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Gonzalo J. Moreno

Zapatos violetas

Pablo se despertó mareado y aturdido. Abrió los ojos y sintió un ronroneo en su estómago. Margarita, su gata, estaba acurrucada al lado suyo. Pablo estiró los brazos para desperezarse, le dolía un poco la cabeza y no recordaba cómo había llegado a su departamento. Se sentó en la cama, acarició a Margarita como lo hacía cada mañana antes de empezar su día y tanteó con los pies en busca de las pantuflas. Su pie derecho encontró enseguida la pantufla, pero cuando intentó meter el pie se dio cuenta de que era la izquierda; siguió tanteando en busca de la otra. Su pie se topó con un objeto duro, claramente no era la pantufla faltante. Se inclinó con curiosidad y vio que era un zapato con taco color violeta. Pablo se agachó sobre la alfombra de su habitación y encontró debajo de su cama el otro zapato; lo agarró extrañado y lo examinó un momento. ¿De quién eran esos zapatos? ¿Cómo habían llegado a su departamento?

Pablo no tenía ni la más remota idea de quién podía ser la dueña de esos zapatos, no recibía visitas desde hace por lo menos dos semanas. Siguió observando uno de los zapatos con detenimiento, buscando algún tipo de explicación lógica que le permitiera descifrar el enigma que le representaba. Notó que la suela estaba algo gastada, y que el interior del zapato, en donde se posan los pies, estaba sucio. Se acercó el zapato a la nariz y lo olió. Un leve olor a césped despertó su olfato.

–Esto no tiene sentido, ¿de quién son estos zapatos? –murmuró.

Se dejó caer de espaldas sobre la cama y con uno de los zapatos aun en su mano cerró los ojos, dio un gran suspiro e intentó ir hacia atrás en sus pensamientos. Lo último que recordaba de la noche anterior era la fiesta de cumpleaños de su hermana menor. Recordaba haberse encontrado con amigos y también a las tres chicas que se le habían acercado insinuándose; sin tener ninguna de ellas éxito en su misión. Pablo intentó rememorar exactamente cuánto había tomado en la fiesta; él no era de beber mucho, pero en situaciones especiales y de festejo solía soltarse y dejarse llevar. Empezó a contar en voz alta

–Una cerveza ni bien llegué, otra que me dio Sebas, el trago de Paula… otra cerveza cuando me encontré con Ezequiel y Augusto.

Se detuvo y se preguntó si esa cantidad era o no suficiente para no recordar si había traído una chica a su departamento. Se convenció de que no era tanto al rememorar otras dos veces en que había tomado mucho más y no había tenido ninguna consecuencia negativa. La presencia de esos zapatos violetas ciertamente no tenía sentido dentro de los sucesos que Pablo recordaba.

Se levantó y dejó el zapato sobre la cama, agarró su celular y llamó a Paula, su hermana. Paula lo atendió de mala gana y le dijo que era muy temprano, le preguntó qué le pasaba. Él intentó contarle sobre los zapatos violetas, pero su hermana le dijo que no joda y le cortó.

–Pendeja de mierda –dijo Pablo mientras se dirigía al baño.

Se sorprendió al ver en el espejo una frase escrita con lápiz labial:

“Tuve que ir a comprarme comida”

Pablo se quedó mirando el espejo sin entender lo que estaba sucediendo. De repente una sensación fría le recorrió la espalda y le llegó hasta la boca del estómago. Era miedo. Ya no había dudas, alguien había estado en su departamento, y lo suficientemente cómodo como para tomarse la molestia de dejarle un mensaje en el espejo de su baño.

Por la cabeza de Pablo se cruzaron las más locas teorías: ¿Enloquecí? ¿Perdí la memoria? ¿Estoy soñando? ¿Alguien me está jugando una broma de mal gusto? No pudo responder ninguna de forma convincente.

Revisó con prisa cada rincón del departamento, la cocina, el balcón, incluso la terraza compartida. No había nadie. Inspeccionó también todas las cerraduras de las puertas: ninguna parecía haber sido forzada ni violada. Tampoco las ventanas. Todo estaba exactamente igual a como él lo recordaba; todo excepto por el pequeño detalle de los zapatos violetas.

Pablo no sabía qué hacer, se sentó nuevamente en la cama y sin darse cuenta le aplastó una pata a su gata, quien se quejó con un fuerte maullido.

–¡Perdón mi amor! –Le dijo Pablo.

Margarita se quedó mirándolo fijamente a los ojos. Pablo le acarició la patita lastimada.

La misma sensación de frío volvió a recorrer su espalda cuando recordó de pronto que la noche anterior se había ido a la fiesta sin darle de comer a su gata.

 

Publicado la semana 22. 31/05/2019
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zapatos
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