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Gonzalo J. Moreno

Pachuli para despertar

 Me lo crucé una tarde fría de agosto. Estaba impecable, vestido de radiante blanco, parecía iluminado cenitalmente por un ángel que no podía más que admirar su belleza y querer mostrársela al mundo. Yo, en cambio, caminaba despreocupado; mi buzo negro gastado no era capaz de convencer a nadie de su color de nacimiento, todos lo veían color gris ratón; un gorro de lana verde y negro a rayas, mal puesto, del que se escapaban jirones de pelo algo sucio, desesperados por respirar libertad. Aplastando el gorro, unos auriculares que gritaban con la voz prestada de Santiago Motorizado. De la cintura para abajo el panorama no era mucho más alentador: vestía unos shorts de jean rasgados y agujereados, y en lugar de zapatillas, unos Crocs amarillo Pikachu enceguecían a quien se atraviese a posar su mirada en ellos. No fue necesario decir nada, yo lo vi y quedé hipnotizado, detuve mi marcha y el único movimiento que supo hacer mi cuerpo fue rotar sobre su propio eje para seguirlo con la vista. Él siguió caminando sin inmutarse, sin siquiera notar que yo lo veía embelesado y con ganas de conocerlo. Cuando ya se había alejado unos cuatro pasos, su aroma se hizo presente, nunca fui muy de los olores, siempre creí que era mi sentido menos desarrollado... el más dormido; pero el viento arrastró su perfume hasta mí y despertó a mi olfato de una larga y tonta siesta. El aroma a pachuli penetró a través de mis fosas nasales y mi cerebro se puso contento. Mis ojos se cerraron sin pedirme permiso, sólo para que el olfato se terminase de desperezar y por fin empezara a vivir.  Esa tarde de agosto lo conocí y lo perdí. Porque cuando mis ojos se abrieron, él ya no estaba, su perfume empezaba a desaparecer en el aire, como cacao mezclado en demasiada leche, su rastro empezaba a dejar de existir. Lo busqué con la mirada, desesperado. No lo encontré. Le pregunté a varios transeúntes si habían visto a un chico de aspecto angelical, muy guapo, caño, partible… todos me miraron extrañados, unos pocos se detuvieron sólo para decirme “no”, algunos negaron con la cabeza sin siquiera detener su rumbo. Nadie me dijo dónde estaba o a dónde se dirigía cuando mis ojos decidieron dejar de mirar y permitirle escapar.
El frío se hizo más intenso, y en mi regreso a casa, lloré. Lloré de impotencia, porque durante toda mi vida había perdido cosas, personas, afectos, oportunidades, había sufrido perdiendo lo que había tenido durante mucho tiempo o lo que había aprendido a querer…pero esta vez era distinto, esta vez era letal: el destino me mostraba lo que yo quería y antes de poder disfrutarlo aunque sea un poco, me lo arrebataba de un plumazo. Yo era un nene con hambre al que un pollito al horno con papas le pasaba bailando por al lado, y antes de llegar a tocarlo con su mano escuálida, se desvanecía. Eso no está bien. Quiero lo que me mostraste, destino. Quiero mi pollito al horno con papas… no importa si no están bien doraditas, lo quiero igual. Soy vegetariano y lo quiero igual, porque sé que es para mí.

Las lágrimas seguían cayendo en las baldosas rotas de mi barrio. Mi mente no paraba de pensar incoherencias, saltaba de frases de Guido Sûller a pensar que tal vez, ese chico podría seguir mi camino de lágrimas y encontrarme… ¡qué ingenuo! esto es la vida real, no es “Hansel y Gretel”.
¿Se llamará Hansel ese chico?, ¿se llamará Gretel? ¿Cuál era el nene y cuál la nena? Uff, mi cerebro es tan disperso, a veces lo odio.
¿El pachuli me había dejado así de disperso? ¿Era pachuli o era otro tipo de hierba más extraña? 


Llego a casa y abro la puerta, triste, con la cara brillante y pegajosa por las lágrimas. Cierro con llave, me pongo en bolas y me lanzo a mi cama, queriendo olvidar todo lo que pasó, queriendo olvidar ese rostro perfecto, rusamente blanco y de tajante armonía. 
- Olvidate, olvidate, olvidate.
- No puedo dormir.
- Contá ovejas.
- Eso es estúpido, nunca funciona.
- Probá.
- Es un mito.
- Probá.
Pruebo. Me pongo a contar ovejas. 1, 2, 3, 4, … -Pará…¿las ovejas tienen que saltar una cerquita de madera? ¿O tienen que saltar un charco de agua? ¿Qué es lo que tienen que hacer las ovejas? ¿Sólo pasar por delante, tipo extra de tv… o tienen que hacer algo más tipo bolo calificado?
- Callate y contá.
- Estoy contando, estoy contando lo que me pasó esa fría tarde de agosto.
- No, eso no…contá ovejas. Ovejas.
- Está bien. Las voy a hacer saltar una cerquita, así tengo la sensación de que son felices alcanzando su preciada libertad y ya jamás nadie las va a volver a esquilar ni a transformar en parrillada.
- Contá, por favor, no te disperses y contá lo que tenés que contar…te vas a quedar dormido en la número 13.
- ¿En la 13?
- En la 13.
- ¿Por qué?
- Porque la 13 es la última a la que vas a llegar. Contá.
- 5, 6, 7…Pará, ¿tengo que empezar de la 1 otra vez?
- Cuando llegues a la 13 vas a soñar con él, con el pibito piola, el que te voló la peluquita como a un Playmóbil viejo de articulaciones gastadas…
- 8,9,10, 12, 13. Me quedé dormido…eso o me desmayé. Me saltée un número para llegar a verlo un segundo antes.  Lo último que recuerdo es la oveja 13, igual de inexpresiva que la 12 y que las otras 10. Ninguna valoró su libertad realmente. Que las hagan parrillada, que las hagan pulóveres y polainas de mal gusto.


Suena la alarma del celular. ¿Por qué puse un tema de Bandana como tono de alarma? ahora siento que las odio; y nada que ver.
Mi otro yo tenía razón, soñé con el pibe, pero no lo recuerdo. Lo último que recuerdo es a la estúpida oveja 13.
Me desperezo, pienso en las poquísimas ganas que tengo de empezar el día, en la paja que me da tener que ir al baño a mear. Me doy cuenta de que tengo una erección y la paja crece, qué paja esperar a poder ir al baño a mear. Me quedo ahí, en mi cama, esperando. Mi otro yo no me habla. Imbécil, cuando lo necesito para distraerme no aparece. Mi estómago hace ruidos como de perro gruñendo  y recuerdo que anoche volví tan triste que ni cené.
- Ya va, panza…esperá un poco.
Las ganas de orinar se intensifican y me provocan ardor.
- Ya va, vejiga... esperá un poco.
Mientras sigo esperando yo también, mi olfato percibe algo… algo como floral, algo que definitivamente me es conocido. Alguna hierba extraña. ¿Pachuli?... ¿Yerba mate Chamigo? No, nadie toma mate en casa más que yo…¿Podrá ser acaso…?
Me levanto de la cama dando un salto inverosímil, me guía el olor intenso que pone contento e hiperactivo a mi cerebro.
- Ya va, cerebro… esperá un poco.
¡Qué susto se va a pegar quien sea que esté en la sala cuando me vea aparecer en bolas todo feliz y sin ninguna excusa más que “sentí un olor rico y me mandé”!
Llego a la sala y lo veo, pachuli en mano. Es Hansel. Es Hansel y es Gretel…y es todo comestible como la casita… y es mío.
Mi corazón golpea las paredes de mi tórax torpemente, como un baterista principiante que aunque no tiene técnica, tiene ganas. Me acerco lento y sin mirar, guiado por mi olfato recién despierto y tan erecto como yo.
Ya va, corazón… esperá un poco.

Publicado la semana 30. 28/07/2019
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