52
Gonzalo J. Moreno

Mis aventuras como taxi boy

Ernest tardó más de lo usual en llegar. Me preocupé al principio, no es de hacer esas cosas. Entiendo que está atareado trabajando y ganándose el santo pan para él y su ensamblada familia, pero nunca me había faltado así el respeto. Me había hecho varias cosas que podríamos calificar de poco sutiles, como aquella vez en que pese a mis pedidos de que usase lubricante decidió no usarlo. Me hizo doler mucho, pero ya sabemos que el placer y el dolor están a sólo unos centímetros y unos segundos de distancia. Así que ya, lo supe perdonar… y no voy a mentirles, que su pedido de disculpas viniese acompañado de un perfume importado del Brasil ayudó mucho. Como les comentaba, me preocupé al principio, yo estaba muy entusiasmado por volver a verlo, nuestros encuentros quincenales son intensos y esperados por los dos con iguales ansias. Me acicalé como tantas veces, y para dar un toque especial me perfumé entero con aquel perfume importado del Brasil, uno marca Natura con fragancia de pitanga que desde el día uno supe lo excitaba muchísimo. Tal vez por la pitanga (que según leí en un blog español es afrodisíaca), tal vez por el morbo de que es el mismo que usa su esposa, no lo sabré a menos que le pregunte, pero yo soy un chico muy educado y no me interesa incomodar a la gente en general ni a Ernest en particular. No necesito conocer en profundidad su psique y sus motivaciones, no soy su psicólogo ni pretendo serlo, sólo quiero que me haga sentir maravilloso, así como me hace sentir cada quince días cuando pasa a buscarme en su taxi. 

Ernest llegó manejando tranquilo, eso también me sorprendió. Ernest no es de manejar con tranquilidad, para qué mentir, Ernest no hace nada con tranquilidad, al menos nada de todo lo que le he visto hacer yo: manejar y tener sexo candente conmigo. A diferencia de su tranquilidad desesperante con la que arribó, yo troté como gacela en celo y me subí a su nave como nene a calesita. Lo saludé como siempre, con un beso en la mejilla un poco frío pero bien respetuoso, bien de caballeros. No se engañen, lo homosexual no quita lo caballero, hay que hacerse respetar. Ernest pasó a relatarme cómo había sido su jornada laboral. Esta es la parte que más odio de nuestros encuentros. Me toca fingir interés en sus aburridas anécdotas de clase trabajadora que me producen un tedio infernal. Sin embargo sé que lo vale; finjo interés diez minutos para luego gozar otros diez o doce. 

Estacionó como siempre en el callejón oscuro detrás del McDonald’s del Abasto, apagó las luces y el motor del taxi y comenzó a desabrochar su bragueta, también con tranquilidad. Esto me sacó. Le pregunté qué le pasaba que estaba tan tranquilo; necesitaba saber por qué mi hombre de pronto se había transformado en esa especie de tortuga de la tercera edad que parecía hacer uso de todas sus fuerzas para desabrochar su bragueta. Me asusté; intuí que si estaba muy cansado por sus muchas horas de trabajo (en una oportunidad me dijo que trabajaba más de ocho horas) no podría atenderme como me lo merezco. No es de pedante, pero un chico como yo merece ciertos tratos, tratos que Ernest siempre supo darme, y si este era el momento en que se empezaría a manifestar su imposibilidad para satisfacerme quería que me lo dijera directamente y en la cara, como merezco. “tomé mucho ananá fizz y sidra” me contestó. Me tranquilicé un montón al saber que la lentitud de sus movimientos y su look así medio como perdido y desorientado se debía a algo tan simple y mundano como el pasarse de alcohol. “Por un momento tuve miedo”, le confesé. “Pensé que no estabas entusiasmado de verme, que tal vez ya no querías coger más conmigo”. Ernest sonrió con ternura y embriaguez; no pude resistirme, me abalancé sobre su bragueta a medio desabrochar y terminé de abrirla. Con furia animal. No está bien que yo lo diga, lo sé, pero es que Ernest despierta un costado casi salvaje en mí que a veces desconozco. Sólo me pongo así de loco con tres cosas en la vida: El vodka, la coca y Ernest. Bueno, como les relataba, me tiré de cabeza a su entrepierna (la palabra entrepierna no me gusta, pero a veces hay que ser sutiles y sugerir más que mostrar, chicos) y comencé a lamer su pene con velocidad, cometiendo uno de los peores pecados a la hora de lamer penes: no controlar el ritmo y dejarse llevar por la pasión del momento. Ernest gimió de placer, sé que no está bien que yo lo diga, pero bueno, uno tiene sus trucos y sus talentos. A Ernest siempre le gustó mi forma de hacer sexo oral (a él y a otros). Yo lo conocí por medio de recomendación, quiero decir, una amiga del rubro que en su momento se veía con Ernest para tener encuentros sexuales ocasionales le comentó de un nuevo chico, muy talentoso y lleno de ganas de ascender, con ganas de comerse el mundo. Resulta que ese chico talentoso soy yo; lo que decía, que Ernest cuando me vino a ver la primera vez ya tenía en su cabeza una idea prefijada de mis dones. Y las expectativas son peligrosas, chicos. Las expectativas reducen la felicidad. Así que yo esa noche lo dí todo, dí hasta lo que no tenía, fui una fiera sin domar, fui pura llamarada latina intentando ser contenida en el pequeño y fútil espacio de un auto más bien de baja gama. Pero me sentí como nunca. El encuentro resultó en que Ernest se volviese mi cliente habitual y el que mejor y más propinas me daba. Resulta que su mujer es justamente revendedora Natura, así que muchas veces Ernest me daba cositas, cremas, exfoliantes, geles de ducha, jabones, hasta shampoo y acondicionadores, con lo caros que están. La verdad es que yo no los preciso, mucho menos las cremas exfoliantes, que Dios, la Virgen y todos los que me hayan conocido pasada la medianoche pueden dar fe de que tengo una piel privilegiada, en especial en la espalda y las nalgas (y nunca pero nunca exfoliada). Pero bueno, no está bien que yo lo diga, lo recalco para que no crean que mi relación con Ernest se basaba solamente en esos obsequios triviales, que si bien a mí me encantaban y me hacían sentir un poco más de clase media, no eran nada que no pudiese costearme con mi propio dinero, o incluso con el de mis adinerados y absurdos padres. Cuestión que Ernest quedó fascinado conmigo, y de ahí no paramos nunca de vernos, siempre cada quince días, como los que van a la iglesia. Siempre atrás del McDonald's del Abasto, es nuestro lugar, nuestro nidito de amor podría decir si tuviese mal gusto y dudosa educación. A mí Ernest también me encantó de entrada, o sea, mi amiga prostituta hizo muy bien su trabajo, medio que obró de celestina, porque en definitiva terminó uniendo dos corazones, dos almas. Nunca me canso de agradecérselo. Sin embargo, como les contaba unas líneas atrás, pequé sin tener en cuenta la regla esencial del ritmo y la cadencia a la hora del sexo oral, que como todos sabemos, es esencial. Me dejé llevar por mis ganas, por el calor del verano porteño, por el aroma de la basura de los tachos del McDonald’s mezclándose con un desodorante de lavanda que quién sabe por qué Ernest decidió poner en su taxi, me dejé llevar por todo eso combinado, era una atmósfera muy confusa pero estimulante que me hizo no ser consciente de lo que estaba haciendo. Yo soy un experto en lo que hago, verdaderamente soy muy bueno, y no está bien que yo lo diga, pero muchos pueden dar fé. Y lo que terminó de fundirme en éxtasis fueron esos gemidos de Ernest, tan nuevos para mí. Nunca había estado con él en ese estado, tan ebrio. Siempre que nos juntamos Ernest está tomado, pero lo normal, lo entendible y necesario para poder disfrutar de una noche espectacular conmigo. Jamás lo había visto así (a Ernest jamás lo vi sobrio, pero tampoco tan bebido como esa noche), y sus gemidos eran diferentes, había un relajo muy especial en su forma de disfrutar y en su manera de expresarlo. Sus gemidos, es cierto, eran un poco más animales, más como salvajes, como del bosque, pero eso lejos de deserotizarme me hizo sentir como un cazador domando a su presa entre yuyos y suculentas. Así que no pude contenerme, y cuando me quise dar cuenta Ernest ya había eyaculado. Nunca lo había hecho acabar tan pronto. Me sentí confundido. Sentí que había fallado por no tener en cuenta el ritmo y la cadencia, el tempo; pero a la vez me sentí un poco orgulloso, sentí que había algo en lo que había pasado que me hacía un superstar oral indiscutible. Me sentí todopoderoso. Ernest se limpió y me alcanzó un pañuelito descartable marca Dia%. Lo rechacé con caballerosidad y de mi bolsillo saqué mis pañuelos Elite y me limpié la cara y manos con disimulo para no herir sus sentimientos (perdón Ernest, pero realmente esta piel extradelicada y privilegiada no se mantiene sola, que si me ando pasando lijas y exfoliantes por el cuerpo se me arruina, ¿sabés?, o sea, de Elite para arriba, hay que respetarse). 

Ernest abrió la puerta del lado del acompañante y me empujó suavemente como diciéndome “nos vemos en quince días, hermoso”. Ernest es de pocas palabras, yo aprendí a descifrarlo, pero le cuesta mucho expresarse con palabras. Me bajé del auto y lo saludé con la mano, así todo casual. Ernest agarró su billetera, inspeccionó y seleccionó qué próceres y qué animalitos darme y me pagó con los billetes todos doblados. Yo no me pongo precio, eso me parece espantoso, y además para qué mentir, no entiendo nada de economía; así que lo mío es más confiar en el cliente y en mis dones, que en definitiva suelen ser bien recompensados. En medio de la oscuridad sólo pude ver que había un par de billetes verdes. Descarto por supuesto la inverosímil posibilidad de que sean dólares, Ernest lo que tiene de varonil y pasional lo tiene de patriota; jamás usaría billetes extranjeros. Aún no me fijé, pero supongo que terminaré de entender si hoy estuve tremendamente desastroso o espectacularmente fogoso dependiendo de si esos billetitos verdes son San Martínes o regios yaguaretés. Luego les cuento.

Publicado la semana 52. 29/12/2019
Etiquetas
taxi, Taxiboy, Prostitución
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
52
Ranking
1 216 0