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Gonzalo J. Moreno

Yo, mi novio y el novio de mi novio

La cena navideña tenía nerviosa a Violeta desde hacía más de una semana. Iba a ser la presentación oficial de su novio en familia. Aunque Violeta se llevaba bien con su madre y sus dos hermanos, nunca había llevado a Germán a su casa; ella se autoconvencía de que nunca se había presentado la oportunidad, pero lo que en verdad sucedía era que no quería que su familia lo conociese, ni a él ni a Tiago.

Para desgracia de Violeta, este año la madre le había exigido que lo llevase a la cena navideña. No iba a permitir que terminara un año más sin conocer a su yerno. Sus valores religiosos y sobre todo sus buenas costumbres así lo dictaminaban. Aunque Violeta se negó varias veces e intentó poner excusas de lo más variadas, su madre no aceptó un “no” como respuesta.

Ese 24 de diciembre Violeta despertó nerviosa y agitada. Faltaban varias horas para la cena y aún así ya estaba visiblemente afectada. No había descansado bien y se sentía agotada, física y mentalmente.

Entre las ocho y las nueve de la noche llegó a la casa el resto de la familia, aquellos que no vivían allí con Violeta, su madre y su hermana. Estaban su hermano mayor con su novia y con la hija, un par de tíos y dos primos. También habían ido su abuela paterna y una tía abuela a la que con suerte Violeta había visto tres veces en toda su vida. En total eran once personas, un perro y dos gatas.

Aborto. No vengan, hay demasiada gente acá, al final cayeron hasta mi abuela y una tía abuela” escribió a Germán, preocupada. “Estamos a media cuadra, Viole, no nos podemos volver… a dónde querés que vayamos? ya ni hay tren!” le respondió su novio. Violeta exhaló nerviosa una gran cantidad de aire y un minuto después sonó el timbre de la casa, crispando sus nervios.

—¡Ah, al fin!, ¡tu novio, Viole!, ¡andá a abrirle, dale! —le dijo la madre, eufórica.

Violeta se puso de pie temblando de los nervios. Se secó la transpiración de la frente y salió rumbo a la puerta de calle. Mientras caminaba se sentía observada como si estuviese desfilando en una pasarela de moda.

—A ver, a ver. Oigan, el novio de Viole llegó, trátenlo bien que está re nerviosa, pobrecita —pidió la madre de Violeta al resto de la familia.

Unos segundos más tarde, Violeta, Germán y Tiago entraron al living de la casa. Todos callaron y giraron para verlos. De pronto la casa estaba en completo silencio. Algunos miraban confundidos, otros expectantes. La madre de Violeta se acercó rápido y con entusiasmo, un poco de vino blanco cayó al suelo desde la copa que llevaba en su mano.

—¡Al fin nos conocemos, nene! Soy Lara —le dijo a Tiago mientras se acercaba para darle un beso en la mejilla y un abrazo cálido aunque sobreactuado.

—No, no, má. Germán es él —la corrigió Violeta señalándole a Germán que miraba con incomodidad.

—Ay, perdón. Es que no sabía que venías con un amigo. Igual no se preocupen que hay un montón de comida y bebida, eh. 

Lara repitió el beso y el abrazo sobreactuados, ahora con Germán. Toda la familia miraba sin terminar de entender. Finalmente, Violeta suspiró agobiada y dio un paso al frente; tragó saliva con dificultad y se dispuso a hablar fuerte y con la máxima claridad posible para que hasta la tía abuela ya un poco sorda escuchase.

—A ver, atención, todos. Este es mi novio Germán —dijo agarrándolo por el brazo.. 

Germán levantó la mano sonriendo. La familia de Violeta lo saludó con el mismo gesto desde sus sillas.

—Y este es Tiago… el novio de Germán —agregó.

—¿Qué tal?, ¿cómo va? —saludó Tiago con mucha confianza.

Lara alzó un poco la mano en señal de querer preguntar algo, en su cara se asomaba mucha confusión acumulada; pero dio marcha atrás y se limitó a observar a los tres y dedicarles una gran sonrisa sobreactuada que deformó su expresión.

—¡Bueno! Pasen. Como ya les dije, hay comida y bebida para todos. Pasen, como en casa. Acomódense donde puedan.

Violeta, su novio y el novio de su novio se sentaron a la mesa mientras sentían como todas las miradas se posaban hasta hundirse en ellos.

 

Al día siguiente, Lara encaró a su hija con cierta molestia. Violeta la vio acercarse, dió un último sorbo rápido a su taza de café y la miró frustrada.

—Si me venís a dar un sermón sobre mi novio o sobre lo que yo…

—Viole —la interrumpió—. Que sea la última vez que no me avisás que vienen de a dos. Quedé re mal… ¡pésimo! Le había comprado un regalo a tu novio… a Germán, una pavada del bazar, nada... y al final no se lo di porque no tenía nada para darle a su novio. Me hacés quedar mal, hija. La próxima avisame con un poco más de tiempo.

Lara se acercó y besó en la cabeza a su hija con ternura y sin nada de sobreactuación.

—Creí que… —murmuró Violeta.

—Hacen muy linda pareja —le dijo la madre mientras salía de la cocina—. ¡Los tres! —concluyó.

Violeta quedó confundida. Sonreía desorientada con la taza ya vacía en sus manos y sin poder asimilar lo que acababa de suceder.

Publicado la semana 76. 14/06/2020
Etiquetas
Familia, Novios, Año Nuevo, Cena familiar
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