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Gonzalo J. Moreno

¿¡Somos lo que comemos!?

A los seis años mi abuela me traumó al decirme que “somos lo que comemos”. Me lo dijo inocentemente, casi como explicación científica de por qué no accedía a comprarme el balde más grande de pochoclos cuando me llevó al cine. Ante mi pedido insistente y sus reiteradas negativas llegó la frase, esa pequeña oración que me marcaría de por vida. “Somos lo que comemos”. En ese primer instante no entendí lo que significaba ni por qué me lo decía mi abuela, una persona a quien yo quería y respetaba, y que de hecho me parecía muy inteligente. Pero sencillamente no le encontraba sentido alguno, ¿cómo podía ser alguien aquello que comía? ¿Mi abuela entonces me estaba salvando de convertirme en pochoclo acaramelado? 

Con el paso del tiempo fui comprendiendo. Pude entender que la frase contiene una enseñanza y que es un postulado pro alimentación saludable. Pero me costó. Creí que a los cuatro años, cuando inocentemente de vez en cuando me sacaba un moco de la nariz y me lo llevaba a la boca, me estaba convirtiendo en moco. Me imaginé a mí mismo con forma de moco amorfo a los cuatro. Creí entender en eso el motivo del rechazo sistemático de mi padre, incapaz de amarme ni de demostrarme afecto físico, e incluso creí ser causa del divorcio de mis padres, separados justamente cuando yo tenía cuatro años. ¿Qué padre podría querer después de todo un hijo moco? Esta etapa puede resultar algo liviana o divertida, pero de a poco todo se fue agravando.

Mientras iba a primaria un carácter antisocial muy marcado nació en mí. En los recreos mis compañeros intentaban alejarse lo más posible y no tener ningún tipo de contacto conmigo. Los comprendo. Resulta que yo, aún convencido de que éramos lo que comíamos, intentaba ver rasgos de sus viandas y meriendas en ellos. Recreos enteros mirando fijamente y con dureza a Pablo Ventrie deleitarse con alfajores Guaymallén de fruta. Y yo ahí, a unos metros de distancia intentando encontrar la fruta en él; intentando encontrar lo Guaymallén de 20 centavos en él. Y así con todos mis compañeritos, ninguno se salvaba: lo mío era en pos de la verdad, era investigación científica de campo cuando todavía no sabía siquiera entender una frase hecha. Me volví el rarito de la clase, el freak, el que había que evitar y al que había que temer, el nunca invitado a ningún cumpleaños ni a ninguna actividad extraescolar. Y de nuevo, no los culpo. Una vez llevé un largavistas y desde atrás de un árbol del patio del colegio los miré y examiné a todos, tomando notas en una libretita. Yanina Ricol: Exceso de Pico Dulces - sus mejillas empiezan a tornarse de color rojo y algo morado ¿sus ojos siempre fueron verdes? // Martín Sierra: Siempre compra caramelos Palitos de la Selva - se comporta excesivamente salvaje en los recreos, roza lo animal en algunos juegos como la mancha saltada y el poliladron // Agustín Paz: SIEMPRE come chocolate con leche, a veces con maní o almendras, nunca chocolate blanco - su piel parece estar adquiriendo tonalidades amarronadas y estar alejándose progresivamente de cualquier tipo de blancura que hubiese en el pasado. No se salvaban ni las maestras. De Silvia Ochoa, la de ciencias sociales, recuerdo haber anotado: Toma siempre mate amargo y sólo come pasas de uva que trae en una bolsita - eso explica lo amarga que es con nosotros; y también el pellejo de su cara está cada semana un poco más arrugado, está claramente mutando a los rasgos típicos de las pasas de uva. 

Estaba loco. Mi abuela me había marcado a fuego. A Silvia Ochoa les juro que me la imaginaba hasta con semillas por dentro, y no era mera imaginación, estaba convencido de que esas conclusiones a las que llegaba con mis observaciones de asesino serial stalker eran 100% verídicas, científicas, irrefutables; era conocimiento determinante en su máxima expresión.

Lo peor vino con la adolescencia y la pubertad. Mi despertar sexual estuvo marcado también por la inocente frase de mi siempre recordada abuela. Cuando empecé a ver porno para masturbarme fui feliz. Pero esa felicidad me duró poco. Unas semanas, nomás. Me duró hasta toparme de casualidad con un video en el que una de las protagonistas literalmente tragaba el semen del actor. Mi cerebro hizo una implosión, mi cuerpo se estremeció, mi cara se frunció en mil arrugas a lo Ochoa, mi pene se ablandó al instante. Encontrar eso para mí fue el colmo de lo antierótico. No pude dejar de pensar en esa imagen durante días. Al final opté por hacer nuevamente un trabajo de investigación pertinente que me acercara a la verdad. Descubrí así que esa práctica sexual es muchísimo más común de lo que yo creía, y resulta también, que no es el único fluido que se ingiere. Me vi a mí mismo de pronto viendo cientos de videos porno de pissing, extreme cumming, facials, fooding, pooping, bukkake, fisting… (bueno, estos últimos no tenían necesariamente la ingesta como tópico, pero igual me perturbaron muchísimo). 

Y así fue que mi vida sexual, a penas en el umbral de sus comienzos, falleció de una estocada mortal en su virginal alma. Me costó muchos años de terapia (y dinero) poder resolver esto, poder evitar y dejar ir el “somos lo que comemos”. Poder llegar a estar en pareja y tener sexo sin pensar en el posible riesgo de que mi pareja se transformara de golpe en algún tipo de fluido… en Alimento Lácteo marca OPI o algo. Al día de hoy aún me cuesta, tengo que hacer un esfuerzo para comer ciertos alimentos, para no quedarme mirando fijamente a alguien en la calle que pasa comiendo un pancho, una banana, una bola de fraile, una Manaos de Uva. De a poco lo voy superando.

Hoy recuerdo con particular fuerza todos estos eventos porque es el funeral de mi abuela. Siempre la quise y ella a mí. Creo que incluso la considero más mi madre que a mi propia madre. Fue básicamente quien me crió y quien me formó. Estoy triste y sé que me va a costar mucho su ausencia. Llegué a la conclusión de que por muchos motivos, mi abuela fue la persona más importante en mi vida. De chico solía decirle “Cuando sea grande quiero ser como vos”. Hoy lo voy a cumplir. Vamos a cremar a mi abuela y voy a ingerirla. En su honor. Hoy más que nunca, si somos lo que comemos, soy vos, abuela. Te quiero.

 

Publicado la semana 39. 29/09/2019
Etiquetas
Sexo, Abuela, Comida, Trauma
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