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Gonzalo J. Moreno

La letra chica del olvido

Con el paso del tiempo, Andrés olvidó a todos sus ex compañeros de la secundaria. Olvidó a Marina, que aunque se sentaba atrás suyo nunca le dirigía la palabra. Olvidó también a Agustín, que a diferencia de Marina sí le dirigía la palabra, pero sólo para pedirle ayuda en medio de los exámenes. Se olvidó incluso de Sonia, una de las pocas que le caían bien, una de las poquísimas con la que podía compartir algo de tiempo en los recreos sin sentirse inhibido por su timidez. 

Andrés olvidó muchas cosas de la secundaria, no sólo a sus ex compañeros, olvidó la dirección exacta de la escuela, el nombre de las porteras a las que siempre veía trabajar y también a sus profesores y profesoras, a todos menos a una. Andrés nunca pudo olvidarse de Silvia, su profesora de derecho. Lo intentó de mil modos, pero sencillamente nunca pudo olvidarla. Silvia había sido la única profesora que se atrevió a pedir hablar con los padres de Andrés cuando notó que su timidez no le permitía integrarse bien al grupo, cuando lo notó demasiado retraído y aislado. Su intención era buena, era ayudar a este chico que veía solo en casi todos los recreos y que la mayoría ignoraba como si fuera menos que un mueble. Nadie lo maltrataba, pero aun así había algo en ese destrato general que vivía Andrés a diario que la entristecía y preocupaba. Silvia lo solía ver desde su escritorio y no podía evitar ponerse melancólica y rememorar sus propias vivencias como estudiante.  

Un día se decidió, agarró el cuaderno de comunicados de Andrés y escribió con lentitud, en letra pequeña y prolija: “Señores padres: Me gustaría poder charlar con ustedes en privado. Si pudiesen acercarse a la escuela la próxima semana se los agradecería. Es para hablar un poco de Andrés y su desempeño en mi clase, no es nada grave pero realmente lo considero necesario. Me pueden encontrar los días lunes y miércoles entre las 8.00 y las 11.00 hs. Atentamente, Silvia Gordillo, profesora de derecho”. Silvia no lo sabía, pero en ese instante acababa de dictaminar su propia suerte y su propio destino. 

Una semana más tarde, los padres de Andrés morirían en un accidente de tránsito yendo a la escuela a hablar con Silvia. El suceso generó mucha conmoción en todo el colegio. Andrés repitió de año y terminó graduándose en otra escuela. Pero jamás pudo olvidar ni perdonar a Silvia. Lo intentó con fuerzas pero nunca lo consiguió.

Diez años después del fatídico accidente, Andrés se topó por casualidad (o por causalidad como sostienen algunos) con Silvia. Él estaba limpiando las mesas de un McDonald’s en el que había empezado a trabajar unos meses atrás. La vio al salir del baño de mujeres secándose las manos con un pañuelito descartable. Ella no lo vio, pero él sí. Andrés quedó impactado al verla. Recordó a sus padres; los recordó preocupados al leer el cuaderno de comunicados. Sintió un calor repentino y que le faltaba el aire, así que salió del local y encendió un cigarrillo para tranquilizarse. El encargado lo vio salir pero no dijo nada, se limitó a suspirar con cansancio. Las manos de Andrés temblaban con cada pitada que daba. Desde la vereda y con disimulo veía a la mujer reírse y hablar por celular. Andrés terminó su cigarrillo, lo apagó en la suela de su zapatilla y entró con rapidez al local. Se dirigió directamente a la mesa donde estaba su ex profesora y se detuvo allí, de pie, a su lado. Ella alzó la vista y lo miró extrañada.

—¿No se acuerda de mí?

Silvia hizo memoria pero no lo recordó, durante años y años había tenido montones de alumnos en distintas escuelas. 

—Perdón, seguro fuiste alumno mío, ¿no? Disculpá, tuve tantos que a veces la memoria me falla, los años no vienen solos, querido.

Andrés sintió un calor intenso en todo su cuerpo, una furia descomunal lo recorrió entero. Metió sus manos en el bolsillo de su delantal de trabajo y sacó una botella de alcohol que utilizaba para limpiar, la destapó y le volcó todo el líquido encima a Silvia. Empapada, la mujer gritó y se puso de pie al instante, entre confundida e incrédula. Antes de poder decir nada, vio cómo Andrés sacaba del bolsillo trasero de su pantalón un encendedor. Lo que sucedió luego no es necesario relatarlo.

Pasaron muchos años, décadas enteras. Andrés lo siguió intentando con todas sus fuerzas, pero nunca consiguió olvidar a su profesora de derecho.

Publicado la semana 75. 07/06/2020
Etiquetas
crimen, olvido, Profesora, Derecho
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