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Gonzalo J. Moreno

Casas

Intentaré hacer un top 6 de casas. No lo tengo muy pensado, así que me voy a limitar a escribir de a poco lo que se me cruce por la mente. Lo bueno es que este método antiguo de escritura permite mantener en el cuerpo del texto una fidelidad casi absoluta con el pensamiento original del escritor… con un grado cercano a cero de intermediación y edición creativa. 

El primer puesto, para la más obvia: Mi casa. Bueno, en verdad no es mía, es la casa donde vivo. Me gusta; tiene su estilo. Una especie de punto medio entre algo rústico/campestre y algo construido con muchísimo esmero arquitectónico pero por gente no tan capacitada o idónea. Me gusta la ventana que tiene el baño, útil y estética en partes iguales. También valoro mucho la terraza amplia y luminosa, y por supuesto la escalera caracol, donde sé que algún día caeré rodando con estilo, como villana de telenovela latina recién empujada por su karma acumulado de casi cien episodios de fechorías glamorosas.

Segundo puesto: La casa de Hansel y Gretel. Me fascina porque está hecha toda de productos comestibles, que es más de lo que podemos decir de un pancho comprado en un puestito callejero. Paredes de bizcochuelo, ventanas de caramelo, tejas de chocolate: el sueño húmedo pero mortal de cualquier diabético. No es mi caso, no soy diabético así que podría literalmente comerme esa vivienda de adentro hacia afuera. Me imagino una versión argentina, muy de bajo costo, productos Dia% y chocolate Fel-Fort con gusto a lodo. Alfajores triples Guaymallén de fruta en la base para darle buena estabilidad y al mismo tiempo espantar a los animales del bosque. Un lujo de una “berretez” hermosa que haría volver de la tumba al mismísimo Ricardo Fort envuelto en pieles no sintéticas.

Tercer puesto, compartido por tres casas inseparables a la hora de pensarlas y debatirlas: Las casitas de los tres chanchitos del cuento infantil. Conocidas por todos: una de paja, una de madera y una de ladrillos. La de madera me parece demasiado artesanal, siento que con la primera lluvia quedaría inundada de un olor a humedad tan fuerte que ni el Lobo se acercaría a soplarla. La de ladrillos parece fuerte pero me causa bastante rechazo que estén a la vista; que se vea el cemento que los mantiene unidos, me genera un escozor inexplicable, algo así como ver la paloma medio muerta asomarse en la manga del mago tres segundos antes de que la haga aparecer: una decepción irrefrenable. La de paja es absurda, no protege ni brinda seguridad alguna. No sólo el lobo tendría acceso VIP para entrar y salir las veces que quisiera y comerse a mi familia de a uno en uno, sino que de vivir allí ni siquiera uno podría calentar la pava para tomar mate de lo asquerosamente inflamable que es. Aún así, el hecho de que sea de paja me causa una cierta atracción en la que no profundizaré por ahora.

Cuarto puesto para la casa de mi abuela Maruja (RIP). Este puesto es un poco una mentira, porque está basado en elementos sentimentales. Caigo en un juicio poco profesional, mi apreciación está nublada por el afecto algo humano que tengo por mi abuelita. Admito la poca objetividad en este cuarto puesto, pero aún así puedo decir de forma criteriosa que mi parte preferida de esta casa es el jardín, donde vivían dos tortugas dementes que corrían a los invitados para morderles los pies, donde las plantas daban frutas gratis y donde enterramos a mi perra y dos de mis gatos cuando murieron en circunstancias confusas. Ah, también tiene pileta. Regia casa.

Quinto puesto, compartido para dos casas: La casa de papel y La casa de las flores, ambas de Netflix. La casa de papel me da toda la intriga y el suspenso que mi cuerpo pide de vez en cuando. La casa de las flores es un delirio de diversión pop gay que me fascina… y que haría volver de la muerte al mismísimo Ricardo Fort envuelto en pieles no sintéticas… ¡otra vez!

Sexto y último puesto para Casa de muñecas. Tuve que leer esta obra de Henrik Ibsen cuando estudiaba algo. Muy buena; la recomiendo... no tanto como La casa de las flores, pero la recomiendo. 

Bonus track (porque queda más lindo terminar con un bonus track que con un insípido “Puesto siete”): La casa de Gran Hermano.  Es cierto que fue mutando a través de los años y a través de las ediciones del reality show. En su primera versión venía hasta con una vaca incluida en el jardín para que nunca falte la leche; el dulce de leche y la manteca para el pan. En su última versión, (ya no en TELEFE sino en América TV), casi no tenía paredes. Pero su espíritu se mantuvo intacto. ¡Cuántas historias!, ¡cuántas personas hermosas que nos presentó esta casa repleta de espejos y gente (camarógrafos, en verdad) detrás de las paredes!: Marianela Mirra, Gastón Trezeguet, Viviana Colmenero, Jessica “Osito”, Diego Leonardi (ex convicto), entre otros. Puntos extra por su versión de Famosos, cuando la casa en cuestión supo hospedar estrellas de la talla de Lisa Vera (ex y actual Bandana), Amalia Granata (Diputada de la Nación… en serio, no es chiste), Carlos Nair Menem (hijo de Carlos Menem), Diego Leonardi (ex convicto… ¡otra vez!).

Para cerrar este compendio de casas quisiera compartir una frase muy sentida que nos puede ayudar a todos a seguir reflexionando: “No importa de qué esté hecha tu casa, lo que importa es con quién la compartas”. Excepto que sea la de paja, en ese caso, importa. Nada de calentar agua y a esperar al lobo a puro tereré.

Publicado la semana 65. 25/03/2020
Etiquetas
Mi casa, Cuarentena, Aislamiento, Gran Hermano, Encierro
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Género
No ficción
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II
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