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Gonzalo J. Moreno

Desgrabación para los Martínez

Dejamos constancia de que la siguiente es una desgrabación fidedigna de una sesión ordinaria entre el psicólogo Adrián Navarro (MN: 14266)  y uno de sus pacientes, Leonardo  Sebastián Martínez. La misma data del 24 de marzo del año 2020 (también conocido como Año del Coronavirus).
Los padres de Martínez (a quienes no nombraremos para resguardar su anonimato) solicitaron que la sesión fuese desgrabada para una mejor comprensión. Lo que se haga con este documento a posteriori excede nuestro trabajo, que se limita simplemente a la desgrabación de archivos de audio de forma profesional. 

 

—Señor psicólogo, yo sé que puede ser difícil entenderme. Trate de ponerse en mis zapatos, al menos por un rato, al menos mientras le cuente desde mi punto de vista y con el mayor grado de detalles posible lo que pasó con mi primo.

—No necesitás llamarme “señor psicólogo”, sabés que me llamo Adrián, me llamaste Adrián desde la primera sesión que tuvimos. ¿Te pone nervioso que esta sesión en particular esté siendo grabada?

—Un poco, pero más allá de eso, señor psicólogo Adrián, soy muy detallista, por naturaleza. Me gusta fijarme en las pequeñas cosas, soy muy observador.

—Lo sé, yo también lo soy. De hecho voy a permitirme corregirte: me pediste que me ponga en tus zapatos; pero no tenés zapatos, Leo, tenés crocs. 

—Muy buena observación, creí que jamás lo notaría.

—Tenés crocs de color amarillo eléctrico… es un poco difícil que pasen desapercibidos.

—Como le decía, necesito que se libere totalmente de cualquier prurito o preconcepto que tenga de mí. No quiero empezar la sesión sabiendo que usted ya tiene un veredicto tomado, que ya tiene una idea presupuesta sobre mi persona, no me prejuzgue por favor; sólo así va a poder entender lo que realmente sucedió con mi primo.

—No te prejuzgo, Leo. Te juzgo. Puedo juzgarte porque te conozco. Conozco a la perfección tus formas y tus modos. Sos mi paciente hace tres años. 

—Como usted bien sabe, me vi obligado el pasado diciembre a viajar al sur, a la casa de mis tíos, Carla y Ano…

—Realmente estás nervioso, Leo. Tranquilizate, esta sesión la tenemos que grabar simplemente porque lo pidieron tus papás, básicamente para determinar tu estado actual, tu presente… un poco para entender tu pasado, y definitivamente para decidir tu futuro. Pero no hay motivo para que estés nervioso.

—No entiendo su insistencia en remarcar mi supuesto nerviosismo.

—Les dijiste “Carla y Ano” a tus tíos. Se llaman Carlos y Ana.

—Un pequeño error de tipeo lo puede tener cualquiera.

—Pero si estás hablando, Leo…

—Así que me vi forzado a ir al sur, a visitar a mis tíos. Lo que no sabía era que también iba a estar mi primo, Ezequiel. Es dos años mayor que yo. 

—¿Qué tipo de relación te une a tu primo Ezequiel?

—Una sexual… creo que ya debería saberlo en este punto, ¿no es precisamente por eso que se armó todo el escándalo? ¿No es ese el motivo por el que mis padres pidieron esta sesión de urgencia y que además fuese grabada? Me parece muy poco lúcido de su parte, señor psicólogo Adrián, ¡¿y se hace llamar “observador”?!

—Me refiero a qué tipo de vínculo tenías con él antes de que sucediera todo lo… hmmmm, cómo decirlo… bueno, todo lo sexual.

— ¿”Todo lo sexual”? “Todo” me parece un poco mucho… ¡fue apenas un pete!…

—Ok.

 —Y algo de anal... 

—Ok.

— ...con objetos...

—Ok.

— …de oficina.

—¡¡¡OK!!! Ya entendí, Leo. Contame, ¿se conocen de chicos?

—Sí, es dos años más grande que yo. Creo que eso fue lo que me condenó...

—¿A qué te referís?

—Usted sabe, señor psicólogo Adrián, a mí me gustan mayores.

—Como la canción…

—Sí.

—Pero dos años no es tan mayor. Creo que lo que realmente te atrajo fue lo prohibido, fue traspasar un límite que socialmente no está bien visto pasar. ¿Es posible? ¿es posible que de no haber sido tu primo no hubieses tenido sexo con él?

—Es posible, pero lamentablemente jamás lo sabremos… porque es mi primo y eso no puede cambiar. Y tuvimos sexo, y eso tampoco va a cambiar, y no sólo no va a cambiar sino que se va a repetir. En una playa de ser posible.

—Pará pará pará, ¿vos me estás diciendo que pensás reincidir? 

—Mi primo es hermoso, señor psicólogo Adrián. Mire esta foto que tengo de fondo de pantalla. Tengo también unos stickers para WhatsApp, si quiere se los paso.

—Sí, ciertamente es un muchacho muy churro.

—¿Pero qué edad tiene usted? Lo hacía más joven, hasta que dijo esa frase y de repente se me envejeció por lo menos dos décadas…

—Soy mayor de lo que aparento, Leo.

—¿Le dije que a mí me gustan mayores?

—Creo que hasta acá llegamos, acabemos la sesión acá.

—Usted me está tentando. Sus decisiones léxicas me están tentando.

—Haré lo que sea necesario para que no reincidas con tu primo. Moralmente me siento obligado, Leo. 

—Usted vale cada centavo que mis asalariados padres le pagan, siempre lo supe. No tenía pruebas pero tampoco dudas.

—Yo sí tengo una duda. Una duda muy grande.

—Está a la vista. Demuéstreme de qué está hecho, señor psicólogo Adrián, hágame olvidar o recordar al canalla de mi primo. Y no, no apaguemos el grabador, grabemos todo para que mis padres sepan que su dinero está siendo bien utilizado, que le estamos sacando leche como quien dice. Mis padres pidieron traicioneramente que se grabase todo. Mis padres se lo merecen.


 

Hasta acá la parte desgrabable de la sesión, desde este momento hasta el minuto 58 de la sesión (cuando acaba)* sólo hay ruidos extraños, gemidos sensuales y algunos sonidos guturales; todos imposibles de dar cuenta con palabras.


*Nos referimos a cuando acaba la sesión. Nos parece pertinente la aclaración ya que se presta a confusión. Para mayor claridad: El señor psicólogo Adrián acaba en el minuto 56 y Leo en el minuto 57, de forma ruidosa por demás, en lo que en un principio creímos que era un animal salvaje irrumpiendo en el consultorio.

Publicado la semana 69. 22/04/2020
Etiquetas
Psicólogo, Psicología, Desgrabación, Coronavirus, Covid-19
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