07
Gonzalo J. Moreno

Retrato

Mariano despertó confundido de una larga siesta, en el tercer vagón del ferrocarril Belgrano, en plena estación Florida. Se limpió la baba de su mejilla, se acomodó sobre el asiento, sacó de su mochila un cuaderno y un lápiz y empezó a dibujar a gran velocidad, como en trance. Todavía algo abombado por el sueño y con lagañas en los ojos, empezó a hacer el bosquejo del retrato de una joven. No tardó en terminarlo, era un dibujo hermoso sin dudas, era hermosa la mujer que había dibujado. Mariano se quedó contemplando su propio dibujo con cara extrañada, inclinando primero el cuaderno un poco a la derecha, después un poco a la izquierda, más tarde alejándolo un poco de sus ojos, mientras con su boca sostenía el lápiz, ya casi sin punta.

—¡Te quedó genial! —le dijo la muchacha que estaba sentada al lado suyo.
—Ah, ¿sí?, bueno… gracias —contestó Mariano, sintiéndose incómodo por la situación.
—¿Puedo preguntar quién es?
—¿Qué? perdón —le respondió distraídamente.
—Esa chica, la de tu dibujo, ¿quién es?
—No... no sé. En realidad me quedé dormido en el tren, y la soñé. No la conozco, pero sentí la necesidad de retratarla, no sé por qué. Es raro… ya sé —dijo Mariano con la vista fija en el dibujo. Su rostro empezó a ponerse rojo. Sintió que había hablado de más, cosa extraña en él, de carácter reservado y timidez profunda.
—No creo que sea raro —le dijo la joven—. Si sentiste la necesidad de dibujarla debe ser alguien importante en tu vida, ¿no te parece? Esas cosas no pasan sin motivo.
—Pero si no la conozco, no sé quién es, nunca la vi en mi vida... —contestó Mariano, sonrojado y mirando al suelo.

El tren se detuvo al llegar a la estación Boulogne.

—Bueno, acá bajo yo, ¡ojalá tengas suerte y puedas encontrar a esa chica!
—Sí, gracias —le dijo Mariano, que se sintió aliviado de que la situación incómoda fuese a terminar por fin.

La joven se puso de pie, colgó el bolso en su hombro y bajó. Mientras el tren estaba en movimiento, Mariano miró por la ventana, moviendo sólo los ojos. La vio. Era ella, caminando por el andén, torpe, con el bolso abierto, los anteojos torcidos y algo despeinada. Era ella. Mariano tragó saliva, se puso de pie y tímidamente le hizo señas, pero el tren seguía su curso, dispuesto a separarlos.

Al día siguiente Mariano amaneció decidido a encontrar a la chica de su retrato, a la chica de sus sueños. Se tomó el tren y fue directo a la estación Boulogne, mirando atentamente a cada una de las personas que subían al vagón, esperando que con algo de suerte apareciera ella y le hablase, otra vez. Llegó a su destino, se bajó y sacó de su mochila una enorme cantidad de hojas. Mariano había hecho trescientas fotocopias de su retrato, y había escrito: “Sos vos, nunca te vi, me hablaste y nunca te vi, sólo en mis sueños, voy a esperarte todos los días en esta estación a las 20.00, sé que vas a venir”.
Empapeló toda la estación Boulogne y sus alrededores con la cara que él había soñado y dibujado, la cara de alguien de quien no sabía ni su nombre.

Al séptimo día de espera, sentado en el mismo banco gris de siempre, rodeado de copias y más copias de su dibujo, mirando al suelo casi sin esperanzas, alguien se sentó al lado suyo y lo tomó de la mano.

Publicado la semana 7. 16/02/2019
Etiquetas
retrato, Tren, Boulogne, Florida
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Relato
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I
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