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Gonzalo J. Moreno

Traición imperdonable

Supe que me había engañado porque no sabe mentir; o mejor dicho porque no sabe mentirme a mí. O tal vez sea yo un genio para descubrir cuando me miente. No es la primera vez que descubro una mentira suya, pero sin duda esta fue la peor de todos. Fue motivo de divorcio. No estoy siendo exagerado, estoy meramente describiendo los sucesos: primero empecé a sospechar de su fidelidad; después, de a poco, empecé a sacarle información de manera sutil, tratando de no levantar ninguna sospecha ni de darle ningún indicio de que en verdad cada pregunta que le hacía estaba motivada a alcanzar el único fin de desenmascarar su mentira. El siguiente paso fue la confirmación fáctica de su engaño. Por último, me contacté con mi abogado de cabecera para empezar los trámites de divorcio. Hoy estoy felizmente divorciado.

Siempre que cuento mi historia suelo recibir como respuesta la misma reacción, con leves variaciones, pero más o menos la misma exacta reacción: “¡Qué exagerado!”, “Pero no era para tanto”, “¿Es joda?, ¡¿se divorciaron por eso?!”. Las personas tienden a pensar que el único motivo válido para una separación es el engaño en términos románticos, afectivos o sexuales, siempre con una tercera persona en la escena. Se suele caer en la idea de que una traición involucra necesariamente a un miembro de la pareja poniéndole los cuernos al otro. Pero en pleno siglo veintiuno las cosas ya no pueden seguir pensándose así. Eso quedó obsoleto, antiguo. Las traiciones ahora vienen de distintos tamaños, colores, formas, formatos y definiciones. Esta en cuestión fue una traición digital. A mí en lo personal no me cambia absolutamente en nada. Traición digital, traición analógica, traición artesanal, profesional, sexual, sentimental, etc. Una traición y un engaño no es peor que otro por su naturaleza per sé, lo que en verdad dictamina de forma fehaciente el grado de hijaputez de una traición es básicamente cuánto daño ocasiona en el traicionado, en la víctima. A mí, la traición de mi ex me dejó hecho teta. Me empujó a un pozo muy profundo de depresión del que apenas ahora estoy empezando a salir. Me sentí traicionado como nunca antes. Así que cuando recibo toda esa batería de respuestas que no son más que lugares comunes que denotan la escala de valores hipersubjetivos de quienes las vociferan, hago oídos sordos; aplico la ley de “a palabras eléctricas, oídos desenchufados”. No pueden imponerme que mida la traición de MI ex con SUS reglas y sus escalas de victimización. Tengo las mías propias, y obviamente, (incluso desde lo irracional y lo subconsciente) las mido con ellas.

Suelen preguntarme si hubiese preferido que me pusiera los cuernos con otra persona. Si me hubiese lastimado menos encontrar a mi ex en la cama con un amante. Mi respuesta es siempre la misma: Sí, lo hubiese preferido. De vuelta, en mi escala de valores, que mi pareja se acueste con otra persona es mucho más leve que lo que hizo en cuestión.

Lo otro que siempre me preguntan es “¿cómo fue?”, en este punto, cuando llega esta pregunta sé que la persona en realidad no busca otra cosa más que el morbo, quiere saber cómo fue exactamente el momento en que descubrí la infidelidad. Como esta es una pregunta que siempre me hacen tengo una versión bastante resumida que explica lo sucedido.

Llegué a casa cansado, después de un día de muchísimo trabajo. Me apuré para no perder el tren de las 20.43, porque el que le sigue pasa después de las 21 y parece poco, pero es mucha diferencia cuando en tu casa te está esperando la persona que amás para cenar juntos y compartir un momento “romántico”. Ese día me retrasé unos minutos en el trabajo así que tuve que trotar para alcanzar el tren de las 20.43. Llegué particularmente agobiado a casa. Mi ex me esperaba con mi plato preferido, pastel de papas. La mesa ya estaba puesta, había servilletas y hasta un vino de buena calidad esperándome. Todo eso sólo hizo incrementar mis sospechas que ya venían dando vueltas en mi cabeza desde hace varios días. Me senté y nos dispusimos a cenar. Pusimos en el smart TV el quinto capítulo de la serie que estábamos viendo juntos. En verdad no es una serie, es un reality de competición, Next in fashion, un programa de diseñadores de moda que compiten por un premio de más de dos millones de dólares. Es muy bueno, está muy bien producido y conducido. Los participantes son atractivos y los retos que les hacen hacer son novedosos y originales. Los dos estábamos muy, muy enganchados con el programa. A mitad del capítulo vi que agarraba su celular y se metía en Twitter, casual, como si nada. Esa fue la luz roja y la última alarma que me faltaba. “Me spoileé”, le dije fingiendo autocompasión. “Ya sé a quien eliminan, lo vi hoy en Twitter sin querer”, agregué. “Uh, qué mal” contestó en forma seca y casi inexpresiva. “Se va Minju” le dije; y vi en su cara una expresión extraña pero que yo conozco muy bien. La expresión de “ESTÁS EQUIVOCADO”. Ahí lo supe. Ahí me di cuenta de que me había engañado. Me miraba con la misma cara con que me mira cuando digo una estupidez sin sentido, me miraba con la mismísima expresión con la que me miró durante varios segundos aquella vez en que sostuve tercamente que Facundo Arana y Hugo Arana eran familiares. Y es que en cuestión, lo que acababa de decirle era una estupidez sin sentido. Minju no se podía ir, Minju la estaba rompiendo en cada reto, Minju era candidata fija para llegar a la final, sus diseños orientales de vanguardia y glamour así lo dictaminaban. Al final lo terminó confesando, no pudo aguantarse. No tolera no tener la razón. Terminó confesando absolutamente todo, con lágrimas en los ojos. Me suplicó perdón. Intentó justificarse diciendo que realmente necesitaba ver quién ganaba, que no aguantaba avanzar de a un episodio por noche, y que bla bla bla. Ya no había forma de que me recuperara, mis oídos ya estaban desenchufados. “¿Hasta qué capítulo viste, pedazo de mierda?” increpé. Tuvo que secarse las lágrimas y los mocos de la cara antes de decirlo, antes de romper mi corazón en mil partes: “Ya lo vi todo, ya lo terminé”. Me levanté y me fui. Sin siquiera agarrar ninguna pertenencia. No podía estar ni un minuto más ahí, sentí que me faltaba el aire, estaba a punto de empezar a hiperventilar. Intentó detenerme, me agarró con fuerza de los brazos e incluso se tiró al suelo para suplicar que no me fuera. Pero la traición era demasiado grande y en HD. La puñalada era certera, directa al centro del corazón y de la confianza. 

Me fui directamente a la casa de mis padres. Cuando les conté lo sucedido casi se mueren. Lloraron e insultaron varios minutos seguidos; mi madre se descompensó; mi padre rompió con furia una maceta de una patada. Me abrazaron y me contuvieron como jamás lo habían hecho. Al día siguiente me contacté con mi abogado para iniciar los trámites pertinentes. Ya no podía seguir al lado de un monstruo así.

Todo esto no lo cuento para autocompadecerme o generar lástima, lo hago porque sé que puede ayudar a otros. Si del otro lado estás leyendo estas líneas y estás atravesando una situación igual o similar quiero que sepas que no estás solo/a. Somos muchos los que a diario nos traiciona la persona que más queremos, la persona que creemos que nos va a acompañar en las buenas y en las malas. No estás solo/a. Es necesario que sepas que con el tiempo y con mucho trabajo (espiritual, de autoindagación, psicológico y psiquiátrico) se supera. Soy la prueba viviente de que se puede superar una traición de tamaña magnitud, una traición imperdonable.

Publicado la semana 71. 10/05/2020
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Next in fashion, traición, Netflix, Spoiler
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