue una decisión egoísta de mi cuerpo, enajenado de todo el resto de mi ser. Me hubiese encantado salir corriendo como el tipo que me empujó; tener una anécdota para la Navidad, salvarme. Pero no, de ahora en más y en cada Navidad la anécdota voy a ser yo; yo y mi muerte absurda que nadie terminará de entender nunca.

Publicado la semana 81. 18/07/2020
Etiquetas
fuego, muerte, Chino, Supermercado, incendio, tragedia, Doña Coca
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