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Gonzalo J. Moreno

Chaparrización

Escribo este texto improvisado y a la velocidad de mis dedos como homenaje barato y absurdo a una amiga que tuve la suerte de conocer hace varios años y a quien siempre tengo en cuenta de diversas maneras, incluso inconscientes. Intentaré dar cuenta de qué es eso a lo que dí en llamar la Chaparrización.

Chaparrizarse no es un acto mundano de mera autoconciencia, pues quien intente imitarla caerá en un burdo lugar común y carente de magia. La magia de la Chaparrización no tiene demasiada explicación científica o lógica, la mejor manera de comprenderla es desde la más pura aceptación de que es algo que sencillamente sucede o no sucede; para bien y para mal.

Chaparrizarse es ver con ojos distintos el mundo, y no es sin embargo sacarse una máscara o dejar caer una careta, no se trata de un estado de ánimo ni una forma de actuar, es más bien un estado del espíritu que de diferentes maneras se desencadena y se vuelve libre de múltiples prejuicios carcelarios. Una de estas maneras se da mediante el uso (y a veces el abuso) del alcohol. El alcohol, esto es fundamental, es uno de los mejores conductores de la Chaparrización, es lo que el agua o el metal a la electricidad, es el medio en el que mejor y más rápido se mueve. En este punto alguien podría preguntarse qué tipo de alcohol es el más idóneo para alcanzar el elevado estado de la Chaparrización, la respuesta es tan simple como cuasi elitista: alcohol bueno. Nada de Schneider, nada de Quilmes ni Isenbeck, siempre de Heineken para arriba, idealmente en punto frozen. Vaso de vidrio o lata a la que podamos acceder derribando previamente cualquier resquemor a un posible contagio de Hantavirus. Se trata en definitiva de beber sin miedo.

Chaparrizarse es alcoholizarse como festejo de lo celebrable pero también de lo más mundano. Podría simplificarse en un “tomar para festejar una situación especial pero también para pasar todos los otros momentos que de especiales no tengan nada”. Tomar, beber, festejar y celebrar aun cuando no haya nada que festejar. Buscar una excusa en lo más profundo de nuestras almas para levantar una copa y brindar en compañía de amigos o compañeros. No hay que alarmarse, no es apología del alcoholismo, es en todo caso apología de un estado trascendente y trascendental.

Chaparrizarse es además derribar los muros construidos con miedos y pruritos para dar paso a un desprejuiciado carácter lúdico de intensidad potentísima. Es reírse con la misma fuerza del mejor de los chistes como de la más extrema pavada, tambaleando y danzando como un trompo o siguiendo a la perfección la coreografìa de El Meneaito. Bailar para hacer físico lo que no se puede decir ni nombrar, todo aquello que las palabras encuentran imposible de dar cuenta. El baile como expresión desaforada, como abrazo sin contacto y como un “ponerse al día” sin necesidad de hablar. En este punto es esencial hacer hincapié en que la risa chaparrizada es muy particular, inconfundible para quien tenga la suerte de alguna vez oírla. Es una carcajada de furia animal que el cuerpo vomita cuando ya no hay más lugar, ganas ni motivos para contenerla. Es alegría contagiosa, viral y bacteriana que arrasa con todo a su paso. Es tsunami de alegría que provoca sonrisas al abrirse camino entre la multidud.

Es tomar un vino tinto comprado en un Chino sentados en la vereda sin dar cabida a las miradas celosas y juiciosas de transeúntes ocasionales, ensimismados en su rutinaria vida gris que les impide elevarse a este estado superior del alma.

Es compartir y ser generoso en pos de inflar la noche como quien sigue soplando dentro de un globo aunque en las manos ya lo siente a punto de reventar. Es soplar una vez más por el solo hecho de vivir el presente de forma absoluta, como si no existiera el mañana, o aún mejor, como si efectivamente se tuviese la certeza de que el mañana no va a llegar. Fumar para sumar a la coctelera de magia un ingrediente más, batir con energía loca y al ritmo de una regia cumbia y seguir brillando a la luz de la luna, en un balcón de microcentro, en “Jarra de Plástico”, en “Lo de Yenny la colombiana” (best mesera ever, we love she) en un teatro o en el living de su casa, con los muebles apartados a donde no molesten, a donde no estorben al motivo último de celebrarse una y mil veces en una noche que se pretende infinita.

Chaparrizarse es apasionarse por una idea, perseguirla mentalmente pero tal vez no accionar, y aun así, que quede la experiencia psicológica, la vivencia insustancial imborrable. Escribir una idea irrealizable solo por querer escribirla y compartirla, anhelar un futuro en el que se materialice pero no deprimirse si de tan lejano ni se lo puede vislumbrar.

Es hacer política (partidaria y de la otra), con la voz, con las ideas, con información y convicción inquebrantable, con el cuerpo, con todo lo que uno sea. Es mantener firme y en alto el estandarte de un ideal casi inverosímil, que de tan pesado, lastima.

Chaparrizarse es ver pasar en la calle a una persona despampanantemente hermosa y comentarlo en voz baja con tu amigo o amiga, hacerlo/a cómplice de un calentamiento platónico y efímero con tan solo una frase, con un “¡Qué chongazo, por favor!”, “¡Qué hermosa es!”,o un “Mencannnta” así todo junto y pegoteado.

Chaparrizarse es alcanzar la dignidad del presente en una sociedad que no quiere que lo hagamos. Es encontrar motivos para seguir de fiesta, para bailar, beber, chapotear, abrazar, marchar, cantar y reír a carcajadas solamente por ser libres de hacerlo; y eso es, ante todo, un gesto político de amor puro. Celebro cada Chaparrización en mi vida, alzo una lata de 600 de Heineken y brindo por la utopía de un mundo más Chaparro.

 

Publicado la semana 41. 13/10/2019
Etiquetas
Chaparro, Beber, Tomar, Fiesta, Amistad, Heineken
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