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Gonzalo J. Moreno

Ricitos de oro y los tres osos (versión homoerótica)

Había una vez un joven y apuesto muchacho llamado Diego que vivía solo en su casa de Luján. Diego era muy amable y gentil, todos sus amigos lo querían y apreciaban mucho; sin embargo, él se sentía triste y desganado. Sabía que le faltaba algo en su vida, pero no sabía bien qué era. No le faltaba dinero, claramente no le escaseaban las amistades, nunca había tenido ningún problema de salud, y aún así sentía que le faltaba algo. Diego no quería seguir así ni un minuto más, y por eso decidió convocar una reunión urgente con sus dos mejores amigos esa misma tarde en el Starbucks del Abasto Shopping.

—Los llamé porque necesito consultarles algo… algo importante —les dijo a sus amigos.

—Bueno, dale, desembuchá de una vez —pidió Hernán.

—No es fácil para mí decirlo, no se rían, por favor —les pidió mientras revolvía su café.

—¡Dale! No tenemos todo el día, metele. No nos reímos, dale —aseguró Nicolás.

—Creo que me voy a tomar un año sabático.

—Un año sabático, ¿vos? ¿Vas a dejar la facultad? Estás en primer año... ¿Y ya vas a dejar? —le preguntó Hernán con asombro.

—Bueno, sí. Es que siento que me hace falta. Ustedes dos siempre disfrutaron de irse de joda, de ir a bailar, emborracharse, yo no. Nunca estuve en pareja, nunca hice nada arriesgado. Terminé la secundaria y me anoté en el profesorado.

—Pará, ¿estás diciendo que vas a dejar el profesorado un año para hacer algo arriesgado? —quiso saber Nicolás.

—Algo así, sí —respondió Diego.

—¿Y qué sería esa cosa arriesgada tan importante que vas a hacer? —preguntó Hernán.

—Esto —contestó Diego al tiempo que sacaba de su morral un folleto.

—“Camping anual LGBTQI” —leyó Nicolás—. ¿Es una joda?

—No. Igual ustedes saben que los campings no me gustan mucho, pero por suerte a unas cuadras del lugar hay unas cabañitas que todos los años alquilan para el evento. Creo que lo de “camping” es sólo el nombre, no sé si en verdad hay mucha gente que vaya en carpa.

—¿Y si no es un camping qué es entonces?

—Una especie de marcha del orgullo… pero más larga, ¿y más campestre? Ahí dice que hay actividades, recitales, eventos, excursiones. Miren, ustedes están en pareja, los felicito, me alegro, están re bien, todo genial. ¡Yo no conozco nada de eso!, quiero ir y ver qué onda —les explicó a sus amigos.

—¿Ver qué onda qué cosa? Que seas gay no quiere decir que tengas que ir a este pseudocamping choto. Si querés conocer pibes te ayudamos, no necesitás irte a… ¿Dónde es esto? —Añadió Hernán.

—Córdoba.

—Córdoba. ¡No necesitas ir a Córdoba para conocer pibes! ¿En qué estás pensando?

—No es sólo para conocer pibes, es para conocer gente en general, es también para tener tiempo de pensar, de relajarme, de conocerme a mí mismo; desconectarme de todo lo que tengo que hacer a diario que no me deja tiempo ni de saber quién soy. Miren, ustedes son mis únicos amigos gays, quiero conocer más el ambiente, hacer más amigos del gremio… no sé.

—¿Ambiente? —dijo Nicolás con aspereza.

—Bueno, ya está decidido, tengo el pasaje, me voy el viernes. El camping dura dos semanas, pero voy a aprovechar y tal vez me quede allá un tiempo más. Lamento si no les parece bien mi decisión, yo quería que supieran que me estoy yendo. La verdad esperaba que me apoyen.

—Obvio que te apoyamos, está bien, si querés ir andá. Es que no toma muy por sorpresa; no sos de hacer estas cosas. Yo estoy medio en shock. 

—Nos vas a tener que mandar mensajes todos los días avisando que estás vivo —le dijo con una sonrisa Nicolás.

—Con esos rulitos rubios vas a hacer estragos en el camping gay. Llevá muchos forros porque los vas a necesitar, allá en medio del camping no vas a encontrar un Farmacity para ir a comprar a último momento —le dijo Hernán.

—Gracias chicos, los quiero. Invito otra ronda de frappuccinos.

 

El jueves por la noche Diego estaba extremedamente nervioso, aunque ya tenía su bolso y su mochila preparados no dejaba de revisarlos una y otra vez asegurándose de tener todo lo necesario.

Había averiguado cómo era el funcionamiento interno del camping: por lo general nadie iba solo, la mayoría iba en pareja o en grupo de amigos. A través de Facebook había arreglado para hospedarse en una pequeña cabaña con tres amigos que estaban buscando una cuarta persona para dividir los gastos del alquiler y la estadía. Ya tenía todo arreglado, el micro salía a la mañana y llegaría al lugar entrada la noche.

Hernán y Nicolás acompañaron a Diego a la terminal para despedirlo personalmente. Minutos antes de subirse al micro, Nicolás lo abrazó y le volvió a exigir que todos los días le mandase algún mensaje. Hernán también lo abrazó y le regaló una caja de preservativos de todos los colores. Diego, avergonzado, guardó la caja en su mochila al instante, alegando que no serían necesarios.

Diego se sentó en el micro al lado de una señora mayor que le preguntó curiosa si iba a visitar a su familia, como no le gustaba mentir, le dijo la verdad:

—No, voy a una especie de camping… gay.

—Ah… —dijo la señora con una sonrisa falsa en su cara.

Durante todo el resto del viaje la señora lo ignoró por completo. Él se entretuvo leyendo mangas y jugando con su Play Station portable.

Eran las doce de la noche cuando el micro llegó a Córdoba. Diego bajó y con ayuda de su mapa y preguntando a la gente que pasaba caminando logró llegar a las cabañas.

Le asombró la belleza del lugar: era como un bosque oculto, todo rodeado de altos y frondosos árboles, las cabañas eran varias y no estaban muy alejadas entre sí. Notó que el aire era muy fresco y soplaba una brisa suave; también notó enseguida la ausencia de ruidos de la ciudad, bocinazos, gritos, tráfico, motores. A un costado había un grupo de personas cantando y bailando mientras tocaban la guitarra. Se acercó para preguntarles la ubicación de la cabaña a la que tenía que ir.

—Disculpen, hola, estoy buscando la cabaña Luna Creciente, ¿tienen idea?

—Es la tercera, allá, la que está al lado de la que tiene las luces prendidas —dijo uno de los muchachos señalándole a lo lejos la cabaña.

—Gracias.

Diego se dispuso a irse pero un chicó lo frenó.

—Pará, pará. ¿Vos sos amigo de Mati?

—¿Mati? no, no sé quién es.

—Matías, alquila siempre la cabaña esa, todos los años viene con amigos, por eso pregunto.

—No, ni idea… yo arreglé con un tal “Jackie”.

—¡Ah! Sí, sí… Jackie, está con él. Bueno, vas a conocer a Mati igual, porque vienen siempre juntos. Che, ¿y qué onda? ¿Es la primera vez que venís?

—Emmm, sí, sí —dijo Diego con timidez.

—Tenés lindo acento, sos porteño ¿no?

—Soy de Luján.

—Bueno, seguro la vas a pasar bien con ellos —añadió otro de los chicos sonriendo con picardía.

—Ojalá —respondió Diego con inocencia.

—Seguro que sí —le dijo el primer chico, levantándose y acercándose.

El chico se despidió de Diego dándole un fuerte abrazo, y cuando se estaban separando le tocó el pelo como acariciándolo.

—¡Ningún boludo Jackie, eh!

Diego se alejó de los chicos haciendo un gesto de agradecimiento y sin terminar de entender muy bien qué significaba eso último que le había dicho el chico.

Caminó hasta la cabaña y una vez que llegó golpeó la puerta, pero nadie salió. Empezó a preocuparse al ver que estaban todas las luces apagadas y que no se escuchaba ningún ruido ni se veía a nadie cerca. Decidió sentarse en los escalones de la entrada a esperar que llegara alguien. En un momento barajó la posibilidad de regresar con los chicos de las guitarras, pero cuando se decidió a ir ya había pasado más de una hora. Cuando llegó, ellos ya no estaban.

Llamó por teléfono al celular que le había pasado Jackie, pero no atendía nadie.

Otra hora más estuvo ahí esperando, finalmente se cansó y decidió dar una vuelta caminando. Rodeó la cabaña y encontró una ventana en la parte trasera que estaba a medio abrir. Ya eran casi las tres de la mañana y tenía frío y hambre. Supuso que Jackie se habría ido al parque principal, en donde estaban planeadas las actividades del camping, y temió que no regresaran hasta la mañana. Se armó de coraje y abrió del todo la ventana. Se autoconvenció de que estaba bien entrar, ya que en definitiva, la culpa era de Jackie por no estar a la hora pautada en la cabaña. Diego metió primero el bolso y después su mochila, después ingresó y alumbrándose con su celular logró encontrar la tecla de la luz y encenderla. La cabaña a primera vista le pareció hermosa, era muy espaciosa y bien decorada, tenía incluso una chimenea con leños. En el centro de la sala había una gran mesa de madera con un jarroncito con flores amarillas.

Al principio, Diego se movía con cierta incomodidad, como esperando que de la nada apareciera alguien y lo golpeara con un palo por estar invadiendo la propiedad privada, pero con el pasar de los minutos se fue relajando y comenzó a recorrer con más naturalidad la cabaña. Llegó a la cocina, que a diferencia de la sala estaba muy sucia y desordenada, con claros rasgos de haber sido habitada y utilizada hace muy poco tiempo. Su estómago rugió con fuerza. Diego recordó entonces el hambre que sentía desde que había bajado del micro. Decidió abrir la heladera en busca de algo de comida. Grande fue su sorpresa al ver que todos los estantes estaban repletos de diferentes cortes de carne vacuna y lácteos. Sus ojos se fijaron enseguida en unas bandejas plásticas de colores llamativos, cubiertas con papel film, cada una tenía un papel pegado. Diego las agarró y las examinó. El cartelito de la más pequeña y de color amarillo decía “Jackie”, el cartel de la bandeja más grande y de color azul decía “Mati”, y más atrás había una bandeja de color verde, ni tan grande como la azul ni tan pequeña como la amarilla, y tenía un cartel que decía “Luis”. Diego se dispuso a guardar nuevamente en la heladera las tres fuentes, pero en ese momento su estómago volvió a hacer ruidos extraños y se dijo a sí mismo que no iba pasar nada malo si probaba un poco de cada fuente. Primero desprendió un poco del papel film de la bandeja grande. Era una docena de empanadas; agarró una y le dio un mordisco. Una sonrisa de placer se dibujó instantáneamente en su cara mientras saboreaba la carne picada… pero la sonrisa desapareció unos segundos más tarde cuando sintió el sabor de una pasa de uva. Escupió en la pileta de la cocina, asqueado. Vió que en la docena de empanadas había tres tipos de repulgues diferentes, así que decidió probar suerte con otras empanadas. Primero mordió una de humita, sólo comió la mitad, porque siempre le había costado digerir el choclo. Después mordió una del tercer tipo de repulgue: era de jamón y queso, su gusto preferido de empanada. Terminó de comer la empanada y se dispuso a inspeccionar la bandeja mediana, color verde. Adentro había una especie de guiso, con trozos de carne, papa, arvejas y fideos. Abrió uno de los cajones de la alacena y tomó una cuchara, probó el guiso y se sorprendió de lo bien que sabía, pese a estar frío. Comió varias cucharadas antes de recordar que aún le quedaba una tercera bandeja por explorar.

La tercera bandeja, con el cartel de “Jackie” contenía una porción de torta de chocolate con mucha crema batida cubriéndola. La crema se veía tan tentadora que Diego no pudo evitar meter el dedo y probarla. Estaba exquisita, así que siguió escarbando en la crema. Era tan dulce que enseguida sintió la necesidad de tomar líquido; agarró de la puerta de la heladera un cartón de leche y tomó tres grandes sorbos del pico. El ruido de un portazo repentino en la cabaña hizo que Diego dejase caer el cartón de leche al suelo, y antes de que pudiese agacharse a juntarlo tenía delante suyo a dos jóvenes mirándolo fijamente.

—Hola… ¿vos sos…?

—Hola, sí… Diego, soy Diego —dijo mientras se agachaba a juntar el cartón de leche, que seguía chorreando.

—¡Ah! Sí, cierto. Hola, ¿cómo va? —dijo el más alto y fornido de los dos mientras se acercaba a darle la mano.

—Bien, perdón que me metí, me dijeron unos chicos que la cabaña era esta. Estuve esperando afuera mucho tiempo, no sabía cuándo iban a venir así que…

—No hay drama —interrumpió el chico, ahora haciéndose ver mucho menos serio y más amigable.

—O sea que vos sos el famoso Diego, me gustan tus rulos. Si les parece esperemos a Mati para empezar la joda —dijo el otro joven, un chico de unos veintitantos años, con gafas y barba de unos días.

—¿Famoso?, ¿por qué famoso? —preguntó Diego con curiosidad.

—No, por nada. Bueno, te diría que te pongas cómodo y te sientas como en tu casa, pero me parece que ya te adelantaste, ¿no? —dijo el mismo joven mirando el charco de leche que había quedado en el suelo.

—Yo soy Jackie —dijo uno de los muchachos acomodándose su bufanda—. Conmigo hablaste por mail.

—Ah, hola, por fin te veo en persona —añadió Diego.

—Yo soy Luis —agregó el muchacho de gafas.

—Mucho gusto.

—Bueno, no sé vos Diego, pero nosotros no comimos nada en todo el día —le dijo Jackie, al tiempo que se acercaba a la heladera.

Jackie abrió la heladera y fue directo a buscar la bandeja amarilla, la sacó y vio que su porción de torta estaba arruinada, en la crema se notaban los dedos marcados. Jackie no dijo nada, se limitó a mirar de reojo a Diego y luego le hizo una seña a Luis, que se acercó a mirar la bandeja. Acto seguido sacó del estante la bandeja mediana, color verde. Vio que faltaba la mitad del guiso, y que incluso dentro de la bandeja estaba la cuchara sucia que había usado Diego para comer. Luis tampoco dijo nada; los tres se quedaron en silencio sin saber qué decir. Un portazo anunció que había llegado alguien. Era efectivamente Mathi, un hombre sumamente fornido de unos 40 años de edad, llevaba puesta una musculosa ajustada color blanca y tenía tatuajes en los brazos.

—Buenas. ¿De qué me perdí? —dijo muy animado entrando a la cocina.

—Hola, ¿qué tal? Yo soy…

—Acá nuestro amigo Diego entró por la ventana y se comió mi guiso y la torta de Jackie —interrumpió Luis.

—Diego enmudeció y tragó saliva con dificultad. La presencia de Mati era intimidante.

—Ya veo —dijo Mati sonriendo mientras se acercaba a la heladera.

A esta altura, Diego estaba rojo de la vergüenza, se arrepentía totalmente de haber comido sin permiso, no sabía qué decir ni cómo disculparse. Mati sacó la bandeja grande color azul y vio que varias de sus empanadas estaban mordidas.

—Perdón, es que tenía mucha hambre, no comí nada en todo el viaje, perdón. Les cocino algo, ¿quieren? —propuso Diego con cierta desesperación.

—No, mirá, la cosa es así: una torta con crema no vas a poder cocinar, tampoco una docena de empanadas, ni mucho menos te vas a poner a preparar un guiso a esta hora, ¿no?—dijo Mati—. Vení, seguinos.

Mati condujo a Diego a una habitación en la que había dos camas perfectamente armadas y tendidas y un colchoncito inflable en el suelo a un costado.

—¿Por cuál querés empezar? —le preguntó Luis muy serio, acomodándose las gafas.

—¿Qué? Emmm… ¿Empezar qué cosa? —respondió algo nervioso.

—Perdón, este pibe me tiene harto, empecemos de una vez —agregó Mati.

Con suma rapidez Mati se despojó de su musculosa y de sus jeans, se acercó a Diego y lo empujó con fuerza a la cama de dos plazas. Diego no alcanzó a entender que sucedía, quiso reaccionar y decir algo, pero tenía a ese fornido hombre encima suyo. Mati comenzó a besarle el cuello y acariciarlo con fuerza debajo de su camisa. Diego pensó en gritar, en pedir ayuda, en intentar zafarse de la situación, pero algo interno y más fuerte lo obligó a permanecer ahí, entre la cama y ese hombre musculoso. Su mente intentaba razonar con frialdad pero su cuerpo empezaba a calentarse como nunca antes.

—No te puedo perdonar las mordidas a mis empanadas, ¿sabes?, lo justo es justo —dijo Mati mientras le desabrochaba la camisa a Diego.

—¿Qué?, ¿qué vas a hacerme?- le preguntó Diego agitado.

Mati no había alcanzado a desabrocharle la camisa y optó por arrancársela con fuerza. Diego se sobresaltó al ver un par de botones salir disparados. Mati se quedó mirándole el torso durante unos segundos y después se abalanzó sobre él. Empezó a morder el cuello de Diego con suavidad, pero en segundos su excitación lo obligó a morderlo más fuerte. Diego empezó a excitarse y cerrando los ojos se dejó llevar por la situación. La combinación perfecta entre dolor y placer lo invadieron por completo.

—Bueno, bueno. Compartí che —dijo Luis desde un rincón de la habitación.

Luis se acercó a la cama y lo corrió de un empujón a Mati, agarró a Diego, lo alzó con llamativa facilidad y lo dejó caer en la otra cama, la de una plaza. Diego pudo ver que Luis estaba totalmente desnudo, excepto por sus gafas que aún llevaba puestas.

—Qué hermoso sos, me encantan tus rulos rubios —le dijo mientras le desabrochaba el jean a Diego.

—Emmm…gra…gracias —tartamudeó Diego.

—¿A ver cómo te quedan? —dijo Luis mientras le ponía las gafas a Diego—. Hermoso. Te las voy a regalar me parece. Pero lo que le hiciste a mi guiso no te lo puedo perdonar, ¿sabés?

Diego intentó decirle algo pero se vió interrumpido por una sensación muy fría en su estómago. Luis le estaba volcando lo que había quedado de su guiso en el cuerpo, y sin esperar empezó a lamerlo con desesperación, haciendo que Diego se estremeciera.

La lengua de Luis le resultaba particularmente suave, era tibia y contrastaba con el frío del guiso causándole una mezcla de sensaciones que nunca había experimentado. A esta altura ya estaba entregado al placer; sin embargo fue interrumpido por Jackie, que lo empujó a Luis haciéndolo caer al suelo. Sin perder tiempo alzó a Diego y lo apoyó con suavidad en el colchoncito inflable que estaba en un rincón.

—Mi turno —dijo Jackie.

—Sí, creo que sí… —respondió, nervioso.

—Te comiste mi torta, y metiéndole los dedos... pude ver tus marcas en la crema —dijo sonriendo mientras miraba a Diego con dulzura a los ojos.

—¿Perdón?

—No pasa nada —le contestó riendo por lo bajo—. Me parece muy bien, de hecho. Eso ahora me da derecho a mí a meter dedo…

Diego se puso rojo en un segundo. Jackie lo empujó con suavidad y una vez acostado lo giró con fuerza para dejarlo boca abajo. Acto seguido, Diego sintió muy suavemente cómo Jackie lo penetraba con un dedo. Se excitó tanto que no pudo evitar empezar a gemir en voz alta, sentía vergüenza, pero no podía controlarlo. Mati se acercó y comenzó a besarlo en la boca. Segundos después se sumó Luis, que parecía pelear con celos para hacerse lugar y conseguir también besarlo. Con los ojos cerrados, Diego se limitaba a responder con pasión los besos que llegaran a sus labios, sin siquiera fijarse de quién provenían.

Mati y Luis agarraron por la espalda a Diego y lo levantaron, lo llevaron nuevamente a la cama de dos plazas y se arrodillaron a sus costados. Jackie también se acercó a la cama, pero optó por quedarse parado al lado de Diego, que no sabía a quién mirar, los tres hombres le resultaban sumamente bellos. Mati tenía una madurez y una seriedad muy atractiva, además de un cuerpo ridículamente fornido; Luis había sido muy ocurrente al probarle sus gafas y al decirle cosas lindas mirándolo a los ojos, y también tenía un cuerpo muy trabajado; y Jackie había sido tan dulce con él como la crema de su torta. Los tres hombres lo excitaban por igual, y lo que es más, los tres hombres juntos, se complementaban de una manera increíble. Diego se dio cuenta en ese instante de que quería quedarse ahí por siempre, quería volver a sentir una y otra vez todo lo que estos hombres le habían hecho sentir en minutos.

—La última cosa que no podemos perdonarte es que hayas volcado la leche —dijo muy serio Mati.

—Definitivamente no podemos —agregó Jackie agarrando su bufanda del suelo y usándola para atarle las manos a Diego—. La leche es sagrada.

—Permiso eh, te saco los lentes porque no quiero que se manchen, son tuyos igual, te quedan hermosos —le dijo Luis mientras le sonreía y le sacaba los lentes con suavidad.

Durante el resto de la noche, los tres hombres se dispusieron a hacer justicia por la leche derramada. 

 

A la mañana siguiente, Diego cumplió con el mensaje diario que había prometido mandar a Nicolás:

 “NICO, CÓMO VA? YO SUPER BIEN, PUDE HACER TRES NUEVOS AMIGOS!"

Publicado la semana 66. 31/03/2020
Etiquetas
Gay, homoerotismo, Ricitos de oro, LGBT
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