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Gonzalo J. Moreno

Señoras (parte 2): Señora Sambayón de Todorov

Permítanme contarles brevemente algunos rasgos de lo más peculiares que posee esta… curiosa criatura. Para empezar es menester que sean informados de su carácter ocioso por demás. A veces pienso que ese relajo y esa despreocupación tan pícara que la caracterizan –a ella y a todos los de su clase, claro está- sólo desaparece cuando llega la hora del servicio de coiffeur, “la hora de hacerse las mechas” creo que le dice ella. ¡Ah, no, no, no! ¡Es un personaje! Esos pelos extravagantes. Cambia de colores; rosa, rubios de lo más variados, colorado como un tomate, ¡hasta azul se le ocurrió una vez pintárselo, creo! Es una criatura de lo más deliciosa. A veces pienso que eligió mal su vocación… les voy a ser sincera, pienso que podría haber llegado a ser una gran estilista. ¡Y digo estilista y no coiffeur porque si vieran los sombreros que usa a veces! ¡Ah!, les juro que me hace reír; y miren que yo no soy de esas descocadas de risa fácil, a mí la risa me cuesta.

La imagen de la señora Lidia se me cayó por completo. Yo no quería, pero me vi obligada. Por mi honor y mi buen nombre, por el prestigio que corre por las venas del ancho árbol genealógico de los Sambayón… y un poco también de los Todorov. Me le acerqué a la señora Lidia en el pasillo que comunica el baño chico con la cocina. La enfrenté. Ni bien me vio, le di la carta. La agarró con nerviosismo y me examinó con esa cara de… tonta; discúlpenme el exabrupto. Me examinó de arriba abajo mientras agarraba la carta, lo recuerdo a la perfección; recuerdo sus dedos temblorosos y pegajosos por esos guantes de goma espantosos que siempre usa para trabajar. Una mosquita muerta. Lo vi en sus ojos… esos ojos marrones y vacíos que combinaban perfecto con el resto de su figura. A mí, permítanme que me sincere a riesgo de caer en la pedantería, no se me escapa nada. ¿Saben lo que pude ver en sus ojos mientras tomaba la carta? Sí, porque a simple vista puede parecer un detalle menor, o algo carente de significado, pero en sus ojos yo vi culpa. ¡Ah!, ¡es una cosa tan terrible la culpa! Es como una alimaña que ataca y no distingue a la hora de seleccionar sus víctimas. Yo, les reitero a riesgo de que me juzguen –erróneamente por supuesto- de insistente, les digo que la señora Lidia irradiaba culpa de sus ojos como transpiración de su ajada frente. Sentí placer, en ese pasillo de mi propia mansión, en ese espacio tan mundano, sentí placer al darle la carta a la señora Lidia y fulminarla con mi mirada asesina. ¡Ay! ¡Pero soy una despistada bárbara! Van a creer que soy una atolondrada. Permítanme contarles cómo fue que descubrí a la señora Lidia con las manos en la masa.

Sucedió, recuerdo a la perfección, el pasado 25 de febrero. Yo estaba recién desperezándome de una brevísima siesta que había tomado a causa de sentirme extenuada por la reunión de té que había tenido con Martita Cano y el boludo de su esposo. Me acerqué con sigilo a la cocina, un poco desorientada por verme en una zona de la mansión tan novedosa para mí, y otro poco por los dos o tres comprimidos de Xanax que había tomado para optimizar dicha siesta. Me sorprendí al ver cómo la señora Lidia leía las cartas de mi difunto esposo mientras comía un sándwich de salame y queso. ¡Ay, mis ojos no dieron crédito de tan dantesca escena! Por un breve instante me vi tentada de hacer uso de la fuerza… de llamar al 911, pero me contuve. Y agradezco haberlo hecho, agradezco ese momento de lucidez y de iluminación, porque fue en ese momento, mientras la veía masticar con esa hambre animal tan propia de los de su clase, que supe lo que tenía que hacer. Los pedazos de sándwich se movían en su boca como las ideas en mi cabeza. Ahí comprendí. Un dejo de alegría recorrió mi cuerpo; “¡Sí se puede, sí se puede!” me dije a mí misma allí escondida tras la alacena. Yo sabía exactamente qué información buscaba la desgraciada en esas cartas, lo que anhelaba con todo su maltrecho y disfuncional corazón. Sabía perfectamente cómo darle su merecido a la muy traidora; tenía que ser a través de mi difunto y casi siempre bien recordado esposo... Tenía que ser con la carta.

Así que ya ven, admito que cuando quiero puedo ser un poco efervescente en mis modos, que esto de la carta puede haber sido un poco desmedido.  Pero siento un profundo regocijo y me auto congratulo por ser fiel a mí misma, por ser tan despierta. En fin, por hacer respetar el honor de una Sambayón hecha y muy, muy derecha.

Publicado la semana 18. 05/05/2019
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Señoras, Señora Lidia, Sambayón de Todorov
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