21
Gonzalo J. Moreno

Mi cuarentena como taxi boy

No voy a mentirles, esto de la cuarentena me tiene loco. Ya sé que es demodé quejarse, que es estúpido, que es de cheto de primer mundo, de "Palermo Queer". Sé que no hay nada de dramático en tener que quedarse encerrado unos días en casa. Pienso lo mismo, pero la verdad es que para aquellos que trabajamos de forma independiente, aquellos que somos entrepeneurs, es mucho más complicado; está difícil, chicos.

Alberto Fernández me encanta. No sé cómo decirlo sin sonar grosero o irrespetuoso, pero posta que me gusta mucho, ¡qué hombre! Me seduce su poder, su inteligencia, su capacidad para el habla, o sea, para hablar y que se entienda enterito lo que nos quiere decir. De pé a pá... de pá a papito. Además no sé si se dieron cuenta, pero lleva muy bien su bigote. No es fácil, a la mayoría de los hombres les queda fatal; miren a Aníbal Fernández por ejemplo, ¡qué horror ese bigote!, da vintage en el peor de los sentidos. Me deserotiza cada fibra de mi cuerpo. Alberto me seduce en muchos niveles. Mi sueño es tener una noche de sexo con él y una mañana de desayuno presidencial debatiendo temas de actualidad en plena Quinta de Olivos. Y no lo digo mal, eh; lo digo bien, con el mayor de los respetos. Que sea presidente no quita que antes de eso sea un hombre, y uno muy atractivo. 

Ese perfil popular seduce, ¿para qué mentir? un hombre forrado en guita que nos dé las mil y una noches de los mil y un privilegios mundanos que una buena credit card BLACK, GOLD o PLATINUM pueda desbloquear; y que a la vez tenga una conciencia y una empatía social suficiente para mantener los piecitos en tierra, ¡qué cosa hermosa la conciencia social cuando viene acompañada de un buen poder adquisitivo! Sé que es poco glamouroso de mi parte admitir esto, no me llena la idea fantasiosa de un príncipe azul que venga montado en un caballo y en una nube de pedos, quiero alguien real, capaz de tratarme como merezco y de entender a la vez la realidad de mi amado país. Es así, a veces uno también tiene que sincerarse con su público (mi público son ustedes que me leen semana a semana). 

Bueno, como les decía, para los que trabajamos de forma independiente la cuarentena un poco nos mata, yo por suerte no tengo tanto problema, o sea, no está bien que lo diga yo, pero tengo clientes que hasta rompen la cuarentena para venir a verme. No los juzgo. Los hago pasar rápido al living, pero absolutamente ninguno pasa a ninguna otra habitación de la casa sin antes tomarse la temperatura y lavarse muy bien las manos con jabón antibacterial; puse un balde con un jabón Lifebuoy Refresh en la entrada para que no pase cualquiera al baño. Bah, tampoco son 'cualquiera', son contactos conocidos de mi cartera de clientes; pero el virus puede tenerlo cualquiera por tocar un picaporte nomás; es tremendo, el virus no discrimina... el muy choto. Es importante cuidarse, posta, cuídense.

Como les comentaba, aunque algunos clientes son realmente fieles y vienen a por mis servicios incluso en medio de la cuarentena obligatoria, muchísimos otros están desaparecidos. No los encuentro pero ni en WhatsApp. No soy tonto, sé que la mayoría la está pasando horrible, encerrados con sus hijos y sus obesas esposas. Por eso no me enojo, me dan un poco de lástima, incluso. Muchísimos clientes que siempre me comentaban lo descuidadas que eran sus mujeres en cuanto a lo estético, ¿se imaginan en una cuarentena? deben estar en ojotas, ruleros y bata gastada con olor a Procenex de lavanda. No los juzgo, cuando todo esto termine los voy a volver a recibir y todo más que bien; pero realmente necesito que la cuarentena termine. Un chico como yo merece ciertos tratos, y no es por darme aires de diva, son tratos que me doy a mí mismo con mi dinero, o sea, a fuerza de mi propio trabajo y con el sudor de mis nalgas. Aún así, la realidad es que mis ingresos bajaron mucho… sube la curva de contagios y baja mi curva de MercadoPago. No sé cómo voy a pagar todas mis suscripciones digitales y las compras en cuotas en transcurso. Me voy a empezar a endeudar, no está bueno. Igual quédense tranquilos que de hambre no me voy a morir, la plata no me falta ni nunca me faltó, ya lo saben, uno tiene sus recursos. No está bien que yo lo diga, a mí la comida no me va a faltar porque los clientes que vienen a verme, además de pagarme (y con creces) siempre me traen algún refrigerio. Me hacen gracia, creen que estoy pasando hambre o algo. Bueno, la cuestión es que cuando vienen me traen cosas del chino de acá abajo. Ayer por ejemplo, vino Sergio, él es policía, así que se la pasa recorriendo la ciudad como si fuera suya más o menos; me hace reír. Bueh, Sergito me trajo un Baggio multifruta y unas Traviata, el pack de tres paquetes. Yo el Baggio te lo tomo, pero esas galletitas espantosas harinosas se las dí al perro. Es irónico, el mismo tipo que me halaga el cuerpo trabajado me trae ESO para que coma… ¿será consciente de que si como eso voy a dejar de tener este cuerpo que tanto le gusta? A veces pienso que es cierto eso de que los policías son medio nabos. Sergio me cae de diez igual; y no voy a mentirles, cuando estoy con él me siento cuidado y protegido. Me pasa con casi cualquier profesional, hasta con un cliente que es veterinario… de pronto pienso que si me da un ACV en pleno acto sexual o lo que sea me va a poder auxiliar, no sé.

Bueno, ahora dejo la escritura porque está a punto de hablar Alberto Fernández con Vero Lozano y no me lo quiero perder; cada vez que me pide que me quede en casa y que respete la cuarentena me da como una inyección de energía para no bajar los brazos y salir corriendo al McDonald’s en pijama. Mira a la cámara y dice que la cuarentena y nosotros mismos somos la única vacuna que hay y les juro que me pasan cosas en el cuerpo. Qué hombre.

Publicado la semana 73. 24/05/2020
Etiquetas
Taxiboy, cuarentena, Coronavirus, Covid-19, Alberto Fernández, Argentina, Pandemia
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
II
Semana
21
Ranking
1 133 0