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Gonzalo J. Moreno

Gracias por devolverme el corazón

¿Te acordás de cuando me hiciste concha, así como así, porque sí, sin demasiada justificación o explicación?

Yo me acuerdo. Me acuerdo de varias cosas, algunas de antes y otras de después. Todas bien almacenadas en mi cerebro. Memoria activa para no olvidar ni volver a tropezar con la misma piedra. Spoiler alert: la piedra sos vos, “lo’ jodido só vo’” como diría Ventura.

Me acuerdo de que fue super lindo conocerte, y me acuerdo también de la cantidad infinita de horas que invertimos. Yo en vos y vos en mí. Horas perdidas que jamás nadie nos va a devolver. Horas que más me hubiesen servido para aprender francés, italiano o a tejer crochet. Cualquier cosa hubiese sido mejor que invertirlas en vos. 

Cualquier cosa, eso sos. Lo demostraste en ese momento letal en que yo te terminé de regalar mi corazón, porque en verdad mucho más para ofrecerte no tenía. Estiré mis bracitos pálidos con mi corazón latiendo contento en mis manos, lo agarraste con tus manos perfectas, blanquitas y suaves y lo estrujaste. No me dolió. Lo que me dolió fue que así como lo agarraste te lo guardaste en el bolsillo de tu Jansport pedorra sin más. Lo tuviste ahí olvidado, sin dirigirle la palabra, sin abrirle un poco el cierre para que pudiese respirar, sin fijarte cómo estaba o si necesitaba algo. Lo dejaste abandonado y olvidado en tu Jansport espantosa color caca.

Yo mientras tanto en mi casa, esperando a ver qué pasaba, como si estuviese viendo una serie en Netflix, ¿a ver qué pasa en el próximo episodio? Bueh, casi que no hubo próximo episodio. Medio como que cancelaron la serie y me quedé sin segunda temporada. NOS quedamos sin segunda temporada en realidad. Vos también te quedaste sin segunda temporada. Aunque te hayas hecho el superado la realidad es que la cancelación te dolió. Tuviste miedo y actuaste en consecuencia. 

A veces me preguntan (yo, yo me pregunto a mí mismo) si te perdoné. A veces me contesto que sí y a veces me contesto que no. Cuando digo que sí lo hago sonriendo y pensando en lo genial que es que me hayas enseñado lo que me enseñaste; cuando digo que no, lo hago con bronca inusitada, con ganas de cagarte a piñas y de gritarte varias verdades en esa carita preciosa que Dios te dio. Ah, bueno, no creés en Dios. En esa carita preciosa que tu papi estúpido y tu mami triste te dieron, ¿mejor? Ya sé que no conozco a tus padres, conozco nomás a tu hermano... pero él no te dio esa carita bañada por los ángeles con espumas de mar puro, sería feo bardear a tu hermano por tu carita. Igual sí, es un boludo nefasto.

No creo que nunca vayas a leer esto, y si lo leés estoy seguro de que te vas a acordar de todo; incluso de nuestra primera cita, que es una anécdota hermosa en sí misma, por todo lo que pasó y por lo que no pasó también. Espero que donde sea que estés seas feliz. No te lo merecés, pero quién soy yo para repartir felicidad, si ni quiera tengo para mí mismo.

 

PD: Gracias por devolverme el corazón. Todavía le faltan unos cachos, y tiene una parte medio como abollada que nunca pude arreglar... pero igual gracias por devolvérmelo. Todavía sirve. Está maltrecho pero sirve… ¿el tuyo? El tuyo seguro que no. Se puede curar lo enfermo y arreglar lo roto… pero lo muerto… no, no hay nada que hacer con lo muerto.

Publicado la semana 77. 21/06/2020
Etiquetas
desamor, relación, corazón, relaciones
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